El sheriff contra España

Francisco Pomares
Trump ha decidido que España es su enemigo principal número 17 de esta semana. No está mal para un país que, hasta que Sánchez se le puso chulo con las bases, ocupaba en la agenda estratégica de Washington un lugar similar al de Andorra: simpático e irrelevante, pero con gente estupenda.
Trump funciona por impulsos, y ahora le ha tocado a España. Desde el Despacho Oval, sin que nadie le preguntara, anunció que podría imponer un embargo “mejor hoy que mañana”, cortar todos los acuerdos, detener el comercio y, si se tercia, usar Morón y Rota aunque no le dejemos, porque “podemos volar y usarlas”. Todo ello acompañado de una reflexión geopolítica de alto nivel: “España no tiene absolutamente nada que necesitemos, aparte de gente estupenda”. Y lo peor es que Trump tiene razón en que podría usar las bases, y que si lo hiciera, a ver como se lo íbamos a impedir a un tipo que no sólo se salta la legalidad internacional cada vez que le interesa, también la legalidad de su propio país. Gobierna por decreto (como otro que yo me sé), inicia guerras sin consultar siquiera al Congreso, y manda a matones del ICE a detener a niños de seis años y matar a cualquiera que se les resista. A pesar de eso, Trump ni es tonto ni está loco. Disfruta interpretando un esperpento continuo, da la impresión de no saber lo que hace, pero de momento lo que esta haciendo es reescribir el orden internacional, asfixiar a China –su mayor obsesión, probablemente con razón-, demostrarle al mundo que Europa ni pincha ni corta en los asuntos serios, e imponer planetariamente una política mercachifle, propia de un vendedor de crecepelos.
Lo de España: uno imagina a sus asesores de seguridad nacional buscando en el mapa dónde cae exactamente ese territorio que el sheriff no necesita “absolutamente para nada”, pero al que amenaza con un embargo total, al estilo Cuba. Trump es así: una mezcla de matón de patio de colegio y emperador romano con WiFi. Se salta al Congreso, desprecia a la ONU, bombardea Irán para “provocar un cambio de régimen” sin tener ni la más remota idea de que Irán y el Caribe no son lo mismo, ni cómo se gestiona un país el día después. Y luego se sorprende de que los mercados del petróleo hundan la bolsa, que Oriente Medio arda por todos sus costados, y de que hasta los alegres y revoltosos chicos y chicas del Made America Great Again se pegunten si el caos permanente y la mentira constante son lo que ellos querían votar.
En lo que va de mandato, Trump ha atacado dos veces Irán, ha bombardeado Caracas, secuestrado a un jefe de Estado y su mujer, reclamado Groenlandia, coqueteado con la idea de usar poderes especiales para imponer aranceles que luego le tumba el Supremo… y ha tensado la OTAN, exigiendo que duplique o más su gasto en Defensa, como quien pasa la gorra en una boda, y ahora amenaza con embargos unilaterales a un aliado porque el Gobierno español no le deja usar las bases (aunque él podría hacerlo) para su última aventura militar.
Como resuelve Trump todo: su diplomacia es gritar más fuerte que el adversario y poner al mundo en aprietos. No sólo arremete contra España, lo hace sentado junto al canciller Merz, exigiéndole que se posicione sobre otro socio de la Unión. Glup!, sería una escena digna de comedia, pero no lo es: Trump logra siempre lo que parecería imposible si fuera alguien distinto a él quien lo intentara, coloca a Alemania en la tesitura de descalificar a España ante la prensa internacional. Trump ejerce de presidente de la comunidad de vecinos OTAN, con él exigiendo derramas extraordinarias bajo amenaza de cortar el agua. Y todo lo que hace sigue resultando fascinante y hasta entretenido para quienes no sufren a la fuerza su jarabe de fuego: pero hasta Trump debería saber que no se puede estar a hostias con todo el mundo al mismo tiempo. O sí, aunque el resultado no suele ser bueno.
Estados Unidos puede permitirse casi cualquier cosa. Pero hasta una superpotencia tiene límites diplomáticos, militares y económicos. Si la guerra se alarga más de tres semanas los arsenales se resienten, las defensas aéreas se agotan y el coste político interno se dispara.
Y ahí está la cojera del sheriff Trump: su propia popularidad. Las elecciones de medio mandato asoman en el horizonte y dividir a Europa, abrir conflictos comerciales, tensar Oriente Medio y subir los precios, puede que movilice a los más tóxicos de entre sus seguidores, pero también erosiona la confianza de los votantes sensatos que empiezan a preguntarse si gobernar consiste en incendiar el planeta cada vez que Trump tiene un antojo. Él parece cómodo en el caos. Es su ecosistema natural. Cuanto más imprevisible resulta el entorno, más margen tiene para presentarse como el único capaz de domarlo. Pero el mundo no es un plató, gobernar no consiste en demostrar a todas horas que puedes hacer todo lo que quieras.
A veces la fuerza de una potencia se mide por su capacidad de contención. Y la de un aliado, por su inteligencia para no convertirse en el blanco del día. Hoy le ha tocado a España. Mañana será otro. El sheriff no distingue demasiado. Dispara primero y tuitea después.