Viernes, 20 Marzo 2026
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 Paco Pomares

Francisco Pomares

 

No existe precedente en una democracia homologable a la nuestra de un Gobierno que haya decidido prescindir de los Presupuestos durante toda una legislatura. Cuando eso ha ocurrido en Europa —como en Bélgica en 2010— era porque ni siquiera había Gobierno. Y en España, cuando un Ejecutivo no lograba aprobar sus cuentas, lo que se hace es convocar elecciones.

 

Ahora no.

 

Ahora se gobierna con presupuestos prorrogados desde 2023, ignorando incluso la obligación constitucional de presentarlos en plazo y convirtiendo una situación excepcional en un sistema permanente. La prórroga ya no es un recurso de emergencia: es el modelo que se sigue año tras año. Y por si la anomalía no fuera suficiente, ahora nos piden además que aplaudamos.

 

Sánchez ha decidido vendernos que la no presentación de los Presupuestos es un ejercicio de responsabilidad ante la guerra en Oriente Próximo. No es que no pueda sacarlos adelante: es que no toca. No es que no tenga apoyos: es que está centrado en lo urgente. La coartada sería perfecta si no resulta insultante.

 

Y es que conviene no perder de vista la secuencia real de los hechos. La guerra no ha impedido la aprobación de los Presupuestos. Lo que la ha impedido es la incapacidad del Gobierno para reunir una mayoría parlamentaria suficiente. Esa incapacidad existía antes del conflicto, sigue existiendo ahora y previsiblemente seguirá existiendo mientras dure la legislatura. Todo lo demás es puro cuento. Lo que ahora llaman relato. Una presentación falsaria de lo evidente, repetido de forma sistemática por todos los altavoces y corifeos gubernamentales, hasta que al menos convence a los suyos.

 

Lo urgente, nos dice Sánchez, es aprobar un decreto para paliar los efectos económicos de la guerra. Pero ese decreto ha tardado semanas en llegar, se ha elaborado entre tensiones dentro del propio Gobierno y afronta además el riesgo cierto de no ser convalidado en el Congreso. Resulta difícil sostener que quien no logra sacar adelante sus propias medidas de urgencia esté, al mismo tiempo, renunciando a los Presupuestos por sentido de Estado.

 

Más bien ocurre justo lo contrario.

 

Lo que estamos viendo es un Ejecutivo que ha optado nuevamente por evitar el desgaste de un fracaso parlamentario seguro. Además, crea ejemplo: ahora hasta Salvador Illa copia el formato. Pero un Gobierno que evita enfrentarse a la realidad de la prueba, antes que asumir el coste político de no superarla. Y que, para justificar esa renuncia, recurre a una narrativa épica que pretende presentarnos la impotencia como virtud.

 

Lo cierto es que esto no tiene nada que ver con la responsabilidad. Es pura supervivencia.

 

Los Presupuestos Generales no son un trámite secundario. Son el principal instrumento de política económica de un país. En ellos se decide cuánto se ingresa, en qué se gasta, qué prioridades se establecen y qué modelo de país se pretende construir. Gobernar sin Presupuestos no es una opción neutra: es hacerlo peor, con menos control, menos transparencia y menos capacidad de planificación.

 

Es gobernar a golpe de decreto y de prórroga. Y, sobre todo, es hacerlo al margen de la normalidad democrática. Porque la prórroga presupuestaria está prevista como un mecanismo excepcional, no como un sistema permanente. Convertir lo excepcional en norma, vacía de contenido una de las funciones esenciales del Parlamento y petrifica la democracia.

 

Resulta por eso inquietante la convicción, cada vez más evidente, de que este disparate, este fraude institucionalizado, puede sostenerse sin coste alguno. Que basta con ofrecer una explicación inverosímil -la guerra, la urgencia, la responsabilidad- para que la realidad deje de importar. Que la excusa puede sustituir a los hechos y que una parte de los ciudadanos acabarán aceptando cualquier cosa si quien la dice es de los suyos. Esa es la lógica política del sanchismo en su forma más depurada.

 

Una lógica según la cual gobernar no consiste tanto en hacer lo que procede o conviene hacer, sino en construir un marco interpretativo que permita convertir cualquier debilidad en una decisión consciente. En transformar cada límite en una muestra de determinación. Y -más aún-, en mantener como sea la idea de que todo vale con tal de evitar que gobiernen los otros, la derecha. Antes que eso, incluso no gobernar, aunque uno viva en Moncloa.

 

El resultado es un país instalado en la provisionalidad permanente, donde lo excepcional se convierte en costumbre y donde la política deja de ser ejercer el poder con responsabilidad, para mutar en una estrategia de resistencia. No hay Presupuestos porque Sánchez no puede aprobarlos. El lo sabe, los suyos lo saben también, lo sabemos todos.  El resto -la guerra, la urgencia, el sentido de Estado- es simplemente coartada.


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