El precio del silencio

Francisco Pomares
No se ha logrado probar que Marruecos chantajee a Sánchez con la información sustraída de su teléfono por Pegasus. Una sospecha, por verosímil que pueda parecer, no se convierte en certeza solo por repetirla. Pero lo cierto es que tampoco existe ninguna explicación razonable para el empeño del presidente del Gobierno en mantener viva esa sospecha.
Comparecencia tras comparecencia, entrevista tras entrevista, Sánchez elude hablar de su relación personal con Marruecos. Nunca ha explicado qué clase de información fue extraída de su móvil. Nunca ha aclarado si conoce su naturaleza, o se ha podido determinar qué uso se hizo de ella. Tampoco responde ahora a las preguntas que le hizo Feijóo sobre cuándo habló por última vez con Mohamed VI, si ha mantenido alguna conversación con el monarca desde la avalancha de Ceuta, o incluso que respuesta recibió de Marruecos, si es que ha recibido alguna.
No se le pide que revele secretos o estrategias de la Seguridad del de Estado (para eso basta con hacer públicos informes del CNI con frustrada intención exculpatoria), ni que reproduzca conversaciones diplomáticas confidenciales. Bastaría con confirmar si las conversaciones existieron y explicar, en términos generales, qué exigió España después de que casi 80.000 personas atravesaran su frontera en unas pocas horas. Sánchez prefiere hablar de la colaboración marroquí, de la devolución de migrantes, de la ausencia de pruebas concluyentes y cambiar de opinión como suele, convirtiendo lo que él mismo calificó como “violación de la integridad territorial” en crisis humanitaria. Sánchez no para de hablar, pero jamás responde a lo que se le pregunta.
El silencio resulta todavía más inexplicable porque Sánchez sabe que ya no puede ganar este relato. El espionaje de Pegasus se produjo en 2021. Meses después, en marzo de 2022, Sánchez cambió de sopetón y sin encomendarse a nadie la posición histórica de España sobre el Sáhara, respaldando el plan marroquí de autonomía como la solución “más seria, realista y creíble”. El giro se decidió sin informar previamente ni al Gobierno ni al Parlamento, provocó una crisis con Argelia y nunca fue explicado de forma creíble. Por supuesto, podría ocurrir que ambos acontecimientos no tengan relación. Pero cuando se suceden un espionaje nunca aclarado y una rectificación diplomática no explicada, la obligación del presidente no es en indignarse por las preguntas. Es responderlas.
La hipótesis de que esté siendo sometido a un chantaje por parte de Marruecos ha sido presentada como otra exageración del PP y Vox. Pero la sospecha se extiende: la podemita Belarra ha sugerido que Marruecos posee demasiada información sobre Sánchez. Aitor Esteban, presidente del PNV, ha reconocido que Rabat puede disponer de información para presionar al Gobierno español. Sumar y ERC rechazan de momento esa interpretación, pero cuestionan la docilidad de la respuesta gubernamental ante la crisis de Ceuta. La sospecha ha dejado de ser patrimonio de la oposición y empieza a extenderse entre quienes sostienen al Gobierno.
Sánchez dice que su Ejecutivo no acepta chantajes y que no tiene nada que ocultar. Responde siempre en plural, habla del Gobierno, de sus ministros y de las instituciones, evitando referirse a sí mismo y al contenido de su teléfono. Es una forma de negar la acusación sin despejar la duda. La pregunta, por tanto, ya no consiste únicamente en lo qué pueda saber Marruecos. La pregunta es por qué Sánchez considera preferible soportar el desgaste de la sospecha antes que ofrecer una explicación. ¿Qué protege con su silencio? ¿Una negociación diplomática delicada? ¿Una decisión personal? ¿Información comprometedora? ¿O simplemente su conocida resistencia a rendir cuentas sobre cualquier asunto que le afecte a él o al núcleo de su poder?
El coste de esta opacidad no lo paga solo el presidente del Gobierno. Sánchez arrastra al PSOE a defender una posición incomprensible: negar cualquier responsabilidad de Rabat, desautorizar los indicios, negar los informes, rebajar la gravedad de lo que ocurre y guardar silencio sobre las conversaciones con Mohamed VI. Dirigentes, ministros y diputados socialistas se ven obligados a proteger una conducta que tampoco ellos pueden explicar. Los menos dóciles comienzan a quejarse en privado, mientras el partido acaba comprometido en la defensa de los secretos de un solo hombre. El PSOE no dispone de más información que los ciudadanos, pero debe actuar como si conociera razones poderosas para confiar ciegamente en su secretario general. Cada evasiva presidencial se convierte en una factura política más que paga todo el partido.
Es posible que Pegasus no tenga nada que ver con el cambio sobre el Sáhara ni con la cautela frente a Marruecos. Incluso podría ser que la actuación de Sánchez responda a una estrategia diplomática defendible. Pero, si existe esa explicación, el presidente lleva cuatro años negándose a ofrecerla. No sabemos si Marruecos chantajea a Sánchez. Lo que sí sabemos es que Sánchez prefiere que España se lo pregunte antes que responder. Es difícil fiarse de alguien que elige alimentar la sospecha, antes que romper su silencio.