Jueves, 12 Marzo 2026
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 Paco Pomares

Francisco Pomares

 

Sánchez ha decidido que ya es hora de ponerse a medir el odio. No metafóricamente, sino de forma científica, con instrumentos, indicadores y quizá algún gráfico de colores, como se hace cuando medimos la huella de carbono. Por eso, ha anunciado la creación de una herramienta capaz de calcular la “huella de odio” en las redes sociales. El sistema se llamará Hodio y dependerá del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia. Su misión será analizar de manera sistemática la presencia, evolución y alcance de los discursos de odio en internet.

 

La idea, según Sánchez, es que los resultados se hagan públicos para que todos sepamos “quién lo frena, [al odio] quién mira para otro lado y quién hace negocio”. La frase tiene un punto de advertencia moral, casi de escarnio público. Se mueve en una mezcla entre ranking de virtudes cívicas y tabla de pecados digitales, y lo que demuestra es que el Gobierno aspira a convertirse en árbitro del clima moral de las redes.

 

Sánchez presenta el proyecto –otra ocurrencia olvidable como la de controlar el acceso a las páginas pornográficas, o que la espera en las llamadas a servicios no dure más de tres minutos…- como una respuesta necesaria a un fenómeno que, en su opinión, se ha convertido en arma política. Sánchez asegura que el odio se propaga de forma “fría y calculada” y se utiliza para atacar a las personas que defienden determinadas ideas. Sánchez nos habla desde su propia experiencia, desde la convicción de ser una de las principales víctimas del odio en las redes.

 

Lo curioso de esta historia es que el presidente que ahora pretende medir el odio ha sido, desde hace años, el mayor ingeniero de la polarización política en España. Sánchez calificó de “indecente” a Mariano Rajoy, entonces presidente del Gobierno, en el Congreso. No fue una frase improvisada, ni un desliz: fue el momento que marcó el comienzo de una forma de hacer política basada en la descalificación moral del adversario. Aquella palabra –indecente- no se refería a una decisión política, era una acusación directa contra la integridad personal de Mariano Rajoy, señalado como principal responsable de la corrupción del PP. Después vinieron otras etiquetas: fascistas, franquistas, reaccionarios, ultraderecha… la lista es larga y ha sido utilizada con generosidad y pretensiones pedagógicas para describir a cualquiera que discrepara del relato oficial. En el nuevo lenguaje político del sanchismo, no estar de acuerdo con Sánchez y su forma de hacer política –disentir- ha dejado de ser una opción legítima para convertirse en sospecha moral.

 

El elemento más perturbador de esa estrategia ha sido la resurrección constante de la Guerra Civil y el franquismo como herramienta para excitar el conflicto político. Durante décadas, la democracia española convertir un episodio histórico devastador en recuerdo compartido que no impedía la convivencia. No se trataba de olvidar o justificar, sino de no utilizar la guerra y la Dictadura como armas arrojadizas.

 

Eso cambió: las políticas sobre la memoria fueron convertidas en instrumentos de confrontación, dirigidas a dividir a los españoles en bandos enfrentados. Los de izquierda representan la democracia, el progreso y la justicia histórica. Los que no son de izquierdas encarnan la continuidad ideológica con el franquismo. El debate político dejó de girar en torno a programas o soluciones y empezó a parecerse cada vez más a un juicio moral permanente. En ese contexto, avivado hasta el presente de forma sistemática, resulta llamativo escuchar al presidente denunciar el clima de odio que él ha contribuido a crear como pocos otros políticos.

 

La polarización es un fenómeno común en el mundo desarrollado, pero no surge por generación espontánea. Es el resultado de decisiones políticas muy concretas, discursos que exageran las diferencias, relatos que convierten al adversario en enemigo, y estrategias que movilizan a los propios alimentando el miedo o la indignación. La política emocional funciona así: cuanto más intensa es la confrontación, más cohesionada se mantiene la propia base electoral.

 

Sánchez ha sido extraordinariamente eficaz usando esa lógica.

 

Por eso la creación de Hodio tiene algo de tomadura de pelo. El mismo personaje que convirtió la confrontación en herramienta para la movilización política, anuncia ahora un sistema que medirá el clima de odio que esa confrontación ha contribuido a generar.

 

Nadie sensato puede defender el acoso, el racismo o la violencia verbal en las redes sociales. Internet se ha convertido en un espacio donde la agresividad se multiplica con facilidad y el anonimato permite conductas miserables. Combatir esas prácticas es necesario. Y también lo es saber quien juzgará desde Hodio lo que es odio y lo qué no lo es. Porque si el poder se pone a medir las emociones de sus súbditos, existe el riesgo de que considere cargadas de odio sólo las emociones de los adversarios, o insultos solo los de la oposición. En un clima político tan deteriorado como el nuestro, el anuncio de que vamos a gastar dinero público en un  odiómetro presidencial, me parece una burla sin sentido


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