El traje viejo de Nueva Canarias

Francisco Pomares
Hay una tentación muy de la política de hoy que es la de mezclarlo todo, como si la combinación de cualquier ingrediente diera siempre un bien potaje. Aquí nos estamos especializando cada vez más en confundir etiquetas con identidades, siglas con ideologías y supervivencia política con convicciones profundas.
El espacio situado a la izquierda del PSOE en Canarias lleva algunos años en retirada. Tras el espejismo de 2015, cuando la irrupción de Podemos permitió a ese bloque superar la cuarta parte de los votos, todo lo que ha venido después ha sido decadencia, fragmentación y pérdida de influencia. En 2019 aún quedaban restos suficientes para sostener una mayoría parlamentaria y participar del Gobierno. Se hizo, y no sólo por la participación en el Gobierno de las Flores y los errores cometidos por Noemí Santana, sino básicamente por la voladura de Podemos orquestada por el PSOE (con la colaboración entusiasta de Podemos), lo que quedó en 2023 fue dispersión, competencia interna y una irrelevancia difícil de disimular. La izquierda se ha empequeñecido mientras se multiplicaban las siglas, los proyectos personales y las desconfianzas cruzadas. Las escisiones internas, la aparición de siglas nuevas y la incapacidad para construir una oferta común han hecho el resto. El resultado es un espacio que hoy se define más como suma aritmética que como proyecto político reconocible. En medio de ese paisaje en retroceso, Nueva Canarias se presenta como ancla de estabilidad: cinco escaños, cierta implantación territorial y más presencia institucional que todos los demás juntos. Y, sobre todo, una notable capacidad para presentarse como lo que convenga en cada momento.
Nueva Canarias no es -no lo ha sido nunca- un partido de izquierdas en el sentido clásico del término. Tampoco puede situarse a la izquierda del PSOE. Es, más bien, un partido de poder territorial, con un instinto de supervivencia especialmente desarrollado y una flexibilidad ideológica que le ha permitido adaptarse a casi cualquier contexto sin grandes traumas. No hay nada particularmente reprochable en eso: la política, al fin y al cabo, también es adaptación. Lo discutible es pretender que esa capacidad de adaptación equivalga a una posición ideológica definida.
Basta con repasar su trayectoria para comprobarlo. Nueva Canarias ha compartido espacios electorales y acuerdos de gobierno con fuerzas de signo muy distinto, desde Coalición Canaria hasta el propio PSOE o Dimas Martin, pasando por alianzas locales difíciles de encajar en cualquier eje político mínimamente coherente. No se trata de reprochar pactos -todos los partidos pactan-, sino de recordar que la itinerancia compulsiva de esos pactos dibujan una cultura política. Y la de Nueva Canarias ha sido siempre más oportunista que ideológica.
Por eso resulta llamativo -o quizá no tanto- que ahora Nueva Canarias quiera presentarse como pieza central de un hipotético frente amplio de izquierdas en Canarias. La operación tiene lógica desde el punto de vista táctico: en un espacio debilitado y fragmentado, alguien tiene que intentar capitalizar lo que queda. Y Nueva Canarias, con su estructura territorial y su experiencia institucional, parte con ventaja frente a formaciones más pequeñas, más volátiles o directamente en crisis. Pero la lógica de esa operación no resuelve el problema de fondo: para que ese frente amplio funcione, el resto de fuerzas tendría que asumir un reparto de poder que permita a Nueva Canarias situarse en el centro de la escena: liderando, marcando el relato, y –por supuesto- ocupando los puestos de salida en las listas. Y eso, en política, no se concede: se disputa. Pretender que Nueva Canarias encabece ese proceso como referencia natural de la izquierda canaria exige un acto de fe que el resto no va a estar dispuesto a hacer.
Ese es el verdadero meollo de la cuestión. Lo que se va a ver no es solo una disputa de siglas o de puestos, sino de identidad. ¿Qué significa hoy ser “la izquierda” en Canarias? ¿Un programa económico? ¿Una agenda social? ¿Una posición frente al modelo territorial? ¿O simplemente una etiqueta útil para competir electoralmente por un espacio en declive? Si la respuesta es lo último, entonces todo encaja: Nueva Canarias puede presentarse como izquierda, igual que podría presentarse como otra cosa si las circunstancias lo exigieran. El resto de fuerzas pueden aceptar o rechazar ese liderazgo en función de su cálculo electoral, no de afinidad ideológica o sometimiento a liderazgos atávicos. Pero eso no sería un proyecto político compartido, sino otra operación de supervivencia de Román Rodríguez.
Los precedentes tampoco invitan al optimismo. La historia de ese espacio en Canarias está llena de intentos de confluencia que han acabado en desencuentros, escisiones o simples fracasos. Desde las apuestas por la unidad en los años ochenta y noventa hasta las más recientes, la constante ha sido el fracaso. Y eso, en un contexto de retroceso electoral, pesa lo suyo. Y el escenario no ayuda: el avance de las derechas, la recuperada centralidad de Coalición en como fuerza clave del sistema autonómico y la fortaleza territorial del PSOE, limitan el margen de maniobra de cualquier alternativa a su izquierda. En ese contexto, dividirse es tan suicida como unirse puede resultar simplemente inútil.