Infectados

Francisco Pomares
El hantavirus ha irrumpido en la actualidad con la puntual eficacia de cualquier amenaza sanitaria, y la inevitable activación del reflejo colectivo del miedo. La pérdida en la campana de aislamiento del avión que trasportaba a Europa continental a alguno de los infectados y su apresurado aterrizaje en Gran Canaria se ha sumado a la memoria reciente para hacer el resto. No hace tanto que vivimos confinados, contando contagios como si fueran asientos de una quiniela. Es lógico que crezca la desconfianza y se dispare la alarma. Una alarma alimentada irresponsablemente por las redes, algunos medios y la política.
Convendría distinguir entre lo que es una crisis sanitaria y lo que empieza a parecer otra cosa muy distinta. Porque mientras los médicos se ocupan del virus -con los protocolos conocidos, la prudencia necesaria y los recursos disponibles-, el sistema político y la polarización mediática vuelve a demostrar su extraordinaria capacidad para contaminar cualquier situación. Y aquí no hablamos de un contagio accidental, lo que estamos viendo estos días es una infección oportunista, perfectamente evitable, pero que se propaga con una rapidez pasmosa.
Confirmado plenamente que estamos ante la única cepa de hantavirus que puede transmitirse entre humanos, la situación actual implica un riesgo real y serio. El virus de los Andes tiene una tasa de mortalidad elevada en los casos más graves y carece de un tratamiento específico plenamente eficaz. Pero también es un virus conocido, con formas de transmisión limitadas y mecanismos de control establecidos por la experiencia de algunas décadas de hacerle frente. No estamos en absoluto ante un escenario de contagio masivo, ni tampoco ante una amenaza de pandemia. Estamos ante un brote concreto, localizado, que exige gestión sanitaria, coordinación internacional y un mínimo de respeto y buena educación entre administraciones para que las cosas se hagan bien. La forma en que la administración central ha gestionado la colaboración de Canarias –al menos hasta el encuentro de Clavijo con Torres y la ministra de Sanidad- ha sido prepotente y poco transparente. Justo eso. Quizá sea una cuestión de costumbre.
Lo otro -el ruido, la sobreactuación, el posicionamiento preventivo, el “porque lo digo yo”- pertenece a otra categoría de infección, que es la política, entendida como descalificación del adversario. No se trata de una chanza exagerada: bastaron unas horas desde que se conoció la noticia para que comenzara el habitual intercambio: cálculo interesado de las consecuencias de la crisis, eludir cualquier atisbo de responsabilidad propia, palabrería desinformante, ocultamiento de decisiones, bronca y contradicciones. Y todo el ruido del mundo, siguiendo el patrón sectario y agresivo que a punto estuvo de romper nuestra convivencia durante la pandemia del Covid. Un trasfondo que ya conocemos demasiado bien: el de entender la prevención como escudo político, y no como criterio sanitario.
Porque aquí nadie quiere asumir riesgos. Pero tampoco nadie quiere asumir la responsabilidad de no asumirlos. El resultado es una suerte de teatro preventivo, donde cada cual interpreta su papel con la mirada puesta más en la opinión pública que en la solución de esta crisis. Se habla de garantías, de coordinación, de protocolos… pero en el fondo lo que se está transmitiendo es la existencia de ese conflicto permanente que se produce cada vez que la política interviene. En ese espacio intermedio florece una forma de comportamiento que se ha vuelto casi estructural: la política como gestión del titular antes que del problema. No se trata de resolver la crisis, sino de colocarse correctamente frente a ella.
Pero el miedo, a diferencia del hantavirus, no necesita contacto estrecho ni condiciones específicas. Se propaga con una facilidad asombrosa en cuanto encuentra el ambiente adecuado: incertidumbre, periodismo irresponsable, titulares alarmistas, deslealtad institucional, acusaciones cruzadas, y dirigentes absolutamente incapaces de hablar con una voz única. Que se produzca un brote infeccioso forma parte de lo esperable en un mundo cada vez más poblado, globalizado y en movimiento constante, donde los virus se mueven con la misma velocidad que los viajeros, sean turistas o no. Lo dramático es comprobar, de nuevo, la extraordinaria incapacidad de la política para comportarse como un sistema inmunológico eficaz. Para actuar con serenidad, en defensa del interés público y con un mínimo sentido de responsabilidad compartida.
Porque de eso se trata, al final. No de negar el problema sanitario, sino evitar que se convierta en otro campo de batalla más. En otro motivo de confrontación innecesaria. En otra nueva excusa para la discordia.
La sanidad tiene sus protocolos, la ciencia sus tiempos y la gestión de lo público debería tener sus mecanismos. Pero la política parece haber perdido la capacidad de generar anticuerpos: mientras los expertos se ocupan de un virus que sabemos cómo afrontar, seguimos expuestos a otros mucho más persistentes: los de la desconfianza, la sobreactuación y el oportunismo. Esos no se resuelven con ningún tipo de cuarentena.