Jueves, 29 Enero 2026
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Francisco Pomares

 

A veces no hace falta ni mandar las tropas: el lunes pasado, mientras todos andábamos entretenidos con la captura y secuestro del tirano, la OCDE aprobaba un impuesto mínimo para multinacionales de todo el mundo (un 15 por ciento de sus beneficios), suscrito por un centenar y medio de países, pero con una excepción para todas las empresas estadounidenses. Trump logró excluir de un pacto planetario a las empresas de su país, después de amenazar con retirar a EEUU del acuerdo e imponer lo que él mismo denominó como un “impuesto de venganza”.

 

Hay algo todavía más indignante que las victorias recurrentes de Trump, y es la docilidad con la que se le concede salirse con la suya. Trump no gobierna la OCDE, no preside la Unión Europea, ni controla sus parlamentos y gobiernos. Lo que ha ocurrido con el impuesto mínimo global es –más que una demostración de la capacidad de presión estadounidense- la confirmación de como el resto de países están dispuestos a someterse y claudicar voluntaria y dócilmente.

 

Nuestros líderes no negocian desde valores o principios, sino desde el temor a sufrir represalias comerciales o caer en desgracia. No defienden reglas comunes, lo que hacen es administrar el relato de las excusas. Como si aceptar que EEUU juegue con normas diferentes en todos los partidos de todas las ligas, fuera un ejercicio de realismo político.

 

El acuerdo de la OCDE se nos vende como una victoria del multilateralismo, cuando resulta que es precisamente lo contrario: la legalización de la desigualdad fiscal, para protegernos del enfado de Trump. Se nos dice que el sistema se preserva, cuando en realidad se ha vaciado de contenido allí donde más importaba. De poco sirve un impuesto mínimo global a las multinacionales, si el país que concentra mayor número de grandes empresas, queda al margen mediante un “régimen paralelo” hecho a medida.

 

Es la normalización de la humillación política: Gobiernos europeos, comisarios comunitarios y responsables internacionales aceptan sin rubor que Washington amenace con un “impuesto de venganza” y, en lugar de responder con firmeza, se apresuren a rediseñar el sistema para que la amenaza no llegue a ejecutarse. No se defiende el acuerdo: se le quita aquello que podía molestar al matón. Y nadie habla de chantaje o extorsión, sino de “coexistencia de modelos”, de “estabilidad”, de “adaptación a realidades diversas”, del valor del consenso. Puro artificio del lenguaje: detrás de toda esa palabrería en politiqués, solo queda el vocabulario clásico de la rendición.

 

Lo que ocurre no es solo culpa de Trump. Él hace lo que siempre ha prometido hacer: “cuando paseo por América veo muchos coches europeos. Pero cuando voy a Europa no veo coches americanos. Les pondré aranceles”. Así funciona la mente de Trump. Pero de su envalentonamiento y chulería son responsables quienes, teniendo capacidad económica, jurídica y política para poder plantar cara, prefieren agachar la cabeza.

 

La gran potencia normativa, el continente de las leyes –Europa-, nos demuestra que sus reglas se exhiben mientras conviene y se retiran cuando molestan al poderoso. Cada concesión a Trump se justifica como un mal menor necesario. Las excepciones impuestas se nos venden como soluciones técnicas, las renuncias se envuelven en un lenguaje administrativo que no oculta lo esencial: el proyecto europeo es hoy un guiso cocinado por un atajo de políticos incapaces o cobardes.

 

La escena nos recuerda vagamente –el mundo es otro y las circunstancias son muy distintas- el paisaje de los años treinta del siglo pasado, cuando andaba suelto otro matón –europeo él-  haciendo de las suyas. Entonces también se habló de pragmatismo, de evitar conflictos mayores, de evitar provocar al dirigente furioso. Entonces también se confundió la prudencia con la cesión y el realismo con la rendición. El resultado lo conocemos. La política de apaciguamiento no evitó la catástrofe: la hizo inevitable.

 

 

Seis años de matanza global nos enseñaron que el problema no fue solo la vesanía de un dirigente autoritario, sino la docilidad de los chamberlain que quisieron a toda costa evitar el conflicto. Hoy –salvando todas las distancias- corremos también el riesgo de aceptar un principio melancólico: que ceder es la mejor forma de controlar los excesos de una política cerril e inhumana, cuando en realidad ceder es una invitación al que te agrede, para que llegue aún más lejos.

 

Trump no solo pone a prueba con sus bravuconadas la coherencia de las instituciones internacionales. Esta destruyendo la autoestima política de lo que antes era Occidente. La cuestión es durante cuánto tiempo seguiremos aceptando algo tan obvio, sin hacer absolutamente nada.


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