Geometrías muy variables

Francisco Pomares
La última cortesía de Pedro Sánchez con el PNV ha sido aceptar que Euskadi pueda participar en la toma de decisiones y la gestión de sus aeropuertos. Canarias no podrá Hacerlo. Euskadi tendrá voz y voto. Canarias, voz y la posibilidad de dar las gracias.
No es una interpretación. Es un hecho obvio. Mientras el lehendakari Pradales sale de Moncloa con un órgano bilateral en el bolsillo que le permitirá influir en las inversiones, planificar ñas decisiones y decidir la estrategia aeroportuaria de su región, a Canarias se le ofrece una fórmula mucho más modesta, casi pedagógica: se podrá “colaborar” en cuestiones como la calidad del servicio o la conectividad. Pero decidir, lo que se dice decidir, seguirá siendo cosa de los otros. Es difícil no percibir la claridad del mensaje de Moncloa. Hay regiones, básicamente las que cuentan con peso político para sostener al Gobierno sanchista, a las que se les reconoce capacidad política para gestionar sus recursos e infraestructuras. Al resto, Canarias entre ellas, apenas se nos concede la posibilidad de opinar siempre que no molesten demasiado.
Conviene subrayar que no se trata –como se nos dice desde hace años- de una cuestión técnica, consecuencia de la dificultad de encontrar anclaje constitucional a la petición de controlar desde Canarias la gestión de nuestros propios aeropuertos. Sánchez acaba de demostrarnos que su modelo es flexible cuando hay voluntad política de que lo sea. Si Sánchez lo permite, Aena puede seguir siendo gestor único y, al mismo tiempo, compartir espacios reales de decisión con algunas comunidades privilegiadas. No era imposible, como llevan contándonos décadas. Era, simplemente, algo que Sánchez no quiere hacer en Canarias (ni probablemente en el País Vasco o Cataluña) aunque la diferencia es que allí tiene que hacerlo si quiere seguir instalado en Moncloa.
La cuestión es que desde las islas no se está pidiendo ningún privilegio extravagante. Lo que se reclama es participar en la gestión de la principal infraestructura económica del Archipiélago. En un territorio donde los aeropuertos no son una instalación más, sino el equivalente funcional a una red de autopistas, puertos y ferrocarriles juntos. Donde cada decisión sobre rutas, inversiones o capacidad tiene un impacto directo en el empleo, el turismo y la cohesión entre islas.
Pero ni siquiera eso parece suficiente para ablandar el corazón del poder central. No sólo nos irrita la negativa, también resulta insoportable la simultaneidad del gesto. El Gobierno niega a Canarias lo que concede a Euskadi… con apenas días de diferencia. Sin disimulo ni matices. Es la misma lógica que hace que el Gobierno de España anuncie que nos hará llegar la miseria de sesenta millones en ayudas contra las consecuencias de la guerra, después de haber olvidado de Canarias en un decreto que reparte 5.000 millones. ¿Alguien ha hecho la cuenta de que lo que nos tocan no son sesenta kilos sino doscientos? El Gobierno trata a Canarias con la misma diligencia con la que se repartían a las puertas de un hospicio las raciones de indigencia, después de haber invitado a comer una opípara pitanza a un grupo de comensales con privilegio…
¿Parece una falta de respeto para con Canarias? Probablemente lo es, pero lo más duro es comprobar que eso no tiene coste alguno para quien la práctica. Es un comportamiento inaceptable pero aceptado por todos, un formato que es parte de una tradición muy antigua. La de ese centralismo selectivo que España arrastra desde hace décadas en materia de infraestructuras. Ese mismo centralismo que en los años noventa convirtió a Aena en un gran operador único bajo control estatal, con el argumento de garantizar la cohesión y la eficiencia del sistema. Un modelo que, curiosamente, ahora resulta perfectamente moldeable… cuando hay interés político en hacerlo.
Para el discurso la cohesión, para Padrales la excepción. Y en medio, Canarias, que vuelve a comprobar que su condición ultraperiférica sirve para muchas cosas: para justificar ayudas, para invocar singularidades, pero rara vez para obtener poder real de decisión. Y este enésimo chasco no llega solo. Se suma al rechazo reciente a reforzar el control aéreo en varias islas, y al desprecio sistemático a las demandas de los cabildos en materia de gestión operativa.
Todo encaja, y apunta en la misma dirección: a Canarias le toca esperar lo que haga falta. Llegados a este punto, quizá lo más honesto sería abandonar los eufemismos, no hablar de colaboración cuando se asume la subordinación, no invocar la cohesión cuando nos endosan su geometría variable. Sobre todo, dejar de fingir que todos los territorios estamos en en el mismo plano. Porque no lo estamos. Mientras, el Gobierno insiste en su discurso sobre la igualdad de los territorios, la cohesión, el equilibrio entre comunidades. Un discurso impecable… siempre que uno no mire demasiado de cerca cómo se toman realmente las decisiones. Porque la realidad es bastante menos elegante. Hay territorios que negocian todos los días y no se comen una rosca. Hay regiones que participan, y otras que ni siquiera son invitadas a escuchar.
Y luego estamos nosotros: una Canarias que empieza a preguntarse si formamos parte del sistema… o simplemente lo sostenemos.