El estraperlo
Por Alex Solar
Dime qué palabras empleas a diario y te diré a qué generación perteneces, dice Mar Abad en un libro recientemente publicado que se titula “De estraperlo a postureo”, en el que analiza la sociedad y sus ciclos, que nos advierten de que estamos condenados a repetir la historia.
Hay una generación de antes de la guerra, llamada también “silenciosa”, que usaba un léxico ya en desuso, con palabras como “estraperlo”, que la RAE define como “comercio ilegal de artículos intervenido por el Estado”, “conjunto de artículos que son objeto del estraperlo” y también “chanchullo, intriga”.
Tal vez la generación “millennial”, que se hacen “selfis” y son “mileuristas” o “ninis”, no sepan de dónde viene el término. Juan Eslava Galán, autor de un libro titulado Avaricia (“Los pecados capitales de la Historia de España”) cuenta que el palabro deriva del acoplamiento de los apellidos Strauss, Perlowitz y Lowann, unos timadores que quisieron burlar las leyes anti juegos de azar de la época de los años 30 con un ingenioso invento.
Era una ruleta que tenía un disco fijo y en torno al plato un canal metálico por donde salía disparada una bola desde un cañoncito, con muelle disparado eléctricamente. El canal imprimía a la bola un movimiento de rotación, ésta pasaba al plato y seguía su carrera pasando por cuatro puentes que interceptaban su paso y detenían paulatinamente su impulso. Según el número de puentes salvados por la bola en el punto había que hacer el cálculo de la jugada siguiente. No hay que decir que a menudo el cálculo de los jugadores fallaba y la timba se calentaba hasta que los infortunados perdían hasta el último céntimo.
El invento había funcionado en Holanda hasta su prohibición, por lo que los inventores probaron suerte en España, vendiendo la moto de que venían a promocionar el turismo de la Costa Brava. Para la ocasión, habían organizado un evento deportivoy hasta un sarao al que asistirían Lluís Companys (President de la Generalitat de Cataluña) y el alcalde Barcelona, pero a última hora éstos, enterados de las andanzas del trío de estafadores, declinaron la invitación. A los malandrines no les quedó otra que marcharse a Madrid, donde encontraron finalmente el apoyo de políticos venales del Partido de Unión republicana Autonomista a los que ofrecieron jugosos sobornos. Al poco tiempo, sin embargo, se descubrió el pastel y la oposición amenazó con montar un escándalo. Ante esta situación y cansado de repartir sobres, el “empresario” Strauss se marchó del país no sin antes denunciar a los políticos trincones del partido radical, a Manuel Azaña. El 28 de octubre de 1935 las Cortes votaron la culpabilidad de los acusados y Alejandro Lerroux, encarnizado enemigo de Azaña, dimitió al día siguiente.
Eslava dice en el capítulo dedicado al caso del estraperlo, que recuerda un poco al de Eurovegas, y que “comparado con la corrupción de que hoy disfrutamos lo de la ruleta de Strauss resulta casi ridículo”. Es cierto, poco se ha progresado desde entonces en limpieza y ética por parte de nuestros gobernantes. Baste citar casos en los que los negocios privados fallidos son pagados por el Estado, o sea por los anónimos y esquilmados contribuyentes, que costeamos obras faraónicas inacabadas (instalaciones deportivas, autopistas, empresas municipales en quiebra a causa de la mamandurria edilicia, etc.). Obviamente, también somos culpables los de a pie, que formamos la sociedad corrupta que elige y reelige a los políticos estraperlistas.