Funciones hiperbólicas de Koldo

Francisco Pomares
El juicio al trío formado por Ábalos, Koldo y Aldama está ofreciendo, además de alguna modesta novedad sobre lo que ya era conocido por filtraciones y confesiones interesadas, una muy precisa radiografía de cómo funciona hoy el poder interno en el PSOE, cuando nadie parece dispuesto a discutirlo. Lo más llamativo de lo que llevamos de vista oral no es la sucesión abracadabrante de episodios ya conocidos -contratos, intermediaciones, favores, viajes, enchufes, regalos, sexo de alterne y silencios-, sino el clima de aceptación casi reverencial que rodeaba a las figuras clave del Ministerio de Transportes. Una atmósfera en la que las órdenes no se cuestionaban nunca, las instrucciones las transmitía con voz de Ministro un asesor plenipotenciario y las decisiones parecían circular por canales paralelos a cualquier lógica administrativa.
Ahí es donde emerge con toda su potencia la figura de Koldo, el “ejemplo para la militancia” elevado a la gloria en el ‘Manual de resistencia’ de Pedro Sánchez, esa suerte de libro blanco de la destrucción del PSOE o Corán sanchista. El portero de discoteca Koldo no actuaba como lo haría un simple asesor, ni siquiera como un intermediario eficaz, sino como una suerte de autoridad informal cuya influencia no se correspondía ni con su cargo ni con su preparación, pero nadie se atrevía a poner en duda. Koldo era indiscutible y estaba en todo: ordenaba, amedrentaba, susurraba, pagaba. Era el que daba las instrucciones, gestionaba los contactos, abría las puertas del poder real a empresarios, presidentes regionales y ministros. Y luego pasaba el platillo en forma de contrato de mascarillas. Era el hombre fuerte del Ministerio, y cuando hablaba, todos entendían que era Ávalos el que lo hacía. Aunque a veces, la mayoría, Koldo hablaba no por Ábalos, sino por y para Aldama.
Lo más sorprendente no es que Koldo tuviera tanto poder. En política siempre hay figuras que acumulan mando y capacidad de decidir y hacer medrar a otros más allá de su rango formal. Lo extraño es la naturalidad con la que ese poder suyo era aceptado por quienes sí tenían responsabilidades orgánicas, técnicas o administrativas, muy superiores a las que a él se le habían encomendado. Funcionarios, cargos intermedios, responsables públicos que aceptaban y asumían, como si fuera plenamente normal que alguien sin competencias definidas marcara el ritmo de decisiones importantes y sensibles.
Esa complacencia -por no hablar de complicidad- es uno de los elementos más reveladores de todo el entramado de corrupción que salpica al sanchismo. Porque no estamos ante una estructura clandestina ni ante un sistema especialmente sofisticado. Lo que aparece, más bien, es una cadena de obediencias tácitas, una disposición general a no preguntar nunca y, en última instancia, una cierta comodidad en dejarse llevar por quien alardeaba de tener línea directa con el poder político.
En ese contexto, resulta especialmente significativa la descripción que Carlos Moreno, mano derecha de la exministra María Jesús Montero en Hacienda, ha hecho en sede judicial de Koldo: “hiperbólico”, ha dicho. Koldo era una “hiperbólico”. Un término curioso, aparentemente técnico, que en su uso cotidiano señala a alguien exagerado, excesivo, desmesurado, dado a amplificar la realidad o inflar su propia importancia. Y quizá la expresión se queda corta. Porque si algo sugiere lo que estamos viendo es que la influencia de Koldo no era solo exagerada en lo retórico, sino expansiva en lo real. Crecía más allá de cualquier límite razonable, ocupaba espacios que no le correspondían y se proyectaba sobre estructuras que, en teoría, deberían haber funcionado con autonomía.
En matemáticas, la ‘función hiperbólica’ describe precisamente el comportamiento sobre el plano de curvas con crecimientos que no siguen una lógica lineal, que se disparan de forma acelerada y que, llegadas a cierto punto, tienden al infinito y más allá. Son curvas que se separan progresivamente, se alejan sin retorno y escapan a cualquier contención. Pero no es necesario entender en detalle la fórmula [y=sinh(x)], para captar lo que da de sí la metáfora. Basta con quedarse con la idea esencial: hay procesos –en matemáticas, pero también en política- que, una vez puestos en marcha, dejan de responder a las reglas habituales y empiezan a crecer por su cuenta, alimentados por una inercia difícil de frenar.
Algo de eso es lo parece haberle ocurrido al PSOE, empujado a la aceptación sin disimulo de un poder referencial autoadjudicado, al que nadie quiso o supo o pudo ponerle freno. Quizá porque todos andaban pendientes de su propio ombligo. Entre las funciones hiperbólicas que se atribuyó Koldo. y esa financiación casi esotérica que parece amenazar la integridad del PSOE, y también a quienes lo han ido agusanando, royendo con paciencia termitera sus valores y controles… uno se pregunta qué queda hoy de aquel gran partido socialdemócrata, que presumía de principios tan arcaicos como la decencia, la responsabilidad y la defensa del interés de las mayorías. Un PSOE liderado hoy por alguien capaz de convertir al corsario hiperbólico que es Koldo, en ejemplo a seguir por la militancia. Un PSOE que –además- hizo caso a su jefe, convirtiendo a Koldo en ejemplo.