Martes, 24 Marzo 2026
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Francisco Pomares

 

La cara de Pedro Sánchez pegada en los misiles iraní que bombardean Israel, pertenece sin duda a la categoría de imágenes que ningún político desearía protagonizar. Algunas llegan por error, otras por mala suerte, y luego están las que son consecuencia directa -aunque no prevista- de lo que uno dice y –sobre todo- de cómo lo dice.

 

Es cierto que Sánchez no es responsable de la propaganda de combate del régimen de los ayatolás. Él no decide qué pegatina se coloca en un proyectil ni qué lema acompaña a un bombardeo. Apenas es en parte responsable del contexto político y comunicativo que permite que ocurra que su presidencial rostro acabe vinilando un proyectil. Porque en política internacional es conveniente saber dónde estás, quién te escucha y quién puede utilizar tus palabras.

 

Irán no ha descubierto ahora a Sánchez. Lo que ha hecho es sacarle partido a su órdago contra Israel. Cuando un dirigente occidental eleva el tono contra hasta convertirse en una de las voces más duras del escenario europeo, entra automáticamente en la ruleta propagandística de Oriente Medio. Allí, cada declaración no es un matiz diplomático: es munición narrativa. Y la munición, como estamos viendo, puede acabar convertida en algo más que una metáfora.

 

En esta ocasión, el error atribuible a Sánchez no es moral, es de cálculo político. La mayoría de los países europeos han mantenido una posición crítica con Israel, especialmente ante sus excesos militares y el coste humanitario de un conflicto al que resulta difícil ver salida. Pero lo han hecho desde una prudencia calculada, evitando convertirse en referentes simbólicos de uno de los bandos. Han entendido algo básico: que esta no es la guerra de Europa, y que intervenir en ella desde el discurso emocional solo sirve para perderse. La propaganda de Moncloa presenta a Sánchez como un héroe que se ha enfrentado a un tipo odioso como Trump y a un salvaje como Netanyahu, pero en realidad, la percepción que se tiene de él las cancillerías europeas es que juega a la política como un trilero jugaría a las bolas.

 

Sánchez ha optado por lo fácil y rentable. Liderar el “No a la guerra” versión siglo XXI, y recuperar ese viejo reflejo de la izquierda europea que convierte los conflictos internacionales en escenarios de afirmación política interna. En ese movimiento, Sánchez ha cruzado una línea que otros han evitado cuidadosamente, que es la de personalizar el posicionamiento. Cuando tú pones la cara, te la ponen a ti de vuelta.

 

No es la primera vez que un gesto simbólico en política exterior española acaba teniendo consecuencias. Zapatero lo comprobó en 2003, cuando decidió permanecer sentado al paso de la bandera de Estados Unidos durante el desfile del 12 de octubre. El gesto fue celebrado en casa como una muestra de dignidad política frente a la guerra de Irak, pero en Washington se interpretó como una falta de respeto inaceptable. El resultado fue un largo periodo de frialdad diplomática que obligó al Gobierno español a desplegar paciencia y diplomacia durante años para recomponer la relación, hasta el punto de que Zapatero tardó años en lograr ser invitado a la Casa Blanca de Obama.

 

En política internacional, los gestos no se quedan en casa.

 

Volviendo a lo que nos ocupa: no es casualidad que Irán, Hamás o Hezbolá celebren las declaraciones de Sánchez. En conflictos tan polarizados, cualquier discurso que señale con dureza a uno de los actores es automáticamente incorporado por el otro como aval, como legitimación, como herramienta propagandística. Y si además ese discurso proviene de un líder europeo, el valor simbólico se multiplica. La imagen de Sánchez sonriendo sobre los misiles iranís no es fruto de un accidente: es la forma en que los ayatolás le devuelven a Sánchez el favor.

 

Porque eso es exactamente lo que ha hecho Irán: convertir la condena de Sánchez a Israel y EEUU en una imagen brutal que resume mejor que cualquier análisis el riesgo de jugar a la política internacional con lógica doméstica. La cara del presidente español en un misil dirigido hacia Israel no es solo propaganda iraní: es también un reflejo de hasta qué punto Sánchez ha relegido su bando. No el de las victimas, sino el de los guerreros. ¿Era necesario?

 

Pues probablemente no. Se puede criticar a Israel sin convertirse en icono antijudio. Se puede defender el derecho internacional sin asumir el lenguaje emocional de los actores más radicalizados del conflicto. Se puede -y se debe- mantener una posición firme sin caer en la tentación de convertirla en elemento de identidad política en campaña. Pero todo eso exigiría algo que Sánchez rara vez practica: contención.

 

Su estrategia no responde a una reflexión geopolítica o moral, sino a la lógica de diferenciación ideológica. El “No a la guerra” no como principio, sino como marca. Como herramienta para cohesionar a su espacio político, para marcar distancias con la derecha, para reconstruir un relato reconocible por la izquierda europea. En casa funciona lo de poner la cara, pero el riesgo es que fuera te la partan.


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