Martes, 14 Julio 2026
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Andrés Martinón

 

 

Mucha gente considera que el Centro Turístico que más les impacta es los Jameos del Agua; otros consideran las Montañas del Fuego como lugar emblemático; el Mirador del Río era el favorito de Carlos Manrique… Para mí, el lugar más fantástico creado por César Manrique es la escalera del baño del restaurante del Castillo de San  José.

Ya lo tengo claro pero hubo una época en la que iba de pascuas a ramos al citado restaurante y me sorprendía cada vez. Comías y bebías. Las cervezas o incluso algún vino o una copa después llegaba el momento de ir al baño. Te disculpabas por la ausencia y decías que volvías en unos minutos. Empezabas a sortear mesas y de repente iniciabas la bajada en esa especie de túnel donde la madera de los peldaños y el contraste con el blanco de la pintura y esa forma tubular te marca el camino a un excusado en el que los varones pueden vaciar la vejiga mirando al océano Atlántico en una especie de catarsis física y química.

Este asunto, sin querer ser escatológico, lo utilizo para poner sobre la mesa la genialidad de Manrique. Un autor de grandes ideas y un ejecutor de obras espaciales difícilmente superable no aquí o en España, sino en todo el mundo. Pero también me interesa el lado detallista y también el disfrute de los sentidos y de los momentos que se deben vivir.

No voy a hablar de la extensa obra artística de César pues ni tengo el conocimiento ni el espacio necesario pero sí quiero destacar cómo Manrique hizo de sus casas, tanto la de Tahíche como la de Haría, de lugares habitables únicos. En los que todo estaba pensado para el vivir del día a día pero eso sí, con un destello de genialidad hasta en el lugar donde situaba el teléfono; cómo ponía un sofá o como se inventaba el estilo ese de piscina-volcánica tan integrada y que tanto maravilla a los visitantes, sobre todo la de los Jameos del Agua.

César tenía tanta personalidad que no podía dejar que la gente tuviera mal gusto. Hemos visto en documentos gráficos cómo denunciaba la construcción de instalaciones hoteleras en plena primera línea de playa, vaticinando el problema que podría llegar 40 ó 50 años después; cómo se acercaba a un agricultor para que mantuviera la estética habitual. Lo hacía porque no podía evitar decir y manifestarse en contra de lo que consideraba deleznable.

Termino contando una anécdota que me contó mi madre hace poco. Y es que César visitó la casa de mis abuelos paternos (debo decir que su hermano estaba casado con una de mis tías) y en una de esas reuniones Manrique le dijo a mi abuela: “Pepa, este mueble es feísimo. Deshazte de él”. Mi abuela no dijo nada, pero cuando César se fue le dijo a mi madre, que tenía razón; que el mueble era feo pero que por no tirarlo…

Es decir, los grandes artistas lo son por las grandes obras y por esas pequeñas que te hacen sorprenderte incluso décadas después de haberla visto por primera vez. Es el caso del túnel del baño del restaurante del Castillo, que pese a su belleza ningún influencer lo ha descubierto (todavía).


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