Iguales en derechos y en capacidades
Gloria Artiles
Enfocar el fenómeno de la inmigración exclusivamente en cómo afrontar la avalancha de pateras, por muy perentorio y urgente que sea en estos momentos, sigue siendo una mirada sesgada que únicamente aborda una parte del problema y sigue resultando insuficiente. Un asunto sin resolver, con muchas raíces de fondo que deberían ser también contempladas por una Europa que se entretiene más en disculparse por los horrores cometidos y en expiar sus sentimientos de culpa hacia África, que en ejecutar soluciones reales que ayuden de verdad a tantos millones de personas que siguen sufriendo.
Ya lo dijo hace un par de años el Dalai Lama, poco sospechoso de estar detrás de los intereses expoliadores del capitalismo salvaje: “Los refugiados en Europa deberían volver a sus países de origen para reconstruirlos. Recíbelos, ayúdalos, edúcalos… pero al final deberían desarrollar su propio país”. Es curioso, nos encantan las sentencias de líderes con autoridad moral, pero para subirlas a nuestro muro de Facebook, no para aplicárnoslas, ni aplicarlas.
Fue el salto de la Edad Media a la Ilustración, de una mentalidad precientifica a una mentalidad racional más avanzada, lo que llevó a Europa al progreso económico, científico y social, que a su vez nos condujo al desarrollo material y a la sociedad del bienestar. Una sociedad del bienestar que, si bien es cierto que, con la pandemia, a los occidentales nos ha estallado en las narices revelando sus propias inconsistencias y patologías, es justamente la que anhelan los migrantes que se aventuran a perder la vida por conseguirla. Nuestros vecinos siguen sin acceder en su propia tierra a nuestro grado de progreso y desean tenerlo.
A nivel político, una gran parte continúa bajo gobiernos teocráticos o pseudodictaduras enmascaradas en aparentes democracias; en el terreno económico, mantienen en general un sistema tecnoproductivo casi exclusivamente agrario, lejos aún de la industrialización y de instaurar la eficiencia en las labores productivas; y en el nivel de mentalidad colectiva, muchos países deben aún superar estructuras culturales preracionales basadas en los dogmatismos religiosos, para dar paso a los valores universales y a la aceptación incondicional de los derechos humanos, entre ellos la igualdad entre hombres y mujeres.
En la consecución de esos avances, creo que los europeos tenemos la responsabilidad ineludible de ayudarles, pero son ellos mismos los que deben llevarlos a cabo. Coincido con el Dalai Lama. Me pregunto si, quizá, nos estemos relacionando con nuestros vecinos africanos, no como adultos soberanos, sino como una especie de vecinos `menores de edad´, limitándonos a acogerlos entre nosotros e integrarlos de forma digna. Quizá, y solo quizá, detrás de ese paternalismo políticamente correcto se esconda una forma más sofisticada de superioridad moral, la que nos hace considerarlos iguales en derechos, pero no en capacidades. Quizá, y solo quizá, deberíamos relacionarlos desde el respeto profundo que nos debemos entre iguales, alentarlos en esa evolución y cooperar codo con codo para que puedan hacer progresar a sus propios países y puedan desarrollar sus vidas con dignidad sin tener que abandonar su tierra.