Jueves, 05 Noviembre 2026
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Mar Arias Couce

 

Entro a trabajar a la misma hora en que los chicos entran al Instituto. Delante de mí caminaban tres niños, porque, mucho lo siento, pero a los doce años siguen siendo niños. Iban hablando y yo escuchando. Una vieja costumbre, que puede que no esté bien, pero a mí me da para hacer muchas líneas de escritura. Nada más inspirador, por ejemplo, que un viaje en guagua con alguien hablando a voz en grito por teléfono. Yo he escuchado auténticas telenovelas que dejan en ridículo a las turcas.

Pero seguimos con los tres estudiantes de esta historia. El de la derecha era blanco como si sus ancestros hubieran llegado de la mismísima Inglaterra. El de la izquierda era, a buen seguro, heredero de una familia que había pasado muchas horas al sol, bien en el campo, en un barco de pesca o, porque no, en la playa dorándose como un yuppie en los años Ochenta. El del centro era oscuro como el rofe. Sin embargo, bastaba con escuchar su conversación para darse cuenta de que los tres eran hijos de la isla y de su tiempo.

-La toleta de la chinija se ha llevado mi bocadillo en lugar del suyo.

-¿Ustedes tienen deporte hoy?

-A última, bro. ¿Y tú?

-¡Que pocas ganas tengo, bro!

-Total.

-Y mañana tengo examen de mates.

-Que mal, bro.

-De verdad que mi hermana es tonta…

El acento conejero de los tres era intachable. Un lingüista del mismo Oxford no hubiera podido diferenciarlos, ni por barrios. El color de la piel, tampoco. Hace muchos años que Lanzarote es una tierra multiétnica, aunque a muchos les disguste. Hablamos de segundas y terceras generaciones nacidas en la isla. Ellos no notan ninguna diferencia. Nosotros tampoco deberíamos.

Hace ahora 27 años haciendo un reportaje en un colegio me empeñaba en preguntar a una pobre niña de rasgos asiáticos que de dónde era su familia, y ella insistía en que de Titerroy.  Hasta la calle me daba. Tenía toda la razón, sólo que a mí me faltaban esas tres décadas para darme cuenta de ello.

Los niños giraron en la esquina rumbo a sus aulas. Y yo seguí mi camino pensando en todo esto que les estoy contando, aunque nadie me haya preguntado.


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