El embargo pendiente

Francisco Pomares
Donald Trump ha descubierto otro juguete: el embargo. Y se refiere a él con esa solemnidad impostada con la que anuncia terremotos entre café y café. “Podría hacerlo mañana. Mejor hoy”, dijo, refiriéndose a la posibilidad de cortar todos los lazos comerciales con España. Apenas unos días antes, el Supremo le había declarado ilegales los aranceles impuestos al amparo del acta de emergencia internacional de poderes económicos, una legislación antañona de esas que sus consejeros le entregan para diversión suya. Tras conocer la sentencia de los malvados y miserables jueces del Supremo, un Trump endemoniado (o sea, el Trump de a diario), se preguntaba en voz alta cómo es posible que una ley que le autoriza a decretar embargos no le deje fijar aranceles. Su pregunta no es absurda.
Estados Unidos sí ha impuesto embargos. El caso de Cuba es el más conocido y el más duradero. Fue acordado en 1962 por la administración Kennedy y se basó en una ley de 1917. Fue posteriormente blindado por el Congreso mediante la Helms-Burton Act de 1996, que limitó de forma drástica la capacidad del presidente para levantarlo por su cuenta.
Pero EEUU no sólo ha dictado embargos contra Cuba. También lo ha hecho contra Irán. Desde el 79, tras la revolución jomeinista contra Reza Palevi y la crisis de los rehenes, EEUU aprobó una declaración de emergencia nacional formalizada mediante una orden presidencial-. El embargo se mantiene todavía hoy. Y otro embargo es el que bloqueó activos, prohibió transacciones y restringió el comercio con Corea del Norte a prácticamente cero. Pero una cosa es plantear un embargo contra un adversario estratégico, ajeno a cualquier alianza estructural con EEUU y, sobre todo, fuera de un bloques económico con capacidad de respuesta. Y España no es Cuba, ni Irán, ni Corea del Norte.
España en un estado miembro de la Unión Europea, de la OTAN y –al menos jurídica y teóricamente- aliado de Estados Unidos. Embargar el comercio con España sería una aberración, y probablemente una aberración inútil. Un embargo contra España por parte de EEUU no sería una cuestión bilateral entre Moncloa y la Casa Blanca, sino un conflicto comercial con el conjunto del mercado interior europeo, que representa a 450 millones de consumidores y es una de las mayores potencias comerciales del planeta. Cualquier restricción total de comercio activaría casi instantáneamente mecanismos de respuesta continentales. Si Trump decide embargar a España no solo estaría embargando a España, sino enfrentándose al engranaje jurídico y político de una maquinaria económica integrada.
Además, España soporta un déficit comercial en sus exportaciones con EEUU superior a los 13.000 millones de euros, solo en 2025. EEUU vende a España el doble de lo que compra. En la lógica arancelaria de Trump, los desequilibrios comerciales que perjudican a su país son un pecado capital. Pero aquí el desequilibrio favorece a Washington, y un embargo implicaría bloquear exportaciones estadounidenses hacia un mercado de 50 millones de consumidores. Desde bienes tecnológicos hasta productos farmacéuticos, aeronáutica, energía o servicios financieros. No es exactamente una jugada brillante si lo que se busca es fortalecer la economía nacional o hacer caja fiscal. Dicho en términos coloquiales, Trump está métido en su propia trampa. El otro día se puso chulo, se vino arriba porque tiene “el ejército más poderoso del mundo” y se le calentó el pico. Pero dado que bombardear Moncloa esta fuera de lo probable (incluso tratándose de un calentón como Trump) su margen de maniobra contra España es muy escaso, a no ser que POTUS este de verdad dispuesto a liarla, lanzarse a un embargo irrentable, enfrentarse a sus socios europeos y perder miles de millones. Lo más probable es que resuelva esto con otro exabrupto y un par de declaraciones posteriores de abuelete tolerante, como las que se sacó de la manga cuando montó el Wall of Peace.
Otra cosa distinta es que Pedro Sánchez esté jugando alegremente con fuego. Europa es bastante tolerante, pero Sánchez lleva años ya comportándose como un socio terrible, creando problemas a todos para sostener en casa un discurso interno dirigido a la izquierda que duda. Sánchez está alejándose cada vez más de las tradiciones y compromisos europeos. El conflicto con aliados estratégicos como Israel y ahora EEUU, el rechazo a gastar en armamento lo que toca gastar a todos los demás, la creciente alianza con un adversario estratégico de Europa como es China, los reconocimientos que recibe su política exterior por Hamas y el Gobierno iraní… ya le están pasando factura. Sus socios han apartado a Sánchez de las decisiones clave, y Europa masculla acabar con el trato de favor que permite a España su ‘milagro económico’.
Trump se comporta como un matón bocachancla con todo el mundo, pero tiene detrás a la primera potencia mundial y al ejército más poderoso del mundo. Sánchez cuenta con un pico de oro y un batallón de leales asesores mientras sigan cobrando. Pero si se produce una pelea de verdad, yo no tengo duda de quién ganaría al final.