Lunes, 24 Agosto 2026
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Francisco Pomares

 

La complicidad entre Torres y Sánchez viene de antiguo: En la clausura del congreso regional del PSOE de Canarias, Sánchez se declaró «admirador incondicional» de Ángel Víctor Torres, al que calificó de «político ejemplar», y como «uno de los mejores ministros que tengo en el Gobierno».

Sánchez ha encargado al ministro canario, Ángel Víctor Torres, la coordinación de los departamentos implicados en la crisis migratoria de Ceuta. Interior, Exteriores, Defensa, Inclusión y Migraciones y Juventud e Infancia deberán armonizar sus actuaciones bajo la batuta del ministro de Política Territorial. Moncloa justifica haberlo elegido “por la experiencia acumulada por Torres”, siendo presidente del Gobierno regional, durante la reactivación de la ruta atlántica en la pasada legislatura, y por haberse incorporó a la reforma del reparto de menores migrantes, planteada por el actual Gobierno de Canarias. La pregunta pertinente es qué es lo que entiende exactamente Sánchez al referirse a ‘la experiencia’ de Torres en gestión migratoria. Su gestión en las islas no se recuerda precisamente por haber hecho algo concluyente durante la crisis.

 

Torres presidía Canarias cuando las islas recibieron -en 2020- más de 23.000 migrantes, ocho veces lo que el año anterior, una verdadera catástrofe. También gobernaba cuando el muelle de Arguineguín se convirtió en símbolo europeo de la improvisación española: un recinto con capacidad  para unas 400 personas llegó a albergar a más de 2.600, algunas retenidas durante semanas, durmiendo en el suelo y en condiciones que llevaron al Defensor del Pueblo a reclamar su cierre inmediato por la posible vulneración de derechos fundamentales. La responsabilidad directa de aquel campamento correspondía al Estado, no al Gobierno regional. Pero Torres era el presidente del Gobierno de Canarias. Tardó meses desde el inicio de la crisis en reclamar el cierre de Arguinegín, y gobernó la emergencia migratoria con una cautela exquisita hacia Moncloa, mientras Canarias asumía en solitario la tutela de miles de menores y levantaba a toda prisa recursos de acogida que pronto quedaron desbordados.

 

Aquella legislatura no dejó como recuerdo una política de cooperación entre administraciones, sino una sucesión interminable de reuniones, promesas de solidaridad territorial y llamamientos a unas comunidades autónomas que se negaban a recibir menores. El Gobierno central aplazaba cualquier solución; el de Canarias protestaba un poco y siempre con la boca pequeña, y los menores permanecían amontonados en las islas. El reparto obligatorio no llegó mientras Torres presidía las islas. Hubo que esperar años y nuevas llegadas, a otro Gobierno canario y a una situación nuevamente insostenible para que el Estado aceptara por fin, después de mucha presión canaria, modificar la ley. Y esa es la experiencia que ahora se nos presenta como principal aval del ministro para ocuparse del drama de Ceuta.

 

Lo que de verdad maneja perfectamente Torres son los límites políticos que Sánchez no desea traspasar. Sobre todo, sabe que cualquier respuesta en Ceuta está condicionada por evitar molestar a Marruecos, cuya colaboración es la que hoy permite contener la frontera. Si Marruecos decidiera relajar los controles, España se encontraría ante otra emergencia en cuestión de horas.

 

Porque la avalancha de finales de julio no fue una catástrofe natural:  decenas de miles de personas no se reúnen espontáneamente junto a una frontera fuertemente vigilada, ni atraviesan en masa los controles sin que las autoridades marroquíes permitan que ocurra. Aún así, el Gobierno español ha evitado responsabilizar a Rabat y sigue refiriéndose a Marruecos como “un socio fiable”. La prioridad diplomática parece consistir en superar la crisis sin poner nombre a quien –al menos- facilitó que la crisis ocurriera y alcanzara las proporciones que alcanzó.

 

Por eso resulta razonable preguntarse si Sánchez ha elegido a Torres para resolver el problema de Ceuta o para administrarlo sin molestar a Marruecos. Moncloa no parece haber buscado un mando único, sino un cortafuegos: alguien que coordine ministerios, soporte el desgaste, mantenga la interlocución con el Gobierno ceutí y evite que la crisis desemboque en una exigencia pública de explicaciones a Rabat. No vaya a ser que las cosas se pongan más feas y acabe saltando la liebre Pegasus.

 

Torres reúne una cualidad que Sánchez valora por encima de todas: nunca puso por delante los intereses que administra a la necesidad de no incomodar a quien manda. En Canarias demostró cómo gestionar una crisis migratoria sin crear problemas a Moncloa. Ahora tendrá que hacer algo parecido en Ceuta, y preservar además una relación diplomática con nuestro vecino Marruecos, basada en no señalar lo obvio. Y eso seguro que lo hace muy bien.

 

En cuanto a sacar en un tiempo prudencial de Ceuta los diez mil inmigrantes irregulares que siguen allí… no creo que ni se lo haya siquiera planteado. El tiempo nos dirá.


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