El Papa es mío

Francisco Pomares
Ante la aparición del Obispo de Roma en su papamóvil, resulta enternecedor ver a tanto adulto regresar con entusiasmo a la infancia: llega León, pronuncia un discurso, celebra una de sus multitudinarias vigilias o misas rituales, y comienza una competición tan intensa como absurda: la de la apropiación simbólica de su figura y sus palabras.
Durante unos días es como si todo el mundo encontrara en el Papa exactamente aquello que quiere encontrar. Los progresistas descubren a un revolucionario disfrazado de moderado, los conservadores a un restaurador del orden, los nacionalistas a un defensor de los pueblos, los globalistas al enemigo de las fronteras, los ecologistas a un aliado en las guerras del clima y los liberales a un defensor de la dignidad individual. Es el Papa, líder espiritual de dos mil millones de católicos -cada uno de su padre y de su madre-, un hombre a la medida de cada uno de nosotros. Y nos lo apropiamos, lo convertimos en mascota ideológica, recogiendo en sus palabras únicamente las que confirman nuestras propias convicciones. Mientras unos y otros se disputan la propiedad del pontífice, el espectáculo continúa: el Papa es progresista, el Papa es conservador, el Papa es de los nuestros, el Papa está con mi equipo, ¡el Papa es mío!
Los conservadores encuentran en él la referencia a la familia, el valor de la tradición o a la defensa de la vida. Los progresistas se sienten servidos cuando habla de inmigración, desigualdad, medio ambiente o pobreza. Los nacionalistas aplauden que defienda la identidad de los pueblos y salude en catalán (llevan peor lo de que prefiera el Real Madrid al Barsa). Cada cual toma alguna de sus frasea, la coloca cuidadosamente en su propia vitrina moral y la exhibe como prueba irrefutable de que el pontífice piensa lo mismo. Así construimos la papafilia, una identidad niveladora que permite que un diputado de Vox y otro de Esquerra aplaudan en pie durante siete minutos el mismo discurso.
Se trata de una operación intelectual bastante curiosa: rara vez incorpora una interpretación completa de lo que el Papa dice. Basta con una cita, una foto o un titular, para activar el mecanismo de apropiación, que hace mutar al jefe espiritual de la Iglesia católica en una suerte de filósofo al servicio de nuestras propias preferencias.
Sin embargo, resulta difícil imaginar una figura pública cuyos discursos estén más obligados a ser abiertos, complejos y susceptibles de distintas interpretaciones. El Papa es jefe de un Estado diminuto, pero no gobierna una nación ni dirige un partido. Habla para cientos de millones de personas de todos los continentes, pertenecientes a culturas diferentes, con sensibilidades distintas y a menudo incompatibles. Eso no implica que todas las apropiaciones sean válidas. Algunas son sencillamente descabelladas.
Porque cuando habla de emigrantes, al Papa lo escuchan tanto quienes llegan en patera como quienes viven en los barrios donde se rechaza abiertamente su llegada. Cuando habla de pobreza, su voz se enfrenta al juicio de los pobres, los ricos, quienes sostienen con esfuerzo o recursos las instituciones benéficas, los líderes y los gobernantes. Cuando el Papa habla de paz, se dirige por igual a las víctimas de las guerras, a los soldados, los pacifistas y los dirigentes… Los discursos papales suelen contener una deliberada amplitud moral que permite lecturas diferentes. Y no porque el Papa sea ambiguo necesariamente, o renuncie a ser portador de la verdad de la Iglesia, sino porque su palabra se dirige a una comunidad extraordinariamente diversa.
En tiempos de confrontación creciente y polarización extrema, lograr que personas de ideologías diferentes encuentren consuelo o certeza en una misma razón resulta inspirador. Probablemente, esa común humanidad sea hoy uno de los pocos espacios públicos donde todavía es posible reconocer algo valioso sin necesidad de compartirlo todo. Por el contrario, me resulta inquietante la papafilia aprovechada y belicosa que se ha instalado estos días entre nosotros, esa necesidad compulsiva de utilizar al Papa como un arma arrojadiza contra el adversario, como si la principal función del sucesor de Pedro fuera validar nuestras opiniones en las redes sociales. Cada uno confecciona un Papa a medida, eliminando retales inútiles, conservando únicamente el patrón que nos conviene y obviando todo lo demás.
Quien celebra una frase sobre inmigración suele ignorar otra sobre aborto. Quien aplaude una referencia a la familia tradicional puede pasar por alto una llamada a la acogida de los excluidos. Los líderes religiosos, igual que los grandes pensadores, resultan más creíbles e interesantes precisamente cuando nos contrarían o corrigen, cuando nos obligan a mirar donde no queremos hacerlo, cuando cuestionan nuestras certidumbres en lugar de confirmarlas.