Sábado, 21 Marzo 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

En junio del año pasado, Felipe González declaró que no votaría al PSOE. Añadió, por si alguien quería completar la quiniela, que tampoco al PP. No veía en él un proyecto de país. La frase cayó con levedad: ruido de fondo, tertulia de sobremesa, algún artículo editorial interesado en fijar algo o lo contrario. González la habría calificado como una opinión que estorba en el debate público, como un jarrón chino estorba en el salón.

 

Hace pocos días, medio año después de su primer alegato. Felipe repitió la misma frase. Ni una coma de más, ni de menos, pero se armó el escándalo. Tres miembros del Gobierno salieron al quite. Entre ellos, el ministro para todo del sanchismo, Ángel Víctor Torres, con una respuesta de esas que parecen casuales, pero no lo son en absoluto: vino a decir que quien no esté de acuerdo con su partido, haría bien en dejarlo. No hacía falta un doctorado en hermenéutica para entender a quién se refería: la invitación a coger puerta, lanzada contra el fundador de aquel PSOE postSurennes que vino a hacer que España funcionara, y se quedó durante 14 años, era tan evidente que el propio Torres tuvo que recurrir al “donde dije digo, digo Diego”: “Yo no he dicho nunca que el compañero Felipe deba dejar el partido”, vino a negar arteramente. “Estoy seguro de que él no quiere que perdamos las elecciones”. Y otras lindezas destinadas a recomponer lo ya dicho.

 

Desde entonces, Torres ha seguido hablando del asunto como si las opiniones de González, o las suyas propias, fueran decisivas para el destino de la nación. La política que hoy hacemos se ha convertido en un intercambio permanente de opiniones que apenas interesan a nadie más allá del pequeño ecosistema partidario. ¿A quién le importa lo que opine González sobre Sánchez? ¿O lo que Sánchez piense de González? Más allá del cotilleo político, el ciudadano medio bastante tiene con pagar la hipoteca. Pero el episodio ilustra dos formas distintas de ejercer liderazgo.

 

González fue sin duda un dirigente con pulsión cesarista. Concentró poder, moldeó el partido a su imagen y gobernó con mano firme. Pero lo hizo desde una autoridad política indiscutida. Tenía detrás mayorías abrumadoras, congresos ganados sin trampas, un proyecto reconocible y una militancia que lo respaldaba casi siempre con entusiasmo. Su liderazgo nacía de un exceso de poder político. De poder real.

 

El liderazgo de Sánchez es de naturaleza distinta. Prometió devolver el partido a las bases y terminó secuestrándolo. Vació de contenido los órganos de deliberación colectiva, redujo los congresos a ceremonias plebiscitarias, castigó con una severidad casi ejemplarizante cualquier atisbo de disidencia y estableció un sistema de premios para los fieles -sean o no especialmente brillantes- y de castigo a quien ose levantar la voz. Sánchez sostiene su poder en una mayoría construida a golpe de aparato y cesiones vergonzantes. Su mando no descansa en una visión compartida, sino en un argumentario corregido y adaptado en neolengua orwelliana hasta el cansancio. No se alimenta del debate, sino del miedo.

 

Por eso resulta tan reveladora la reacción airada ante las palabras de González: no se trataba de cuestionarlas, (ya lo había dicho lo mismo antes y sin consecuencia), sino de demostrar que cualquier cuestionamiento, venga de donde venga, debe ser inmediatamente repelido. Hinchar el pato, agrandar el incidente, convertir una discrepancia en una afrenta, inflar el conflicto hasta que parezca trascendental. La paradoja es que cuanto más se exagera el problema, más evidente se hace su inanidad. Si el partido estuviera cómodo con su rumbo actual, si existiera un debate interno real, si la discrepancia formara parte del sistema natural de una organización política madura, las opiniones de un expresidente serían eso: palabras. Palabras respetables o discutibles, pero no un desafío existencial. El problema no es lo que se diga de Sánchez, sino la incapacidad del líder actual para convivir con la discrepancia. Un partido que presume de plural y progresista no puede funcionar como una empresa donde el accionista mayoritario decide quién entra y quién sale. La política no es obediencia ciega; es deliberación, contraste y matiz.

 

Sánchez no ha destruido el país -el Estado tiene mecanismos de autodefensa que van más allá de los abusos del gobierno de turno-, pero sí ha transformado al PSOE en algo muy distinto de lo que fue durante el felipismo. Hoy es un partido sin discurso, instalado en las consignas; con menos debate y más fidelidad personal; con más portavoces oficiosos y menos voces libres. En ese contexto, la figura de Torres adquiere un simbolismo particular. Y no por su peso específico en el socialismo de hoy, sino por su función como altavoz disciplinado. Su intervención en este episodio es la expresión casi perfecta del clima interno: la discrepancia molesta, la crítica se penaliza, la lealtad se premia.

 

La inflación retórica hincha el pato, desvía la atención, cohesiona a los fieles, convierte la crítica en amenaza. Pero también reduce la política a teatro, hace el disenso traición. y termina por vaciar de talento a las organizaciones. Cuando reprimes la opinión discrepante de uno de los tuyos, el problema no es del que habla, sino del que no soporta escuchar.


PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
×