Es la Vox

Francisco J. Chavanel
- Lancelot Digital
España está en trance. El PP, en pánico. La izquierda, histérica. La irrupción de Vox les incomoda y les angustia. Hay líderes conservadores, como Feijóo, que piden a sus compañeros distanciarse de Abascal y de sus mesnadas; otros, como el principal, Casado, tiempla gaitas, un día cerca de las tesis ultraderechistas, otro día volviendo a la casa de la derecha liberal. Confusión.
Vox ha utilizado la rampa de Andalucía para presentarse a nivel nacional y ganar posiciones en los comicios de mayo. Y lo están haciendo de forma muy inteligente. Con mensajes cortos, nítidos, rotundos, simples, que encantan a una juventud que los sigue en Instagram como el primer partido del momento.
Mensajes sencillos para problemas complejos, intrincados, algunos históricamente irresolubles. Vox tiene la solución para la inmigración -construir muros largos y altos-, para la violencia de género -otorgarle al asesino el estatus de víctima y el beneficio de la duda-, para una estructura política de 17 parlamentos regionales -los eliminarían de golpe-, para las corridas de toros -obligarlas por leya unque no las quieran-, incluso tienen solución para Cataluña y para todo “lo patriótico” -imponer una idea centralista del Estado-. Son la leche. Proyecto planteado desde lo vacuo, sin nada en lo profundo, que no sabe nada de nada, ni entiende nada de nada, y que si entiende y que si sabe lo disimula pues está convencido de que se dirige a gente que ni sabe ni entiende ni dispone de tiempo para saber ni entender.
En esta situación dominada por la ignorancia, por la incultura, por la ira, por la decepción, la duda, la corrupción, la sensación creciente de que la clase política vive acomodada, completamente al margen de los problemas reales de los ciudadanos, el populismo tiene tirón y tiene lo más importante: votos a mansalva. Lo de Podemos y Ciudadanos fue la primera oleada; esta es la definitiva.
Vox no va a resolver nada, eso lo intuyen sus votantes. Pero su principal cualidad estriba en la capacidad que posee para ser utilizado como instrumento atizador de una casta que no reacciona ante una crisis de valores que dura demasiado tiempo. Además de una crisis estructural que ha cambiado por completo la percepción de los españoles sobre el país en qué viven. Toda la tranquilidad y la paz que concedió la Transición se vino abajo el día en que Zapatero aprobó en el Congreso la ley de techo de gasto que le exigió Bruselas. Ahí se inició una transferencia de dinero desde las partes más débiles de la sociedad hacia las más pudientes. Hoy tenemos un nivel de gente excluida, de jóvenes que han tenido que “exiliarse” en el extranjero, de sueldos precarios y de existencias en precario, que es la ciénaga ideal donde suelen habitar oportunistas y “salvadores”.