Lunes, 06 Abril 2026
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Estoy convencido de que no habría un “problema catalán” sin “un problema español”. Eso, al menos, se desprende de la lectura de varios textos sobre España que tengo sobre la mesa: “Escucha, Cataluña. Escucha, España” (varios autores, entre los que se encuentran Josep Borell y Josep Piqué), Historia Absurda de España (varios autores bajo el nombre de Ab Absurdum) y Aventuras Ibéricas, Recorridos, reflexiones e irreverencias, del hispanista irlandés Ian Gibson.


Juan José López Burniol, uno de entre los firmantes del primero de esos libros, es un destacado jurista catalán y titula su aportación al texto colectivo como El problema español. A mi modo de ver , hace el análisis más certero de la situación producida en Cataluña tras los intentos secesionistas. Nos dice que el problema catalán no es nuevo, algo que ya sabíamos, pero advierte que las nuevas alianzas de los independentistas con el populismo es la única novedad en un conflicto que, como poco, tiene más de un siglo de vigencia. El “problema español” que subyace tras éste, no es otro que el eterno de España: la distribución o reparto del poder. Un poder que se concentra en la capital del Estado en manos de un núcleo de poder político-financiero-funcionarial-mediático consolidado y renovado a través de los siglos. Y apunta que cada vez que España recupera su libertad, reaparece, así fue en la Segunda República y cuando se inició la Transición. Citando al historiador Santos Juliá, argumenta que el problema de la unidad de España se hace irresoluble tras la Restauración, que acabó con toda posibilidad de reforma de las viejas estructuras caiciquiles amparadas en la monarquía y un régimen oligárquico de ideología católica. “España no llega a ser una nación porque no hay un pueblo, y ni nación ni pueblo existen porque no hay Estado”, dice Juliá en Historia de las dos Españas (2004). Un Estado que no sea “el de las familias acampadas sobre el país, como lo definía Azaña, el gerente de una sociedad de socorros mutuos que decía Ortega , o la finca privada que veía Araquistain”. Un Estado que no sea oligárquico sino nacional y que no podrá ser ya monárquico sino republicano” .


Diferente visión, desde otros ángulos y perspectivas, en este caso arqueológicas y personales, basadas en su larga experiencia vital en España , es la que muestra Ian Gibson, que se autodefine como “curioso impertinente”, como eran los viajeros europeos del pasado, que a partir del S.XVIII venían a España a visitar viejos monumentos, en especial La Alhambra, que conformaban su visión de un país atrasado, bárbaro, pero dotado de una fascinación romántica, cuyo nombre evocaba “los tristes restos de una riqueza anterior”, escribía Alexander Jardine, en 1788, que encontró “pobres aldeas en las montañas asturianas desperdigadas en un marco romántico”. En la misma línea dejaron su testimonio Chteaubriand y hasta Victor Hugo, que nunca vino a España pero le dedicó poemas a Granada.


De estos curiosos impertinentes, que hablaban de los caminos españoles, sus ventas, sus bandoleros, sus moros y de la indolencia de sus gentes, destaca Richard Ford, autor de una guía para viajeros, la primera sobre el país, publicada en 1845. No se limita a describir los paisajes, sino que también hace un retrato duro y sombrío de la decadencia hispánica, con sus aristócratas degenerados, sus desastrosos políticos, reyes y líderes. España, afirma es un país inherentemente “unamalgamating”, es decir que es incapaz de “amalgamarse”, unirse frente a los retos del presente y del futuro. La única argamasa que ve es la religión católica. “España es hoy, como siempre ha sido, un manojo de pequeñas entidades atadas con una soga de arena y, al faltarle unidad, también le falta fuerza, con lo cual ha perdido todas las batallas”.


Desde la perspectiva del humor, Ab Absurdum cuenta la Historia patria en clave satírica. En este país de escombros feudales y catedrales en ruinas, solo renunciando a los “mitos, tópicos, complejos, distorsiones románticas, prejuicios, pasiones, etc., seremos capaces de comprender el pasado para visualizar un futuro mejor”, concluyen: “Y si no lo hacemos ¿para qué hacemos historia?”.


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