Jueves, 29 Enero 2026
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Francisco Pomares

 

Fernando Clavijo aterriza hoy en Agadir al frente de una enorme comitiva de empresarios, rectores, investigadores, cámaras de comercio y la alegre tropa del futbol. La visita de Clavijo, la tercera en lo que va de legislatura, se presenta oficialmente como un ejercicio de pragmatismo con el vecino inevitable. Se trata de hablar de cooperación universitaria, economía azul, desalación, turismo, puertos, cultura, deportes. Todo conveniente, razonable y absolutamente legítimo desde la lógica de los intereses canarios y de la necesaria ‘buena vecindad’.

 

Pero el contexto importa. Y ese contexto está hoy marcado por la absoluta parálisis de todo lo que tenga que ver con el Sahara, tras la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el pasado octubre. El proceso político sobre el Sáhara Occidental permanece exactamente donde Marruecos quiere: congelado, diluido y sin calendario previsto. Mucho movimiento en lo económico, cero avances en lo político. Y no es una casualidad. Es una estrategia bien definida por Palacio.

 

La última resolución de Naciones Unidas sobre el Sahara fue celebrada con lógica euforia en Rabat. Por primera vez, el Consejo vinculaba explícitamente el mandato de la Minurso al plan de autonomía marroquí, la impresionante apuesta diplomática de Sidi Mohamed para sortear el principio de autodeterminación, el cambio que tras el apoyo de Trump -hace cinco años y medio-, y luego de Francia, consiguió cambiar el compromiso español con el referéndum y la autodeterminación de la antigua colonia. Aunque el texto de Naciones Unidas mantiene formalmente el derecho de autodeterminación, el giro político es evidente. Marruecos lo vio como un aval internacional a su hoja de ruta y convirtió el respaldo retórico en carta blanca para la inacción.

 

Han pasado ya tres meses desde aquél día de celebraciones y festejos en las medinas del reino, y no ha ocurrido nada de nada. No hay convocatoria de negociaciones, ni documento actualizado sobre la autonomía, ni calendario. Nada. El enviado especial de Naciones Unidas no se ha molestado siquiera en mover ficha, hacer alguna declaración, reunirse con el rey o el jefe del Gobierno. El primer informe de la Minurso, debe presentarse en abril, y estará previsiblemente marcado por un contemporizador diagnóstico del estancamiento al que los saharauis llevan  generación y media acostumbrados.

 

Para el Polisario, la lectura es también la misma de siempre: Marruecos utiliza la autonomía como un concepto útil para ganar tiempo y consolidar hechos consumados sobre el territorio ocupado: inversiones, infraestructuras, presencia administrativa, desarrollo de puertos en Dajla y Aaiún, además de la explotación de recursos naturales en un territorio cuya soberanía sigue siendo discutida.

 

En este particular contexto, la visita de Clavijo adquiere un significado que va más allá de los encuentros de una agenda oficial hecha para no molestar a nadie. Se intenta evitar el alarmismo, pero la geografía es la geografía: Canarias no puede dejar de observar con atención -y con evidente inquietud- el afán expansionista de Marruecos en ámbitos que afectan directamente al Archipiélago: puertos, pesca, rutas comerciales, control del espacio aéreo del Sáhara, delimitación de aguas, y recursos submarinos. El Gobierno regional insiste en que no se abordarán cuestiones sensibles -inmigración y aguas territoriales-, porque son asuntos de competencia estatal. Formalmente es así, pero resulta ingenuo creer que Marruecos separa compartimentos. Todo acto institucional de un territorio extranjero, por pequeño que sea, es para Palacio un gesto político. El Makhzen no es solo un edificio: representa a la perfección el sistema de poder monárquico, administrativo y político del Reino. Y para el Reino, toda cooperación económica forma parte de algo mayor: encaja con el relato que mejor sostiene la unidad política de Marruecos: el de la normalización progresiva de su soberanía sobre el Sáhara.

 

Por eso, el enfado del Polisario con este tercer viaje de Clavijo no es retórico. No se trata solo de cuestionar la cooperación universitaria o empresarial, sino de advertir que la acumulación de misiones, acuerdos y fotos contribuye -lo deseen o no los ilustres visitantes isleños- a reforzar la narrativa marroquí de que el conflicto está definitivamente cerrado por desistimiento internacional, y que lo que resta es gestionar las inmensas oportunidades que esta nueva situación depara. Esa es -por ejemplo- la posición de Estados Unidos. La administración Trump quiere cerrar cuanto antes el asunto saharaui. Y participar en el reparto del negocio, siguiendo la lógica del bisnes con la que Trump explica su concepto de las relaciones internacionales

 

A solo cien kilómetros del continente, Canarias no puede permitirse el lujo de una neutralidad distraída. Cooperar con Marruecos es inevitable, pero hacerlo sin una lectura política completa del contexto podría llegar a ser una torpeza: si la autonomía del Sáhara no avanza es porque nunca se pensó para que avanzara, sino como un medio para aplazar indefinidamente la autodeterminación. Mientras ese aplazamiento se consolida, Rabat sigue a lo suyo.


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