Lunes, 20 Abril 2026
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Mar Arias Couce

 

A todo se acostumbra uno. Es cierto, pero no deberíamos. Justo por eso me parece estupendo que el Ayuntamiento de Arrecife se haya puesto serio a la hora de endurecer sanciones a quienes son manifiestamente incívicos. Y no son ni uno, ni dos. Son muchos.

No es normal que ya no nos parezca extraño caminar por una calle plagada de excrementos de perro, cuyos dueños deben creer que el asunto no va con ellos. Tampoco lo es tener que sortear la carrera de obstáculos que habitualmente aparece junto a muchos contenedores de basura de la ciudad: colchones, aparadores, lavabos, espejos y hasta lavadoras. Surgen como monumentos callejeros a la cotidianeidad, supongo que eso es lo que piensan los que los depositan allí, en lugar de llamar al teléfono gratuito de recogida de enseres o acercarse con el coche al punto limpio más cercano.

Luego están los que, por algún extraño motivo que no acierto a comprender, salen de su casa cargados con la bolsa de la basura, bajan las escaleras, recorren el tramo que existe entre su portal y los contenedores, pero al llegar ahí, les da un cansancio repentino, un agotamiento pertinaz, y no son capaces de abrir el contenedor y poner la bolsa dentro. La dejan al ladito, junto al contenedor, pero fuera, para que sus restos los puedan disfrutar las cucas y las ratas. Todo un detalle.

También están los que hacen eso mismo, pero dejan la bolsa abierta y un poco desparramada, para generar aromas urbanos, no vaya a ser que huela a flores la capital.

A esa lista habría que sumar otros pequeños gestos que, sumados, terminan construyendo una ciudad menos habitable. Papeles que vuelan por las aceras, latas abandonadas en los bancos de las plazas o colillas que parecen sembradas con paciencia en cada esquina.

Por todo eso, y otras muchas cosas, me parece estupendo que el Consistorio tome medidas serias y comience a “inculcar” civismo entre la población, y que lo haga de la única manera que en este país parece que nos llegan las cosas al cerebro, multando. Tal vez de esta manera, en un futuro no muy lejano podamos pasear por unas calles impolutas sin riesgo de pillarnos una gangrena al cortarnos con el lavaplatos que algún vecino decidió dejar en medio de la calle. Porque una cosa es que la ciudad tenga su personalidad y otra muy distinta convertir cada esquina en un improvisado museo del abandono doméstico. Uno nunca sabe qué sorpresa le espera al doblar la esquina: hoy un somier, mañana una puerta sin casa o pasado mañana un microondas jubilado contemplando el tráfico.

“No es normal que ya no nos parezca extraño caminar por una calle plagada de excrementos de perro, cuyos dueños deben creer que el asunto no va con ellos”


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