Hantavirus

Francisco Pomares
Un crucero con varios casos sospechosos de hantavirus navegando en el Atlántico con destino a Canarias parece estar a punto de activar todos los reflejos aprendidos desde la pandemia de covid. La palabra “virus”, asociada a un espacio cerrado como un barco, remite de forma casi inevitable a aquel escenario aún reciente en la memoria de contagios en cadena, cuarentenas masivas y expansión global. La inquietud es razonable: hay tres fallecidos, varios afectados, un caso confirmado por la OMS, pasajeros retenidos a bordo y un enfermo grave hospitalizado en Sudáfrica. Son elementos más que suficientes para que salte la alarma.
Pero conviene no exagerar: ni todos los virus se comportan igual, ni todos los brotes implican riesgo de pandemia. Y aquí es donde la comparación con el covid resulta no solo exagerada, sino directamente equivocada. El coronavirus responsable de la pandemia de 2020, tenía -y tiene- una capacidad de transmisión entre humanos extraordinariamente alta. Basta la proximidad, el aire compartido, incluso la presencia en espacios cerrados durante un tiempo prolongado. Esa facilidad de contagio fue la clave de su expansión global. El hantavirus, en cambio, juega en otra liga completamente distinta.
Su mecanismo de transmisión es mucho más limitado y, sobre todo, mucho menos eficiente. El contagio habitual no se produce entre personas, sino a través del contacto con secreciones de roedores infectados: saliva, orina o heces que, al secarse, pueden convertirse en partículas que se inhalan accidentalmente. Es decir, no estamos ante un virus que circule libremente de humano a humano en condiciones normales de convivencia social. Incluso en los casos excepcionales y muy escasos en los que se ha documentado transmisión entre personas –ha ocurrido con el llamado virus de los Andes en algunas zonas de Argentina y Chile-, el contagio requiere de un contacto estrecho, intenso y prolongado. Nada que ver con compartir un ascensor, sentarse en un avión o coincidir en un supermercado. Hablamos de situaciones muy concretas, como relaciones íntimas o intervenciones hospitalarias sin protección adecuada.
Por eso el acercamiento de un barco con casos de hantavirus a Canarias, una región con un sistema sanitario moderno y con capacidad de respuesta, no supone –al menos en principio- riesgo alguno para la población local. No existe ese mecanismo de difusión entre personas que sí caracterizó al covid. No hay ninguna evidencia científica de que los hantavirus puedan expandirse de forma rápida en una sociedad abierta, sin que se produzcan contactos específicos como los descritos. Eso no significa que el hantavirus sea inofensivo. No lo es. Puede provocar cuadros graves, con tasas de mortalidad elevadas en los casos más complicados. Pero su peligrosidad clínica no debe confundirse con su capacidad de propagación. Son dos variables distintas. El covid fue catastrófico porque combinaba sui gravedad con una facilidad extrema para contagiarse. El hantavirus, en cambio, es un virus peligroso, pero epidemiológicamente contenido.
Además, no estamos –como ocurría con el covid- ante un agente desconocido. Médicos y científicos llevan décadas estudiándolo. Se conocen sus reservorios, sus formas de transmisión, sus síntomas y las medidas de prevención. No existe aún un tratamiento específico completamente eficaz, más allá del manejo clínico de los síntomas y el soporte médico, pero sí hay protocolos muy claros de cómo actuar ante él y hacerle frente. Y eso marca una diferencia fundamental respecto a los primeros momentos de la pandemia del 2020, cuando el mundo se enfrentaba a un virus nuevo, muy dañino, y sabiendo muy poco de él.
La experiencia del COVID ha dejado una huella profunda, quizá demasiado. Hemos aprendido a reaccionar rápido, pero también corremos el riesgo de reaccionar de forma desmedida ante cualquier alerta sanitaria. Y no todas lo merecen en la misma medida.
En este contexto, el mensaje más razonable es uno que ya debería resultarnos familiar: información y calma. Informarse bien, a través de fuentes fiables, evitando el sensacionalismo y las extrapolaciones automáticas. Y mantener la calma, entendiendo que no todo brote infeccioso es el preludio de una crisis global.
El barco probablemente infectado que quizá recale en Canarias en pocos días exige vigilancia, seguimiento médico y transparencia informativa. Pero no deberíamos permitir -mucho menos fomentar- que cunda la histeria o el pánico. Las truculencias que ya han empezado a circular por las redes contando tonterías sobre los hantavirus son completamente falsas y además absurdas. Sólo demuestran ignorancia, falta de humanidad y voluntad de meterle miedo en el cuerpo a la gente. Porque, a diferencia de lo que ocurrió hace apenas unos años, esta vez sabemos bastante bien a qué nos enfrentamos. Y, sobre todo, sabemos que no estamos ni por asomo ante lo mismo que entonces.
Contra el miedo y la histeria, la mejor receta es siempre una información veraz.