Martes, 30 Junio 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

La Provincia reunió ayer una selecta representación del patio político local, para escuchar a Iván Redondo. El que fuera jefe de Gabinete de Pedro Sánchez en sus mejores años, acudía a presentar El Manual, un libro suyo que anuncia como memoria política, ensayo sobre estrategia y propuesta para repensar España tras una década de convulsiones y escándalos. Redondo se explayó ayer: habló de vivienda, de presupuestos, de futuro, de la necesidad de recuperar el contacto directo con los ciudadanos y –ya de paso- cumplió su deber de visitante refiriéndose a la importancia de Canarias como ‘gran nacionalidad’ española dentro del Estado. También dejó uno de esos titulares repensados, destinados a sobrevivir al acto: tanto Pedro Sánchez como Alberto Núñez Feijóo afrontan, según él, “su último baile”.

 

Son opiniones interesantes, pero lo más interesante de lo de ayer es lo que no se dijo de su libro, que aún no ha leído prácticamente nadie. Y es que El Manual de Redondo responde menos a querer explicar una etapa política que la necesidad más personal de fijar definitivamente quién fue -o quién quiere que creamos que fue- Iván Redondo.

 

Los asesores políticos suelen vivir en la sombra. Su trabajo consiste en construir personajes públicos para consumo de los electores. Ahora Redondo invierte el mecanismo, y se esfuerza en construirse él ante el público, y vendernos su propio personaje. Escribe nuestro hombre desde una confianza ciega en sí mismo, sus capacidades y méritos, con la certeza de haber sido el gran arquitecto de los éxitos de aquellos para los que trabajó. Cuando las cosas salieron bien, fue gracias a su inteligencia y olfato; cuando salieron mal, ocurrió porque no siguieron sus consejos. Las memorias y autobiografías son un género literario dado a la impostura y la autocomplacencia, pero Redondo se pasa: la política española no empezó con él ni terminó cuando él salió de La Moncloa. Es verdad que durante sus años trabajando para Sánchez alimentó la imagen de un estratega infalible, una suerte de brujo capaz de alterar el resultado de unas elecciones con un combinado de sociología, intuición y comunicación política. Es un relato atractivo, y muy conveniente para alguien que quería convertir el asesoramiento de alto nivel en su marca personal.

 

Pero conviene recordar cómo construyó esa imagen. Redondo comenzó asesorando a dirigentes autonómicos con desigual fortuna. Su proyección nacional llegó de la mano de Sánchez, en un momento excepcional: la moción de censura, la fragmentación parlamentaria, la pandemia y la construcción de un liderazgo presidencial cesarista. Es difícil saber qué fue mérito del estratega y qué fruto de las condiciones extraordinarias que vivía el país. Lo que es evidente es que -sin Sánchez en La Moncloa-, hoy no estaríamos hablando de Redondo.

 

Por eso su libro transmite una clara voluntad de reivindicación. No le basta a don Iván haber estado allí. Tiene que convencer al lector de que todo ocurrió gracias a él. Y ese no es un empeño nuevo…

 

Recuerdo la entrevista de hace unos años con Jordi Évole. Una operación destinada a transformar en personaje al asesor desconocido. Redondo se presentó ungido del carisma del cesado, rodeado de un halo casi esotérico, como si fuera su curro una ciencia reservada a iniciados capaces de descifrar señales invisibles para el resto de mortales. El resultado fue algo menos deslumbrante de lo previsto. Más que descubrir al gran chamán de la estrategia política, asistimos a la presentación de un personaje construido para hinchar su propia leyenda.

 

El Manual sigue en esa misma línea. Es parte de un proceso. Y no es casual que dedique tanto espacio al corazón herido del autor: introduce la dimensión humana y completa al personaje. Ya no es sólo el estratega brillante; ahora se nos presenta el hombre vulnerable, el superviviente a una operación de miocardio, el padre que ha aprendido que la política debe tener corazón.

 

En fin: un estratega profesional nunca deja de serlo. Menos aun cuando escribe sus memorias, queriendo regresar al tablero. Pero El Manual no debe leerse como el relato de sus años en el poder sanchista, sino como un intento de decirle al lector, a los partidos y al sistema político que el personaje Iván Redondo sigue aquí y está disponible. Que continúa siendo imprescindible. Que la historia reciente de España no puede contarse sin él. Y esa es la mejor paradoja del libro: alguien que ha dedicado su vida a fabricar relatos creíbles para otros, nos escribe ahora un relato de sí mismo que resulta difícil de creer.

 

Eso no invalida lo que dice que conviene hacer: acierta cuando denuncia la política dominada por los algoritmos, la ira y las redes, y cuando advierte de que los jóvenes tienen enormes dificultades para construir un proyecto de vida, o cuando insiste en que los partidos necesitan escuchar más y gritar menos. Son reflexiones compartibles. Aunque uno se pregunta si -como le ocurre al propio Iván- llegan tarde.


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