Jueves, 29 Enero 2026
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Francisco Pomares

 

Lo normal no es que los partidos se hundan en medio de una gran catástrofe. En España hemos visto ocurrirle eso a UCD, a Ciudadanos, a Podemos…  pero lo más frecuente es ver cómo se hunden lenta, parsimoniosamente. Como un gran paquebote, mientras la tripulación y el capitán insisten en asegurar que el barco está a flote y el CIS hace como la orquesta del Titanic: tocar para que la gente este tranquila, mientras la tripulación se descuelga por la banda de babor con disimulo. ¿Es una versión distinta de la que usted conocía del hundimiento del Titanic? Pues sí. Pero es que ni Pedro es Leonardo, ni la actriz que interpretó a Rose DeWitt, una espléndida Kate Winslet, se asemeja ni de lejos a Leire Díez.

 

En esta versión del hundimiento del PSOE, sepultado bajo el peso de sus propias explicaciones, no es un solo iceberg el responsable de la catástrofe, sino una acumulación tan densa de hielos polares que ya no admite ni disculpas ni coartadas.

 

El núcleo central de lo que está ocurriendo es sin duda el ‘caso Koldo’, ese titán ejemplo para la militancia, que ya dejó de ser un dealer de mascarillas a bajo precio, vendidas a lo que se pudiera para enriquecer a socios y colegas, y se ha convertido en radiografía del sanchismo: Alguien que no es nadie pero está en todos lados, en Marruecos en las reuniones preparatorias de los viajes de Sánchez, en Barajas entretenido con las maletas de Delcy, buscando chalés y putas a Abalos y mordidas y contratos amañados para todos: para Ábalos, Cerdán y Aldama. Y de conversa con Torres en La Palma, de visita cada vez que hay algo raro en el ambiente, y cuando vienen operadores al trajín. Koldo sólo es una parte de la trama: dos exsecretarios de Organización del PSOE –uno de ellos ex ministro- han pasado por la trena. La pregunta ya no es quién robó, sino cuántos sabían que se robaba a manos llenas. Esa pregunta escala inexorable sin respuesta por la cadena de mando. A partir de ahí, el paisaje se oscurece. Aparece la fontanera Leire, metáfora perfecta de un poder que ya no gobierna: difama a quienes lo investigan. Audios, reuniones, presiones, maniobras para desacreditar a la UCO y la Fiscalía. Cloacas en versión progre, con el añadido de que el partido finge sorpresa cuando se atascan y la basura salen a la superficie. La derivada de Leire en la SEPI agrava el cuadro. Ya no hablamos de maniobras informales, sino de empresas públicas, contratos y rescates. El Estado convertido en una maquinaria de expender botines suculentos, administrado desde redes de confianza. Y es entonces donde entran dos claves: Air Europa y Plus Ultra.

 

El rescate de Air Europa no es solo una decisión económica discutible. Es un símbolo: un rescate rápido, cuantioso y protegido, rodeado de contactos y gestiones que apestan a tráfico de influencias. Cuando aparece la mujer del presidente, el problema deja de ser técnico para ser ético. La pregunta es inevitable: ¿se tomó la decisión por interés general o pensando en las amistades peligrosas de Begoña Gómez?  Las mismas que ahora rompen la baraja a cambio de ver reducida su condena.

 

En cuanto al caso Plus Ultra es aún más revelador. Una aerolínea marginal, sin peso estratégico, rescatada con dinero público desde la SEPI pese a las dudas sobre su viabilidad y sobre sus conexiones bolivarianas. ¿El Gobierno uso a la compañía, o fue la compañía la que uso al Gobierno? Zapatero defendió la operación como si le fuera la vida en ello. Hoy, con las investigaciones judiciales en marcha, aquel rescate ya no parece una apuesta arriesgada, sino un error político de manual. Otro. Y nadie explica porque Canarias le encargó traer mascarillas desde China, ni porqué Torres hablaba de Plus Ultra como si fuera suya y de Antonio Olivera.

 

A este inacabable bloque de escándalos y sospechas, se suman los casos de personas próximas al presidente. El de Begoña Gómez, bajo investigación judicial por tráfico de influencias en su cátedra, o el de David Sánchez, el “hermanísimo”, con un puesto público creado a medida según un auto judicial demoledor. Ninguno de ambos –la mujer y el hermano- sería soportable para un gobierno ejemplar. Juntos, resultan devastadores. Y como telón, el Fiscal General, condenado por revelar secretos para perjudicar a la oposición de su señorito. –“¿De quién es el Fiscal? Pues eso”-.  Un asunto sin precedentes que erosiona la separación de poderes y confirma la sensación de que las instituciones se usan como prolongación del Ejecutivo. El problema ya no es jurídico: es democrático.

 

Por si faltaba algo, el caso Salazar introduce una grieta moral difícil de cerrar: denuncias de acoso sexual contra un asesor clave de Sánchez, gestionadas con lentitud y opacidad por un partido que ha hecho del feminismo su bandera. La incoherencia, cuando se repite, deja de ser contradicción y se convierte en cinismo. Todo esto explica la estrategia actual del PSOE: resistir, desacreditar, culpar a los jueces y los medios de conspiraciones imaginarias.

 

Pero gobernar no es lo mismo que resistir, gobernar es asumir responsabilidades. Cando una administración dedica más tiempo a explicar sus escándalos que a defender sus políticas, el problema ya no es ni la oposición, ni las conspiraciones. El problema es un poder que se deslegitima.


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