El valor de una sonrisa
Andrés Martinón
El otro día me fui a caminar y como siempre me puse los auriculares y escuché durante la casi hora y cuarto de caminata una playlist que la tengo ya más que repasada. Y entre las canciones sonó una de Elvis Presley. Se llama C’mon Everybody, muy sesentera y que pertenece a Viva Las Vegas, una de las pocas buenas películas que El Rey protagonizó, junto a la bella Ann Margret. Y fue entonces cuando pensé que siempre me gustó Elvis Presley. Además, lo digo en el aspecto físico. Siempre he pensado que si me reencarnara en alguien, habría estado bien ser Elvis Presley.
Pero continué la marcha y sonaron otras canciones pero yo ya estaba divagando; estaba en otro planeta y también recordé que si me pudiera reencarnar en otro varón sería en Severiano Ballesteros: el cántabro tenía tanto carisma que no he visto a ninguno de los grandes deportistas españoles que tenemos llegarle ni a la cintura. Nadie ha celebrado con tanto ‘charm’, que dirían los ingleses, cuando embocó un putt larguísimo en el Open Británico, con su puño cerrado y diciendo para sí mismo: “La metí; la metí”.
Entonces, estimado lector, podrá deducir que tengo dos grandes mitos por admirar, pero voy más allá. ¿Cuál es el denominador común de ambos astros? Pues lo voy a decir. Su sonrisa. La de Elvis, más atráctiva, sobre todo para el que sería el público feménino de los 50 (como refleja en la película Elvis, de hace unos años, como las jóvenes casi alcanzaban el orgasmo con solo verlo moverse). Pero Seve tenía una sonrisa más pícara; más pilla. Además, con cara de español.
Y luego pensé que en la vida cotidiana hay gente que te cae bien solo por la forma de saludarte con una sonrisa en la cara. Pero claro está el lado oscuro o tenebroso, que es todos aquellos que sin ser maleducados, te saludan pero lo hacen con un rictus serio que te hace pensar: “Para eso no me saludes”.
Un divulgador o influencer o lo que sea, que se llama Víctor Küppers tiene una charla multivisitada en la que habla de la positividad que genera un saludo con sonrisa incluida y añadía, algo así, que si no te sale la sonrisa de forma natural, hay que entrenarla; hay que hacerla aunque no te salga. Y que a partir de ahí seguro que empieza un mejor día nada más salir a la calle.
Voy terminando. Tengo dos hijos y trato de educarlos de la mejor manera posible. Con todos mis errores. Pero les garantizo (ahora que nadie nos escucha) que mis hijos van a sonreír toda su vida cuando saluden y atiendan a alguien al que aprecian y respetan. Puede parecer poco. Pero si mis hijos llevan esta máxima toda su vida y, por supuesto, ejercen como buenas personas, habré sentido que cumplí con mis labores educativas como progenitor.