La culpa es mía

Usoa Ibarra
Ser mujer no es una tarea sencilla, porque conlleva un esfuerzo extra si aspiramos a llegar a todo y abarcar los diferentes perfiles en los que una mujer desarrolla su actividad diaria: familiar, profesional, emprendedora, cuidadora etc.
Si a la tarea habitual de querer estar a la altura en muchos ámbitos diferentes se le añade la presión externa, el desgaste se acelera. Y no me estoy refiriendo sólo a la presión que imponen las redes sociales, proyectando físico ideal y con ello lo que se define como “tiranía de la imagen”, sino que ahora tenemos una especie de directriz política que aumenta nuestra sensación de vulnerabilidad.
El marcaje desde la agenda política sobre algunos temas -como la regla o la masturbación- empieza a enviciar la forma natural que hemos tenido de tratarlos (al menos desde mi generación) . Pero si bien lo hemos hablado con desparpajo, también tengo que resaltar que lo hemos hecho con discreción, es decir, no lo hemos hablado con cualquiera. Nos hemos desahogado con nuestra red de amigas, teniendo con ello la ventaja de huir de los juicios de valor gratuitos.
Precisamente, esta tendencia tan de podcast de propagar a los cuatro vientos tus intimidades es algo que, en mi opinión, desvirtúa el concepto, manoseando por ejemplo la idea de cómo debe ser una mujer, cuáles son sus límites, por qué objetivos debe luchar, con qué intensidad, en qué foros etc.
Son tantos los inputs, y de alguna manera la tutorización a la que se quiere someter a la mujer, que les prometo que, a veces, me acuesto teniendo la sensación de que no he hecho lo suficiente en la defensa de mis derechos. ¡Es agotador!
Sinceramente, hay veces que me siento muy encasillada en los límites que algnos movimientos feministas han dibujado por mí. Y no me estoy refiriendo a no defender el feminismo en su concepción más amplia -que sigue siendo absolutamente necesario- sino a hacerlo con tanta vehemencia y adoctrinamiento como se nos quiere imponer desde todo un Ministerio de Igualdad estatal.
Entiendo que la complejidad en la forma de actuar, sentir y pensar de la mujer nos lleva a respetar a muchos perfiles diferentes de ellas. Sin embargo, no siempre se les da cobertura, porque quedan señaladas por mantener sus valores y acciones al margen del dogma. Y si no fuera así, por qué existe una velada crítica cuando una mujer decide priorizar la crianza al trabajo y con ello vivir del sueldo de su pareja. ¿Por qué tengo la sensación de que interesa poner a pelear a las mujeres entre sí o enfrentarlas -constantemente- a la sociedad? ¿Desde cuándo la sororidad nos lleva a tener que pensar necesariamente igual que las demás?
Es posible, que la culpa de reflexionar sobre los desajustes que provoca el feminismo más radical, sea únicamente mía. Por ello, no me hagan caso.