Estaban avisados

Francisco Pomares
Uno no sabe si agradecer al Gobierno que haya desclasificado cuarenta documentos sobre la avalancha de Ceuta o felicitarlo por haber reunido, ordenado y publicado las pruebas de su propia incompetencia. La transparencia debe celebrarse, aunque sea una transparencia administrada: el Gobierno no ha entregado todo lo que sabe, sino aquello que ha decidido que debemos conocer. Lo sorprendente es que resulta más que suficiente para desmontar lo que Sánchez y sus ministros llevan semanas contándonos.
Sánchez aseguró en el Congreso que ningún servicio de inteligencia había anticipado el cruce masivo. Los documentos demuestran que el CNI advirtió el 29 de julio a la Delegación del Gobierno de Ceuta, a la Guardia Civil y a los servicios secretos marroquíes de que se preparaba un “asalto por valla y mar” para el día siguiente, a las ocho de la tarde. No era una conversación imprecisa sobre una advertencia clara de aumento genérico de la presión migratoria. Se señalaban el día, la hora, las vías de entrada y la circunstancia que pretendían aprovechar los convocantes: la Fiesta del Trono, que mantenía ocupadas a las fuerzas de seguridad marroquíes. También se explicaba que los llamamientos circulaban por dos grupos que sumaban hasta 180.000 seguidores. Eso no significa que el CNI pronosticara la entrada de 180.000 personas, ni siquiera de las más de 70.000 que finalmente cruzaron la frontera. Pero convertir ahora esa ausencia de una cifra exacta en prueba de que no hubo advertencia es una tomadura de pelo. Los servicios de inteligencia no son una agencia de viaje. Su obligación es detectar amenazas; la del Gobierno, valorar su gravedad y afrontarla.
La información no apareció de pronto. Desde el día 27 existían contactos entre el CNI y la Delegación del Gobierno. Había reuniones urgentes por las entradas a nado, un aumento significativo de la presión y convocatorias difundidas por las redes. El 29, la advertencia adquirió una precisión extraordinaria. El CNI trató además de comunicarla a la Guardia Civil, cuya respuesta resulta desoladora: el asunto había cogido a su responsable fuera y no le resultaba fácil “arreglarlo”.
Moncloa sostiene que eso no es una “alerta formal”, sino un guasap ambiguo enviado a un cargo menor. Es una defensa asombrosa. Si el aviso fue suficiente para que el CNI alertara también a la inteligencia marroquí, cuesta explicar que no fuera suficiente para que el Gobierno de España reaccionara. Y si una amenaza de asalto a la frontera, con fecha, hora y métodos de entrada, quedó atrapada entre teléfonos de subalternos, y nadie activó el conducto reglamentario, no estamos ante una disculpa: es la confesión de un Estado inútil.
Sólo quedan dos posibilidades para entender qué paso, y las dos son dramáticas. O bien la información llegó a los responsables y estos la despreciaron, o bien el sistema fue incapaz de trasladar hasta ellos una advertencia que conocían el CNI, la Delegación del Gobierno, la Guardia Civil y los servicios secretos de Marruecos. En el primer caso, el Gobierno nos mintió bellacamente. En el segundo, demostró una incompetencia criminal. Personalmente, yo intuyo que ocurrir ambas cosas: primero se despreció el peligro –había que irse de vacaciones- y después se construyó un relato para ocultarlo.
La desclasificación confirma también la pasividad marroquí, y con ello otra mentira más de Sánchez. Los informes hablan de falta de reacción proactiva, escasez de efectivos y una intervención tardía. Otros documentos policiales remitidos a la Audiencia Nacional van más lejos y describen permisividad y guiado de los migrantes. A pesar de eso, el presidente continúa protegiendo a Rabat incluso frente a las conclusiones de sus propios funcionarios.
El problema de la mentira en las sociedades abiertas es que la capacidad de engaño caduca rápidamente. Los mensajes, informes, llamadas, imágenes, testimonios y copias, dejan un rastro indeleble. Se puede retrasar la verdad, fragmentarla o sepultarla bajo comunicados, pero resulta cada vez más difícil destruirla. La Moncloa parece no haber comprendido el berenjenal en que se ha metido al mentir también en este asunto. Ceuta sufrió un colapso humano, institucional y territorial. Después de una visita fugaz, Sánchez se vino a tomar sol a La Mareta y el Gobierno entró en su letargo veraniego, mientras la ciudad trataba de contar a quienes habían entrado, atender a los menores y recuperar una normalidad imposible.
Cuarenta días después, los papeles prueban que todo estaba avisado, que el Gobierno sabía. También prueban que el Gobierno lleva cuarenta días fabricando y difundiendo do relatos falsos y denunciando falsas operaciones contra él por parte de la Audiencia, el CNI, la ciudad de Ceuta, los fachas y racistas ceutís y la internacional judeomasónica y comunista redescubierta por Sánchez. Todo eso mientras se aplaude la diligencia y caballerosidad alauita con España. Este Gobierno es una vergüenza.