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El último recurso

Antonio Salazar

 

La reciente aprobación de la Ley Canaria de Cambio Climático coincidió con el anuncio de unos investigadores de sus avances con la fusión nuclear, proyecto en el que se ha trabajado durante décadas e invertido billones de dólares y que nos deberá proveer de energía abundante y barata en unas décadas, acabando con los problemas de las emisiones de CO2. Los medios canarios declararon con entusiasmo que asistíamos a un hecho histórico. Se referían a la norma aprobada en el parlamento. El mismo juicio que mereció la unanimidad con la que salió adelante otra ley sobre Renta y ciudadanía, demostración del abuso de los conceptos y la tendencia a exagerar el papel de nuestros políticos.

 

Lo verdaderamente histórico habría sido dejar en suspenso esa norma que tiene un potencial empobrecedor que debería ser tenido en cuenta, limitando nuestra libertad y ampliando el rango de decisión de una burocracia cada vez más entrometida. ¿Imposible? En 1898 se celebró en Nueva York un congreso sobre planificación urbana muy ambicioso, que buscaba acabar con un problema muy desagradable para los tres millones de neoyorkinos. Existía una población equina de 200.000 unidades, caballos que transitaban sus calles y que hacían cosas de caballos, lo que generaba un problema enorme de salubridad. De hecho, la particular arquitectura de las casas de la Gran Manzana es debida al intento de elevar las entradas mediante escaleras que evitaran que las deposiciones equinas llegaran literalmente a las viviendas. Aquel congreso se suspendió al tercer día de la semana que tenía previsto durar. En un ejercicio de honestidad y humildad, los asistentes consideraron que el problema carecía de solución y solo se plantearon asuntos paliativos. Introducir unas vías para el tranvía -que sería tirado por ¡¡¡caballos!!!- que ampliara la capacidad del transporte, limitando el número de aquellos animales por las calles, mejorar el alcantarillado o crear batallones de limpieza. Aquella gente sabia, e insistamos en su honestidad y humildad, ignoraba algo importante. Que al mismo tiempo unos inventores trabajaban en el motor de combustión -¡qué deliciosa paradoja! Entonces el hoy denostado automóvil fue una solución a problemas ambientales gravísimos- y un emprendedor como Henry Ford ideaba la forma de conseguir que aquellos primeros autos se convirtiesen en bienes al alcance de la mayoría.

 

La enseñanza no es que unos burócratas plenos de fatal arrogancia crean que saben cosas que desconocen -particularmente sus implicaciones- y las trasladan a normas potencialmente dañinas. Lo interesante es comprobar como un marco institucional adecuado consigue logros más eficaces y rápidos que cualquier otro sistema. Julian Simon nos enseñó que vivimos en un mundo de recursos limitados pero tendemos en los grandes debates a pasar por alto lo fundamental: el ingenio, la creatividad y el trabajo son el recurso supremo de cualquier tiempo. Ahora también.

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