La chaladura

Francisco Pomares
Durante décadas, el orden internacional -con todas sus imperfecciones, sus abusos y sus hipocresías- descansaba sobre la certeza de que Estados Unidos podía equivocarse, incluso gravemente, pero no era una nación imprevisible. Había una lógica, un marco, una cierta coherencia estratégica que permitía a sus aliados -y también a sus adversarios- anticipar sus movimientos y adaptarse a ellos.
Eso ya no existe. Desde la irrupción de Trump en la política estadounidense, y especialmente tras su regreso al poder, la primera potencia del mundo ha pasado de ser un actor discutible a convertirse en un factor de incertidumbre permanente. No es que haya cambiado de prioridades -eso entra dentro de lo aceptable en democracia-, es que Estados Unidos ha dejado de comportarse como un actor racional en sus decisiones de política internacional.
Trump no dirige la política exterior de Estados Unidos: la somete a sus impulsos. Ahí están sus ataques personales al presidente francés Emmanuel Macron, impropios no ya de un jefe de Estado, sino de cualquier persona con un mínimo de educación. Y no es el único político al que Trump ha agredido verbalmente. Dudo que quede un mandatario democrático al que no haya insultado. Pero peor aún que su probada malcriadez, es su incapacidad para sostener una posición coherente durante 24 horas: un día anuncia que su país se retira de la guerra porque “ya hemos ganado”, y al siguiente asegura que seguirá arrasando Irán, hasta lograr la destrucción completa de su economía y su régimen. A veces dice incluso dos cosas contradictorias en el mismo discurso. Su errática actuación ha empezado a erosionar el papel político y militar de Estados Unidos de una forma que hace apenas unos años habría parecido impensable. La amenaza –recurrente- de abandonar la OTAN, es quizá el mejor ejemplo de su estupidez. No solo porque esa decisión exige una mayoría de dos tercios del Senado estadounidense, de la que Trump carece, sino porque políticamente introduce una duda letal: ¿pueden los aliados seguir confiando en el compromiso de Washington con su propia arquitectura de seguridad? La respuesta, obviamente, es que no.
Y cuando esa certeza se instala, todo el edificio de apoyo mutuo sobre el que se sostiene la Alianza, se resquebraja. Europa busca alternativas, Asia recalcula sus equilibrios y actores como Rusia o China -las dos grandes autocracias del sistema internacional- encuentran un espacio que hasta ahora les estaba vedado. Porque, en la práctica, lo que está ocurriendo es que Estados Unidos trabaja –probablemente sin proponérselo, pero con una eficacia notable- para reforzar a sus dos principales adversarios.
Vladimir Putin debe sentirse muy satisfecho de que Washington debilite la cohesión occidental. En cuanto a Xi Jinping, puede limitarse a observar cómo su principal competidor estratégico se enreda en decisiones contradictorias que erosionan su credibilidad. Y todo eso ocurre mientras la política estadounidense contribuye a agravar un conflicto -el de Irán- cuyas consecuencias económicas y geopolíticas ya se están dejando sentir en medio mundo. La inestabilidad en el suministro energético, el encarecimiento del petróleo por el cierre de Ormuz, la amenaza sobre rutas estratégicas (por no hablar de las posibilidades de un resurgir del terrorismo)… configuran un escenario que beneficia precisamente a quienes Estados Unidos dice querer contener: a Rusia e Irán, que venderán su petróleo caro en un mercado sediento. Y a China, que ahora consolida su influencia en regiones donde Estados Unidos pierde pie. Es difícil imaginar una combinación más negativa para los intereses estadounidenses. Pero lo peor no es el daño que Estados Unidos se está haciendo a sí mismo, sino el que está provocando al conjunto del sistema internacional. El liderazgo estadounidense -con su prepotencia y sus defectos- actuaba como factor de estabilidad relativa. Hoy, en cambio, se ha convertido en motor de la incertidumbre global.
De toda esta chaladura, al menos las políticas erráticas de Trump están provocándole un alto coste personal en términos de popularidad, situando a Potus en los niveles de aceptación más bajos de su trayectoria política. Un retroceso que anticipa un correctivo significativo en las elecciones de medio mandato.
No sería esta la primera vez que la democracia estadounidense corrige sus propios excesos. Forma parte de su fortaleza estructural. Pero tampoco conviene confiarlo todo a esa capacidad de autocorrección. Porque el problema no es solo quién ocupa la Casa Blanca, sino el precedente que deja al mundo. La idea de que Estados Unidos puede ser gobernado, de un día para otro, por un chiflado voluble, imprevisible y condicionado por inexplicables impulsos personales que perjudican sus intereses y los de Occidente.
Trump no será recordado por hacer América más grande. Probablemente será recordado como el presidente estadounidense que más daño hizo al prestigio, la estabilidad, la economía y la grandeza de su país.