La demolición

Francisco Pomares
Adaptarse al derrumbe: durante unas horas, incluso durante unos días, todavía es posible encontrar dirigentes dispuestos a repetir consignas absurdas, negar lo evidente o parapetarse detrás de la liturgia habitual de las conspiraciones judiciales, mediáticas o ultraderechistas. Pero llegará el momento en que la gravedad de los hechos se imponga al argumentario. Comienza a ocurrir. Es cierto que Zapatero seguirá siendo inocente mientras una sentencia firme no demuestre lo contrario, pero el hastío y el descreimiento tienen marcha atrás. Acaban por invadir todo discurso y por pudrir la confianza, las amistades, la complicidad y los afectos.
Eso es exactamente lo que ocurre alrededor del demoledor auto del juez Calama sobre Zapatero. Porque una cosa es reaccionar instintivamente durante las primeras horas, cerrar filas, denunciar persecuciones y acusar a la derecha de instrumentalizar la justicia, y otra enfrentarse a un auto judicial de decenas y decenas de páginas, con sus sociedades pantalla, el blanqueo de capitales, el tráfico de influencias, la falsedad documental y las estructuras organizadas para mover dinero a través de entramados internacionales. Incluso en la política española actual, polarizada hasta el fanatismo y acostumbrada a resistir escándalos, llega un punto en el que lo que cuenta el auto pesa demasiado.
Y ese punto es en el que están los socios parlamentarios del PSOE. Son gente que nunca regala nada y menos aun cuando huele a sangre. Han comenzado a modular cuidadosamente su posición: siguen refugiándose en las fórmulas rituales sobre el respeto a la presunción de inocencia, pero evitando cada vez más las defensas enfáticas. Y otros empiezan a marcar distancias: Rufián, siempre rápido para el exabrupto y la sobreactuación, ha moderado discretamente su defensa a ultranza de la honradez de Zapatero. Su tono actual incluye palabrotas malsonantes como mecanismo de despiste, y una equidistancia culpable entre la complicidad y el afecto. Pero el registro ha cambiado. Y aparece uno de los síntomas relevantes de esta legislatura: cuando los aliados se protegen, es porque perciben que el coste político de permanecer demasiado cerca puede resultar insoportable. Porque el riesgo para el PSOE y quien le acompañe en este viaje ya no es sólo judicial: ahora sí, es existencial. Después del enchufe al hermano, los favores a Begoña y sus excesos extractivos, después del latrocinio puro y duro de los colegas del Peugeot, lo de Zapatero apunta a definir un colapso que puede arrastrar no sólo a Sánchez, sino con él a todo el PSOE.
Esto ya no es solo un proceso infeccioso, parece más bien una demolición. Porque no se trata sólo de que un juez describa una organización criminal con conexiones internacionales, sociedades interpuestas y operaciones opacas vinculadas al mentor y padrino del presidente del Gobierno. Se trata de algo todavía más toxico y devastador: de un PSOE aturdido y traumatizado, que opta por vincular su futuro a la suerte judicial de Zapatero, un PSOE que a la orden de su líder ha vuelto a reaccionar exactamente igual que reaccionó con Ábalos y Cerdán, inventando una realidad inexistente, como hizo tras verse barrido en las últimas cuatro elecciones regionales: negándose a aceptar lo obvio, señalando la culpabilidad –pasada o futura- de los otros y excluyendo preventivamente a cualquiera que formule preguntas.
Es una pauta perfectamente reconocible, impuesta a un PSOE destruido por alguien que solo trabaja pensando en su propia supervivencia, sin preocuparle el daño que pueda producir al partido. Después de arrastrarlo a la derrota imponiendo candidatos que sólo responden ante él, Sánchez impide de nuevo cualquier reacción razonable a la debacle de Zapatero, cualquier cuestionamiento o asunción de responsabilidades. Es el camino de una demolición sin sentido: primero se intenta desacreditar al juez, después se habla de conspiración. Luego se acusa a la oposición de aprovechar políticamente el caso. Más tarde se moviliza con éxito relativo (aquí nadie va a mojarse gratis) a la maquinaria mediática afín. Y finalmente, cuando la realidad acaba resultando insostenible, se impone el silencio al partido, el distanciamiento de los hechos y el endose de los fracasos al primero que pase por allí.
Pero va a ser muy difícil librarse de Zapatero, soltarlo como lastre. No se trata de un asesor oscuro, un ministro desgastado o del secretario de organización que organizaba lechugas y chistorras. Hablamos de un expresidente vendido durante años como referente ideológico, negociador internacional, mediador de la paz e ícono moral del progresismo español. Zapatero, cuya influencia en el sanchismo ha sido permanente y visible, ese Zapatero legitimador de políticas en el borde mismo de lo impensable, negociador con el independentismo, coleccionista de viajes a Venezuela. Zapatero, el único legado del PSOE reconocido por Sánchez.
Por eso resulta tan difícil comprender la estrategia del PSOE. Porque cada nueva defensa de Zapatero ya no protege al PSOE: lo hunde un poco más. Cada intento de negar lo que millones de españoles leen en los autos judiciales erosiona más y más la credibilidad de un partido exhausto, atrapado en la lógica sanchista de resistir a cualquier precio.