Domingo, 05 Abril 2026
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Por Alex Solar

 

Los llamados “discursos del odio” (mensajes o imágenes utilizando diversas formas de expresión tales como sátira, ironía, desprecio, incitación a la violencia o amenaza creíble) son tan antiguos como la misma humanidad y se manifiestan en todas las culturas. En nuestro medio han saltado a la palestra noticiosa los casos de tuiteros llevados ante la Justicia, humoristas a los que la sociedad pide cuentas o a los que las instituciones públicas y privadas censuran y sancionan con el ostracismo y la vergüenza . Por parte de los afectados se alega la sacrosanta libertad de expresión, derecho consagrado en algunas constituciones de estados democráticos, que incluye los infundios y las ofensas pero que no autoriza en ningún caso a la calumnia, que es perfectamente objetivable. Las ofensas no lo son, por cierto. El autobús naranja de Hazte Oír enfadó a algunos y a otros los dejó completamente fríos, por ejemplo. Lo cual no impidió que los poderes públicos actuaran con rapidez y contundencia. Nos movemos, pues en un terreno resbaladizo, en el que el que tiene más poder decide qué es injurioso o punible. Estos discursos llamados del odio han llegado a tener un tratamiento jurídico en nuestras sociedades pluralistas , aunque resulta extraordinariamente complicado perseguirlos en el llamado ciberespacio. Y a menudo surge la duda si éstos son o no un obstáculo para la convivencia democrática.


La filósofa española Adela Cortina en su libro” Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia”, cita una fábula de La Fontaine. El lobo se enfrenta al corderito y le dice que él y sus familiares y conocidos (los pastores, los perros) han hablado mal de él el año pasado. El pobre corderito se defiende en vano diciéndole que ha nacido después, que no tiene hermanos y que es inocente. La bestia feroz no le hace caso, le dice que tiene que vengarse y se lo come. El símil con el delito de odio es exacto: el discurso se dirige contra un individuo, no porque éste haya causado algún daño al hablante sino por pertenecer a un colectivo determinado al que no se le concede ni siquiera la calidad de interlocutor. El de los “tuyos”( otra ideología, otra etnia, otro sexo, otro estrato social precario) , diferentes a los “nuestros”(los buenos ciudadanos, los justos, los que tienen algo que ofrecer a la sociedad). Los hinchas del PSV, señala Cortina, no conocían a las mujeres a las que arrojaron monedas en la Plaza Mayor de Madrid, pero pertenecían aun colectivo considerado por ellos (y por muchos, lamentablemente) despreciable : los mendigos. A este colectivo como a otros tantos que son objeto del discurso del odio se les atribuyen actos perjudiciales para la sociedad, se les señala como mafias y se acusa su presencia como molesta. Los antisemitas cuentan historias truculentas sobre los judíos y los que atacan a las religiones recuerdan a sus prosélitos las atrocidades cometidas en nombre de sus credos en el pasado. De allí a alentar acciones violentas contra esos colectivos solo hay un paso.


Según fuentes del Ministerio del Interior, en 2013 se registraron 1.172 delitos de odio, en 2014, 1.285 y en 2015, 1.328 casos. Se incluyen en la estadística las agresiones físicas, de las cuales son objeto principalmente los pobres. En Estados Unidos, los estudios realizados a lo largo de los últimos quince años establecen que el 85 % de los agresores tenía menos de treinta años y en su inmensa mayoría (93%) eran varones. En nuestro país se sabe que también son predominantemente varones, jóvenes (87%), muchos de ellos chicos que estaban “de fiesta” y que atacaron a indigentes mientras éstos dormían en las calles.


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