Martes, 17 Febrero 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

Hace no tanto, el Centro de Investigaciones Sociológicas era una institución respetada. Sus estudios permitían comprender la realidad política y sus tendencias, sus series históricas eran consultadas por académicos y analistas, y sus barómetros servían para tomar el pulso al país. Hoy, bajo la dirección de José Félix Tezanos, el CIS se ha transformado en un generador oficial de optimismo para el Gobierno y un fabricante mensual de propaganda basada en realidades imaginadas.

 

El último barómetro vuelve a las andadas. El PSOE ampliaría su ventaja sobre el PP hasta los 10,7 puntos. Nada menos. Tras la brutal caída socialista en Extremadura y Aragón, el PSOE se recupera vertiginosamente: subiría al 32,6 por ciento mientras los populares caerían al 22,9. Vox se dispara al 18,9, Sumar baja, Podemos sube, Junts mejora, ERC retrocede… Un dibujo quirúrgicamente favorable a la narrativa de  Sánchez: casi parece una nota de prensa conjunta de Ferraz y  Moncloa

 

La cuestión de fondo es que no estamos ante una encuesta privada que pueda permitirse errar sin consecuencias. Hablamos del CIS, un organismo público que maneja millones de euros cada año. Y hablamos de su presidente, un señor que milita en el PSOE, y fue miembro de su Ejecutiva federal. Por supuesto que no es un delito tener ideas políticas; pero me pregunto si debiera ser considerado delito poner una institución al servicio de tus ideas, a costa de falsear sistemáticamente los resultados de los sondeos. Por no hablar de la presentación de los datos, que invita al asombro. Según el último sondeo, la suma de la derecha (PP y Vox) alcanzaría el 41,8 por ciento, mientras que el PSOE y Sumar se quedarían en el 39,6 por ciento, con lo que la derecha superaría al bloque gubernamental. Pero el titular del sondeo es que el PSOE aventaja en diez puntos al PP. Una forma peculiar de leer la aritmética parlamentaria, pero útil para no romper el discurso triunfal de Ferraz. Un discurso que ni con esas logra mantener alta la moral de afiliados y dirigentes.

 

El contraste entre realidad e imaginario se vuelve aún más llamativo cuando el barómetro revela que un 43,4 por ciento de los encuestados considera que su opinión sobre la Constitución ha empeorado en la última década, y un 58,1 por ciento tiene poca o ninguna confianza en que sirva para resolver problemas. Es decir: casi la mitad percibe un deterioro del pacto constitucional y más de la mitad desconfía de su capacidad de respuesta. Sin embargo, ese mismo país supuestamente desencantado renueva con entusiasmo el liderazgo de quien gobierna desde hace ocho años. Una coherencia digna de estudio. Y también resulta curioso que la jerarquía de los problemas tenga tan poco que ver con la valoración de liderazgos: la vivienda aparece como la principal preocupación nacional, seguida por la inmigración y la crisis económica. Son ámbitos donde la gestión del Gobierno ha sido muy discutida. Pero en el universo del CIS, el desgaste no existe: el Ejecutivo no sólo resiste a pesar de no resolver los problemas que la gente considera más graves. De hecho, el Gobierno aumenta sus apoyos electorales: crece. Y más: el CIS contradice al resto de las encuestas y los resultados de dos procesos electorales recientes. En Aragón y Extremadura, el PSOE acaba de sufrir sendos batacazos históricos. La percepción pública sobre la situación política y económica dista mucho del entusiasmo que reflejan los porcentajes de Tezanos. Pero el CIS persevera. Mes tras mes. Error tras error. Siempre en la misma dirección, sin importar que después de cada nuevo contraste entre predicciones y resultados, el ridículo aumente.

 

El dato incontestable es que el CIS falla. Falla en sus estimaciones autonómicas, en las generales y en las europeas, donde ya es difícil equivocarse por encima del margen de error del propio sondeo. Y aún fallando, no rectifica, sino que insiste en el método. Porque la finalidad de los sondeos del CIS no es acotar la realidad, sino construirla. Instalar un clima, provocar un estado de opinión. Alimentar la idea de que el PSOE arrasa, ocurra lo que ocurra. Cabría preguntarse si es aceptable que una entidad que no da una en sus proyecciones continúe gastando recursos sin que nadie asuma responsabilidades. En cualquier empresa privada, esa cadena de errores tendría consecuencias. En la administración pública española, al parecer, basta con que el error favorezca al Gobierno de turno para que se convierta en algo virtuoso.

 

En cuanto a los pronósticos, no se trata de discutir décimas arriba o abajo. Se trata de la utilización partidista de un instrumento del Estado. El CIS no fue creado para apuntalar liderazgos ni para fabricar estados de ánimo favorables. Fue concebido como un servicio público. Haberlo convertido en una oficina de propaganda del Ejecutivo es una degradación institucional que trasciende al propio Tezanos.

 

El país real -con sus problemas de vivienda, con su tensión territorial, con su desconfianza institucional, con su crispación política- no se parece en absoluto al país que dibujan los barómetros oficiales. Pero ese país imaginado tiene una ventaja: siempre sonríe a un presidente que hace tiempo dejó de sonreír.


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