Enemigo a batir

Érica Cerdeña
Estábamos almorzando en Corralejo este verano con unos amigos cuando uno de ellos dijo que le parecía inteligente la capacidad de cambiar de opinión. De inmediato la mesa se dividió. Unos creían que cambiar de opinión significaba no tener las cosas claras. Otros defendimos que cambiar el punto de vista era de lo más natural y conveniente en la vida.
Entonces nos fijamos en lo que hacen nuestros políticos. Cambiar de opinión, rectificar, pedir perdón, e incluso asumir responsabilidades por una acción o una idea equivocada no entra en su diccionario. En eso estuvimos todos de acuerdo.
Está claro que en la política funcionan unos códigos distintos, a menudo alejados de lo saludable para el conjunto de la sociedad. Fíjate bien. Si un representante público dice “Creemos que se pudo hacer mejor” o “Nos equivocamos”, automáticamente está condenado al linchamiento por parte de sus adversarios.
De modo que nunca lo hacen. Retuercen el discurso, manipulan información, o buscan rápidamente cabezas de turco para salir del atolladero, y en muy rara ocasión alguien pronuncia la palabra mágica: “Dimito”. Es casi como ver un unicornio.
¡Qué pésimo ejemplo!
En la vida cotidiana he llegado a defender posiciones con vehemencia porque creía que yo tenía la razón, y con el paso del sabio tiempo y de la vida, he terminado por calzarme los zapatos de quien tenía enfrente para comprender que puede que las dos partes tuviéramos algo de razón y algo de error.
Por mi propio bienestar he perdonado sin escuchar un ‘perdón’. Y lo he hecho de corazón, porque por fin comprendía el sendero que recorrió alguien que una vez me pudo herir, y no sé qué habría hecho en su lugar. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que ha sido exactamente igual en sentido inverso.
Pero el punto más elevado ha llegado siempre cuando me siento a la mesa con esa otra parte, intercambiamos puntos de vista y … ¡Oh, sorpresa! De pronto algo se mueve para dejar paso a un cambio de visión. Hago autocrítica, me disculpo tras revisar mis acciones, y lo mismo hace quien se sienta conmigo a la mesa.
Ya no somos adversarias. No hay un enemigo a batir. Solo un cambio de perspectiva que a ambas nos lleva a la indefectible conclusión de que es sano cambiar de opinión.
Un cambio de parecer sensato y conveniente para una vida más tranquila y pacífica. Para las dos partes. Porque pudimos ver cosas que en un primer momento no habíamos calibrado. Porque la emoción deja paso al entendimiento. Ni siquiera se trata de algo razonable. Cambiar de opinión no es algo malo, pese a que el ejemplo de algunos te grite lo contrario.
Cambiar de opinión es tan natural como la vida, y puede que incluso un día, hacerlo te la salve.