Martes, 02 Junio 2026
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Francisco Pomares

 

Concluye la primera jornada del proceso contra David Sánchez, hermanísimo del presidente. Y concluye con una demostración de esa verdad interpretable, elástica y poliédrica a la que nos tiene tan acostumbrado el periodismo de trincheras.  Algún medio describía anoche una causa desmoronada. Otros destacaban que el tribunal mantenía intacto el juicio por los delitos más graves relacionados con tráfico de influencias y prevaricación. Para unos, las acusaciones populares habían sufrido un serio revés, según otros, los testigos poco menos que habían sido comprados por el PSOE. La misma sala, los mismos testigos, los mismos jueces y dos relatos absolutamente incompatibles. Por desgracia. No se trata de una novedad. Hace tiempo que gran parte del periodismo español informa menos sobre los hechos que sobre las consecuencias políticas que desea produzcan esos hechos.

 

La verdad jurídica la conoceremos cuando exista sentencia, pero  el interés real del caso del hermanísimo enchufado vuelto a resucitar una de las tradiciones más persistentes de la política española: la irresistible inclinación de quienes alcanzan el poder a favorecer a familiares, allegados y amigos. Tener hermanos siendo alguien con poder no es delito, pero favorece siempre que el apellido correcto se convierta en cualificación profesional muy valiosa para un puesto o un carguito. La palabra nepotismo, que define la jugada, tiene una historia muy reveladora. Procede del italiano nipote, sobrino, y se popularizó durante el Renacimiento para describir la costumbre de muchos papas de repartir cargos, rentas y privilegios entre sus familiares. Aquellos santos obispos de Roma comprendieron pronto que nadie protege mejor el poder que quien comparte sangre. Cinco siglos después, la técnica continúa gozando de robusta salud.

 

España nunca ha destacado precisamente por poner freno a esa tentación. Muy al contrario, el enchufe es parte indivorciable de nuestro patrimonio cultural no declarado. Lo hemos elevado a categoría administrativa, hemos logrado que la recomendación personal, el favor político y la colocación del familiar sobrevivan a monarquías, repúblicas, dictaduras y democracias con una resistencia a estudiar.

 

El caso del hermanísimo de Sánchez no es precisamente muy original. Apenas algo contradictorio con las declaraciones entusiastas: afecta al entorno inmediato de un presidente que llegó al poder prometiendo ejemplaridad, regeneración democrática y tolerancia cero con cualquier sombra de privilegio. Pero no nos rasguemos las vestiduras: la historia española está llena de sagas familiares que han orbitado alrededor del poder usufructando sinecuras y canongías como si las instituciones fueran un negocio hereditario.

 

Los Pujol construyeron en Cataluña una auténtica dinastía política y empresarial. El Hermano de Alfonso Guerra convirtió Sevilla en escenario de uno de los episodios más célebres de la España del enchufe. Los Fabra hicieron del poder provincial una tradición familiar. Los Bono, o los Chávez en Andalucía, como numerosas familias vinculadas durante décadas a ayuntamientos, diputaciones, cabildos y gobiernos autonómicos forman parte de una larga y pujante genealogía nacional. No se trata sólo de la política. La costumbre de endosar familiares al beneficio de inventario ha contaminado administraciones, empresas públicas, fundaciones, consorcios y organismos autónomos. Basta con escarbar un poco en cualquier institución para descubrir criaderos sorprendentemente frondosos de colocados familiares.

 

Con demasiada frecuencia quienes mandan actúan como si la mera existencia de un procedimiento administrativo, bastara para disipar cualquier sospecha. Se convocan plazas con perfiles digamos que muy específicos, se diseñan estructuras organizativas ‘ad hoc’ o plazas peculiarmente ahormadas, se redactan requisitos que parecen escritos pensando en candidatos concretos. Y cuando alguien pregunta, la respuesta siempre es acusar de mala fe al que pregunta.

 

El fenómeno no distingue ideologías. La izquierda denuncia el nepotismo de la derecha mientras esconde el suyo. La derecha hace lo propio cuando gobierna. Los nacionalistas no se resisten al contagio. Aquí se enchufa desde todas las siglas. Cambian los discursos y los protagonistas, pero el mecanismo permanece inalterable. Intacto desde lo tiempos de Viriato, porque el nepotismo responde a una concepción patrimonial del poder, que define un estilo de gobierno típica y tópicamente español: la idea de que alcanzar un cargo permite repartir oportunidades a los próximos. Primero la familia, después los amigos, luego los colegas de partido y finalmente, si quedan oportunidades que repartir, a los que pasen por allí. Colocar al hermano es un clásico español. Y si el hermano no es muy listo, es –además- la sagrada obligación de primogénito.


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