Sábado, 23 May 2026
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Por Francisco Pomares

La corrupción, el tráfico de influencias o el uso obsceno del poder, pueden explicarse desde la ambición o la codicia. Pero cuando un padre introduce a sus propios hijos en la ocultación o el blanqueo de dinero, la historia cambia completamente de dimensión. Ya no hablamos de poder. Hablamos de la destrucción deliberada de una frontera que debería ser sagrada.

El auto del juez Calama sobre la trama vinculada a José Luis Rodríguez Zapatero describe un entramado económico diseñado para canalizar y ocultar cobros procedentes de asesorías y operaciones internacionales mediante una estructura empresarial en la que aparecen implicadas sus propias hijas. Y no como observadoras pasivas o colaboradoras inocentes, sino formando parte societaria y operativa del sistema utilizado para camuflar el origen presuntamente delictivo de los fondos.

Según la investigación judicial, una de las piezas centrales del entramado era la empresa Análisis Relevante SL, utilizada para facturar servicios de consultoría y asesoramiento internacional relacionados con operaciones energéticas y financieras en Venezuela. Los investigadores sitúan el volumen de movimientos económicos en varios millones de euros, procedentes de intermediaciones internacionales, consultorías políticas y operaciones vinculadas al entorno de PDVSA.

Resulta pasmosa la normalidad con la que se integró a la empresa de las hijas de Zapatero en ese dispositivo, como algo rutinario. Tras un nombre aparentemente friki, se escondía una suerte de empresa familiar ampliada donde el campeón moral del progresismo utilizaba a sus hijas igual que otros usan a un colega con vocación de gánster.

Porque la participación de las nepobabies de Zapatero no consistía únicamente en figurar como accionistas de una empresa evidentemente instrumental. Su función era bastante más comprometida: dotar de apariencia profesional y administrativa a operaciones cuyo verdadero objetivo era justificar cobros millonarios mediante informes, documentos y trabajos de valor técnico inexistente. Maquetar estudios, emitir facturas, elaborar presentaciones o dar forma mercantil a supuestas consultorías permitía construir la ficción documental necesaria para sostener el circuito de ingresos.

Ése es uno de los aspectos más turbios del asunto. El buen Zapatero, otro “ejemplo para la militancia”, como Koldo, utilizó a sus propias hijas y las puso en riesgo real de acabar imputadas por blanqueo o falsificación documental para cobrar las comisiones sin dejar rastro.

Por supuesto, Zapatero debió creer que la simple existencia de gráficos o informes bastaba para transformar en actividad profesional lo que apunta ser una estructura destinada a canalizar pagos opacos. Ésa es precisamente la lógica de muchas tramas sofisticadas de la corrupción contemporánea: no ocultar el dinero debajo de un colchón, sino envolverlo en papeles, burocracia y consultorías. Convertir el fraude en algo administrativo, casi aburrido. Darle apariencia de normalidad empresarial. Y además pagar religiosamente los impuestos para que Hacienda no meta demasiado las narices.

Me resulta inevitable preguntarme qué clase de padre considera razonable incorporar a sus hijas a algo así. Porque incluso aunque Zapatero estuviera completamente convencido del blindaje jurídico del entramado, cuesta creer que no percibiera el riesgo ético y personal de introducir a su propia familia en esas operaciones.

Y es que una factura puede estar impecablemente emitida, un informe puede existir y una sociedad puede pagar hasta el último de sus impuestos. Pero si todo ese aparato sirve únicamente para construir una ficción documental destinada a encubrir pagos ilícitos, tráfico de influencias o blanqueo de capitales, la apariencia jurídica deja de ser garantía de legalidad para convertirse precisamente en parte sustancial del delito. El papel lo aguanta todo. También la corrupción.

Desde la censura a Rajoy, presentada a los españoles como un acto de limpieza frente a la corrupción sistémica del PP, una parte de la izquierda construyó el relato de que la corrupción era una patología exclusiva de la derecha. El zapaterismo elevó especialmente esa pretensión ética hasta convertirla en una estética: la política sentimental, la superioridad humanista y el progresismo compasivo.

Este caso rompe esa ficción moral. Y lo hace porque demuestra algo que sospechamos desde hace tiempo: cualquier poder puede pudrirse cuando quien lo ejerce empieza a sentirse impune.

Zapatero llevaba años instalado probablemente en esa percepción. No sólo por haber sido presidente del Gobierno, sino por su extraordinaria influencia sobre Sánchez.

La cercanía al poder produce inevitablemente una peligrosa sensación de blindaje. Uno termina creyendo que siempre habrá alguien dispuesto a desacreditar al juez, movilizar a los medios afines o convertir cualquier investigación en una conspiración política. Y cuando alguien se siente verdaderamente intocable, deja de percibir el riesgo moral de lo que hace.

Quizá por eso Zapatero terminó implicando incluso a sus hijas en una maquinaria destinada a dar apariencia de normalidad comercial a lo que los investigadores consideran simplemente una estructura para ocultar dinero, influencias y favores.

 
 
 
 
 


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