Esas golondrinas, ya no volverán
Andrés Martinón
El otro día conducía por Arrecife y quería atravesar la calle Fajardo para llegar a Manolo Millares (Calle José Antonio, para los del pasado). Podía haber seguido por Calle Francos pero había un coche y decidí ir por la calle Figueroa. Esperaba que no hubiera tráfico, pero me tocó un coche que venía del supermercado y descargaba la compra.
Tuve tiempo de mirar las casas de esta típica vía del centro de Arrecife. Me fijé en cómo el cableado eléctrico serpentea por todas las cornisas ofreciendo un aspecto tercermundista. Me percaté también que es una calle difícil de ver; que los edificios no mantienen ninguna armonía de alturas o unidad estética. Es más, yo creo que esta calle es como un agujero negro: hagas lo que hagas no la vas a mejorar (a excepción de la Escuela de Toñín Corujo). Tiene un sistema inmune a la belleza. Su disparidad de estilos donde se combina una edificación moderna y con estilo con otras sin encalar y con bloque visto.
Sin embargo, es una calle a la que le tengo mucho cariño. Viví cerca de cuatro años en un piso que unos tíos míos me prestaron sin ningún tipo de contraprestación. Tenía 24 años cuando llegué. Empezaba a ejercer como periodista en un conocido periódico provincial y por tanto, ya tenía mi primer sueldo decente.
Lo mejor de todos es que quienes le tienen verdadero cariño a aquella casa son mis amigos de Las Palmas. Mi pandilla, la de toda la vida. Éstos venían religiosa y puntualmente cada verano. Me invadían literalmente el apartamento, que tenía cabida para bastantes de estos salvajes. No sé si nos llegamos a quedar ocho o diez (igual exagero algo).
Recuerdo entre otras cosas que en las Fiestas de San Ginés, el botellón se hacía en mi casa, por lo que la cifra se multiplicaba, pues ya no solo era la pandilla de Las Palmas sino primos y amigos de aquí los que acudían. Recuerdo que una de esas noches había la clásica ola de calor que hacía imposible estar en el interior de las casas y para bebernos las copas salíamos al balcón. Ojo a la expresión. No era una terraza. Era un balcón que mediría un metro por cuatro. Alguien se percató de que éramos como 20 en el balcón y que la estructura podría ceder. Ese día hice acelerar las copas, terminamos antes y nadie se cayó, ni el balcón se dañó.
El piso cuando era invadido parecía un campo de acogida sirio; la ropa y bolsos repartidos por todos lados; el único baño que había, obstruido, la cocina un desastre, etc. Pero, es curioso, que, a todos mis amigos, que ahora son empresarios, profesionales, trabajadores de todo tipo, que hoy en día programan sus vacaciones en hoteles y apartamentos de cuatro o cinco estrellas, casi que se les salta las lágrimas de recordar aquellas formas de vivir con cierta libertad. Sin mirar hacia el futuro. Sin responsabilidades familiares. Solo se pensaba en la siguiente salida y en pasarlo bien. Y probablemente fueron los últimos años de felicidad pura; compartida con amigos que eran igual de pobres que tú y que no había ningún interés más que el de disfrutar del día y, sobre todo, de la noche.
Termino diciendo que al final me puse a mirar a la Calle Figueroa y se me dibujó una sonrisa que viene a demostrar que todo depende del cristal con el que se miran las cosas y que es muy difícil competir con las golondrinas que ya nunca volverán.