El sentido de la responsabilidad
Andrés Martinón
Hace unos días...
Llegaba al grupo de whatsapp que comparto con unos amigos un vídeo en el que se veía una escena de la película Los Puentes de Madison, en el que se había doblado los diálogos de Clint Eastwood y Meryl Streep contando un chiste que, ni me acuerdo ahora bien. Lo que sí hizo el vídeo fue hacerme recordar esta película y llegué a una conclusión: es la mejor película de amor que he visto. Reconozco que no soy muy del género, pero todavía recuerdo (atención spoiler) el momento en el que Francesca, creo que se llamaba el personaje de Streep, tiene la mano en la manecilla de la puerta del copiloto y duda en abandonar a su marido y salir corriendo hacia el coche del intrépido y aventurero fotógrafo de National Geographic que encarnaba Eastwood.
Cuando todavía pensaba en esa escena me corregí a mí mismo y dije que, en verdad, dos son mis películas románticas preferidas: la anteriormente citada y Vacaciones en Roma, donde Audrey Hepburn interpreta a una joven princesa y heredera del trono que en una visita protocolaria a la capital de Italia se escapa de su aburrido mundo de palacio para conocer la alegre vida romana de helados, pizzas y vespas. Eso sí, un astuto periodista interpretado por el gran Gregory Peck se da cuenta y mientras la fotografía para obtener una suculenta exclusiva cae ante los encantos de la joven. La escena de la Boca de la Verdad, una de mis preferidas.
Me di cuenta, al final, que de todas las películas románticas de la historia del cine (atentos ahora, superspoiler), las que más me gustan son las que los amantes no pueden seguir su historia de amor; que hay algo que por fuerza mayor se lo impide pese a que los dos saben que ya no volverán a vivir un amor más fuerte que ese.
Como en las recetas de cocina, reservamos esta parte y la retomaremos más adelante.
Hace unos años...
No sé por qué, ni cómo se llamaba pero sí recuerdo que hablaba con un hombre de mediana edad. Me decía que era de Cuba y que echaba de menos vivir en su país. Yo le escuchaba con interés y él me decía que en España se vive con más tristeza. Que en Cuba se vivía con más alegría. Yo quería saber cuál era la clave; por qué se vive mejor en estos países del Caribe. Y él entonces me explicó cómo vivía allí y qué le hacía más feliz. Me dijo que era camionero; que siempre llevaba una botella de ron al lado de la caja de cambios y que, en cada pueblo, supongo que algo exageraría, tenía una amante a la que le dedicaba una excitante parada en su itinerario.
La realidad...
Lo que hoy quiero comparar es que las dos películas creo que son tan buenas porque se parecen a la realidad. Porque en ambos casos las mujeres protagonistas tenían una vida en la que dejarse arrastrar por ese amor pasional sería traicionar pilares básicos de su vida: en el caso de Meryl Streep una casa, un marido y dos hijos y en el caso de Hepburn, abandonar a su familia y por tanto un reino. En definitiva, que el sentido de la responsabilidad las privó de algo que sabían se lamentarían por el resto de sus vidas.
Sin embargo, en la segunda historia, la del cubano, la felicidad prima sobre la responsabilidad. El cubano nunca me dijo si atropelló a alguien cuando conducía ebrio; si dejó embarazada a alguna de esas amantes y menos si algún hijo se crió sin su padre. Él era feliz en el camión y el mañana estaba por escribir.