La anomalía

Francisco Pomares
Quizá sea Canarias la única región española donde el nacionalismo gobernante no necesita elegir entre ser nacionalista y ser español. En Cataluña y el País Vasco eso resulta imposible. En Galicia, el nacionalismo ha crecido desplazando al PSOE y creando tensiones constantes. En Canarias, en cambio, la inmensa mayoría de los votantes nacionalistas no perciben contradicción entre ser canario y ser español. Ambas cosas son percibidas como compatibles por la inmensa mayoría del electorado de las islas. La diferencia se presenta no en el rechazo a esa combinación concreta de identidades, sino al orden en que se manifiestan, en la simplificación obligada de las encuestas. El votante nacionalista se percibe más canario que español, y el no nacionalista, tiende en general a sentirse igual de español que canario. No se trata de una casualidad, es más bien una característica política singular, específica de Canarias. En el resto de España, los nacionalismos –incluso el español- se manifiestan casi siempre desde el reconocimiento de agravios y perjuicios, en una competición permanente por demostrar quién ha sido más perjudicado, quién tiene más motivos para sentirse diferente o quién posee mayores derechos históricos para reclamar un trato singular. En ese contexto, escuchar a un presidente de Comunidad Autónoma reivindicar la identidad de su tierra sin necesidad de señalar enemigos resulta bastante sorprendente.
Fernando Clavijo habló el sábado de Canarias en un Alfredo Kraus electrizado por la emoción, donde no cabía un alfiler. Lo hizo tras una intervención luminosa del arquitecto Fernando Martín, un hombre en verdad enamorado, y después de una puesta en escena claramente identitaria. Clavijo habló del orgullo de ser canario, de singularidad, de respeto y de autogobierno. Habló de la voluntad de los canarios de decidir sobre los asuntos que nos afectan y de una tierra que no quiere imposiciones, que exige ser escuchada. Todo eso es parte del lenguaje del nacionalismo. Y, sin embargo, faltó el reproche histórico al maltrato o a la opresión, y no hubo en el discurso mención alguna a enemigos interiores, ni amenazas de ruptura, ni nada similar a una construcción emocional basada en el resentimiento secular.
¿Por qué renunciar a esos argumentos? Quizá porque el nacionalismo canario de hoy se origina de forma distinta y se sostiene con una evolución muy diferente a la de otros nacionalismos. La mayoría de las fuerzas nacionalistas del siglo pasado construyeron su identidad en oposición a algo: frente a un Estado colonizador, o en defensa de una lengua, una cultura o una historia propia. Los nacionalismos de más éxito se han convertido con frecuencia en una frontera emocional que separa a unos ciudadanos de otros.
Canarias recorrió un camino diferente, y no porque aquí no exista una conciencia nacional. Existe, y es profunda. Los canarios sabemos que la nuestra es una comunidad singular: la geografía se encarga de recordarlo cada día. Vivimos frente a la costa africana, anclados a más de mil kilómetros del continente europeo. Compartimos una historia marcada por el mestizaje, la insularidad, la distancia y el océano, que condiciona nuestra economía, nuestras comunicaciones y nuestra forma de entender el mundo. Pero nuestra conciencia de singularidad no necesitó construirse contra España. La lejanía vacunó el rechazo y nos hizo reclamar siempre más atención de la metrópoli, no menos.
Además, la canaria nunca ha sido una identidad simple. Somos españoles, pero también atlánticos, herederos de una historia vinculada a América tanto como al continente europeo. Somos europeos, pero también africanos. Un pueblo hijo de mil leches que ha confirmado una identidad demasiado compleja para caber en una receta o una consigna política. Probablemente por eso, el nacionalismo canario que se ha impuesto ha sido tradicionalmente más criollo que rupturista, y más pragmático que romántico. Más preocupado por el REF, los transportes, la financiación y el agua, que por los relatos épicos. Más pendiente de resolver problemas que de fabricar leyendas y mitologías. Por supuesto, eso no significa que haya estado libre de errores, contradicciones o tentaciones populistas. Ninguna fuerza política lo está. Pero nunca ha encontrado su principal razón de ser en el rechazo a nada. Y eso es una anomalía extraordinaria en el panorama político actual.
Mientras otros nacionalismos evolucionaban hacia el conflicto, Canarias ha mantenido su visión de pertenencias múltiples. Se puede ser profundamente canario y sentirse plenamente español. Se puede defender con firmeza los intereses de las Islas sin cuestionar la pertenencia a una nación común. Se puede reclamar más autogobierno sin convertir las discrepancias en crisis.
Esa capacidad es la que ha permitido que Canarias haya avanzado durante años sin fracturar gravemente la sociedad isleña. Es otra seña más de identidad. Quizá la anomalía que mejor nos define.