El PSOE ante su espejo

Francisco Pomares
El auto del juez Pedraz sobre la trama de Leire Díez es una pieza digna de estudio: lo que se cuenta en esas páginas no es únicamente la actuación de una militante especialmente negligente, o de una fontanera con exceso de entusiasmo. Lo que se materializa allí es la poderosa imagen del sanchismo mirándose al espejo: el juez sostiene que el PSOE desarrolló una estrategia organizada para obtener información sobre fiscales, desacreditar a mandos de la Guardia Civil, recopilar material comprometedor sobre jueces e intentar influir en procedimientos judiciales que podían afectar a los intereses del partido o del Gobierno. Es decir, exactamente aquello de lo que desde el PSOE se viene acusando a los demás desde aquel oprobioso día en el que Sánchez -tras saberse que su mujer sería imputada-, decidió someterse a unos ejercicios espirituales para ver si seguía o no en el poder.
Por supuesto que siguió, pero desde entonces, Sánchez y los suyos han construido un potente relato político, basado en la existencia de una gran conspiración destinada a derribar al Gobierno. Una conspiración integrada, según las necesidades del momento, por jueces reaccionarios, fiscales descontrolados, guardias civiles conspiradores, periodistas desafectos, empresarios hostiles, una oposición incapaz de aceptar las reglas democráticas. O si se precisa, Francia, Suiza, Israel y Estados Unidos. La presentación de ese argumentario es muy sencilla: cualquier investigación judicial sobre alguien próximo a Sánchez, es una operación política; cada informe policial, una maniobra de acoso; cada filtración periodística, un engranaje más de una maquinaria destinada a destruir al Gobierno legítimamente elegido por los ciudadanos, ejem, ejem. Y quien no comparta esa visión es acusado inmediatamente de colaborar conscientemente con los fachas que encabezan la conspiración.
Pero ahora va un juez y sostiene que personas vinculadas al poder socialista recibieron el encargo –y la financiación- para obtener información sobre fiscales, desacreditar a mandos de la Guardia Civil, recopilar material comprometedor sobre jueces, e intentar influir en procedimientos judiciales que podían afectar a los intereses del partido o del Gobierno. Es decir, exactamente aquello de lo que llevaban años acusando a los demás. Así, lo que ocurre ahora es que mientras el ministro tuitero -Óscar Puente- denuncia la utilización de lo que califica como “métodos no democráticos” para derribar al Gobierno, pues la investigación describe una operación cuyo objetivo es desacreditar precisamente jueces, fiscales y responsables policiales. Mientras el PSOE denuncia las cloacas, la investigación apunta a la existencia de desagües pestilentes que salen de Ferraz hacia el corazón mismo de la guerra sucia y sus lugartenientes. Lo vimos con Ábalos con Cerdán, con Zapatero. Ahora incluso con Leire: primero se presenta todo como una invención absoluta de los medios, después como una exageración interesada, más tarde como una persecución política… y finalmente, cuando las evidencias se acumulan, se acusa a quienes las investigan de conspirar para acabar con ocho años de estabilidad y progreso.
La estrategia de defensa del Gobierno se radicaliza: ya no consiste en negar la evidencia de hechos concretos. Consiste en negar la realidad misma. Es un truco tan antiguo como eficaz: acusar al adversario de aquello que uno mismo está haciendo. El resultado es un deterioro progresivo de la confianza pública.
La rueda de prensa de Sánchez en Roma es un magnífico ejemplo de esa concepción mesiánica de la política. Allí explicó que no convocará elecciones porque la Constitución establece una legislatura de cuatro años y porque él tiene la obligación de anteponer el interés general a los intereses de su partido. Resultas extraordinario que Sánchez pueda sostener estos trampantojos discursivos sin sonrojarse siquiera un poquito. La escena poseía además un cierto componente teatral: el presidente que evita acudir a funerales religiosos en España para preservar la aconfesionalidad institucional, aparece aferrado esta vez a la figura de León XIV, compartiendo con el Papa la misma misión providencial. Según explicó Sánchez, a ambos les une la voluntad de extender la bondad por el mundo. Jajajajaja.
La imagen resulta enternecedora. El sucesor de San Pedro, como último baluarte y trinchera del sanchismo, el Vaticano incorporado a la estrategia de comunicación de La Moncloa. Y Sánchez, una vez más, ocupando el centro moral del universo conocido.
Pero hay algo que termina siempre con estas narrativas irreales: son los hechos. Los hechos son tercos. Los autos judiciales son tercos. Las evidencias de reuniones son tercas. Las transferencias económicas son muy tercas. Y llega un momento en que la distancia entre el relato y la realidad se vuelve tan grande que ya no puede ocultarse. Eso es lo que refleja el espejo con memoria que hoy tiene Sánchez delante.