Jueves, 30 Abril 2026
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Francisco Pomares

 

La declaración de Aldama en el Supremo no es un episodio más del que -muy probablemente- será recordado como el caso más escandaloso de la historia de la corrupción en España. Aldama ha provocado un punto de inflexión, no tanto por lo que demuestra -que está por probar- como porque introduce en el debate político un relato coherente, creíble, detallado y, sobre todo, apuntando hacia arriba.

 

Aldama no se ha limitado a describir una trama de comisiones en torno a José Luis Ábalos y Koldo García, señalado no como el hombre de Ábalos, sino como el hombre de Sánchez. Con ese señalamiento, Aldama ha ido mucho más allá. Ha establecido un nexo con Pedro Sánchez, al que sitúa en la cúspide de una jerarquía de responsabilidades de la trama corrupta, afirmando que no sólo conocía, sino que era el ‘número 1’, -el director, pues- de las operaciones delictivas desarrolladas por la trama y su red de empresas, y que esas operaciones formaban parte de un sistema amplio de financiación irregular del PSOE y la Internacional Socialista.

 

Se trata de un salto cualitativo relevante porque, hasta ahora, la trama podía interpretarse como un caso de corrupción periférica, limitado a un Ministerio, sus empresas públicas, un par de presidentes autonómicos y a su entorno. Lo que hace Aldama es convertir el hasta ahora denominado ‘caso Koldo’ en un problema político de primer nivel.

 

Lo que nos cuenta Aldama en su declaración incluye elementos que, al menos desde el punto de vista narrativo, refuerzan la tesis de una dirección política del máximo nivel. La asombrosa familiaridad entre Koldo y el presidente -al que, según el testimonio, Koldo trataba directamente y llamaba ‘Pedro’-, la descripción de un sistema de pagos en efectivo vinculados a adjudicaciones públicas, o la idea de una estructura jerárquica donde cada uno ocupaba un lugar jerárquico y perfectamente definido en una trama extractiva que durante años drenó millones de euros en recursos públicos, comisiones y mordidas. Todo eso configura un relato que no parece surgir de la improvisación, sino ser fruto del efecto combinado del conocimiento y la rabia ante el abandono de sus socios de golfería cuando se descubrió el pastel.

 

Por supuesto, conviene no perder de vista quién es el que confiesa. Aldama es un acusado, un comisionista señalado por la investigación como pieza central de la trama, que ha decidido colaborar con la Justicia en una fase en la que su propio interés es evidente: reducir su responsabilidad penal. Su testimonio, por eso, no puede darse por cierto sin más. Pero tampoco puede despacharse sin más.

 

Porque hay dos elementos que le otorgan, al menos, apariencia de verosimilitud. El primero, que asegura no haber alcanzado un acuerdo con la Fiscalía, algo que, de ser falso, sería fácilmente desmontable. El segundo, que admite hechos que lo incriminan directamente -pagos, entregas de dinero, participación activa-, algo característico de alguien que esta tan enfadado o desesperado, que prefiere “tirar de la manta”, aunque eso le incrimine. Además, la mayoría de sus afirmaciones encajan perfectamente con la lógica que puede suponerse a un desfalco de proporciones monumentales, y con las informaciones que han ido apareciendo en los últimos meses sobre pagos en metálico, adjudicaciones irregulares, relaciones opacas con empresas y episodios tan abochornantes como el de Delcy Rodríguez, retenida con su avión en Barajas, después de ser invitada a España, y nuevamente invitada por el Gobierno español a la próxima cumbre iberoamericana, o el de la supuesta financiación del PSOE y la Internacional Socialista vinculada a la cesión de cupos de petróleo venezolanos… Es cierto que nada de esto prueba nada por sí mismo, pero a partir de aquí, el terreno se vuelve más resbaladizo.

 

El PSOE ha reaccionado calificando las declaraciones de Aldama como parte de esa ‘política del fango’ definida por el propio Sánchez cuando se retiró cinco días a reflexionar sobre su continuidad, tras saber que su mujer acabaría siendo imputada. Mentiras y más mentiras, ha dicho el PSOE, solicitando el amparo del Supremo para Sánchez. El PP, en el extremo opuesto, asume la declaración del comisionista como un festín de verdades probadas. Entre ambos extremos, la realidad de este país sigue en permanente construcción. Y eso es lo que hace relevante la declaración de Aldama, prólogo a la declaración de Koldo, que se ha de producir hoy si el universo no colapsa antes.

 

Las acusaciones de Aldama no cierran el caso, lo que hacen es abrirlo. No prueban nada, pero es muy probable que obliguen a investigar más. A la espera de lo que diga Koldo, una cosa parece clara: Aldama ha situado el foco. Quizá eso explique el deterioro creciente del aspecto de Sánchez en estos últimos y vertiginosos meses. Y su apuesta cada día más evidente por el todo o nada. La apuesta de un resistente.


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