La diversión de envejecer
Por Alex Solar
Soy jubilado y me entretengo de manera diferente a como lo hacía en mis veinte , en mis treinta o en mis cincuenta , si me apuran. Ya no puedo, por mi bolsillo y la ciática, hacer grandes viajes, apuntarme al gimnasio, o correr tras las bellas damas. La única manera de hacer esto último, o sea, para que me persiguieran ellas, sería ir yo a paso rápido por delante, algo que ya se imaginan es del todo imposible.

Dicho esto, confieso que me paso una considerable cantidad de horas al día en actitud sedente y sedante, es decir, en mi sillón de orejas frente al televisor o ante la pantalla de un ordenador, algo que también es va a ser cosa de otro tiempo según dicen los expertos que aparecen por aquí y por allá cantándonos loas al progreso tecnológico. La pantallita del móvil gana puesto en la carrera hacia ninguna parte, que como soy un anciano provecto considero que es ese horrendo futuro hipercontrolado al que se nos encamina a marchas forzadas.
En el futuro, la televisión y hasta sus series tan en boga, serán solo arqueología, material de estudio en futuristas universidades a distancia donde los alumnos estarán provistos de máscaras de realidad virtual y podrán caminar por las anchas avenidas del pasado, contemplando a sus ancestros, sus usos y costumbres. Se reirán, si es que conservan sentido del humor en el 3018, de esos narcotraficantes gallegos paletos que pasaron del marisco a la fariña después de constatar que el denostado tabaco, esa droga del pobre, no les ofrecía tantas utilidades. Un poco como en esa divertida película francesa “El postre de la felicidad (Paulette)” emitida el pasado sábado por la noche en La 2 (sí, la veo, cómo no), en que una abuelita de los suburbios parisinos se lanza al contrabando de hachís en su barrio, harta de embargos y su mísera pensión de 600 euros. Una auténtica mierda, con perdón, en un país tan caro como Francia y en una capital lujosa como París. Ah, los pobres pensionistas del mundo. Conozco a uno, amigo de la adolescencia, compañero de madrugadas con sabor a pisco de la tierra y literatura prohibida, en el límite del bien y del mal como en ese grandioso tema de La Frontera, que malvive con su pensión de profesor de FP, en Chile. Tiene que seguir laburando sí o sí , y gracias que el gobierno lo permite, para poder educar a sus hijos en la Universidad, algo prohibitivo todavía pese a los esfuerzos del gobierno socialista de Bachelet, que tuvo a toda la derechonapiñerista en contra. Me dice una prima, también jubilada, que las pensiones patrias son una mierda, sí, pero que al menos los jubilados chilenos tienen un seguro mortuorio. Una estupenda idea que debería añadir el ministro Montoro a sus últimas ocurrencias. Y qué decir de las del fulano del Banco de España sobre nuestras “propiedades”. De acuerdo a mi experiencia, muy larga y sustanciosa que daría para un libro, la propiedad suele ser una pesada carga y en muchos casos es siempre mejor vivir de alquiler: se está uno mejor protegido, puede cambiar de aires sin mayores problemas, en definitiva se es más libre y sin tener que pagar el impuesto de bienes raíces ni reponer constantemente electrodomésticos si uno tiene la desgracia de ser “casero”, como le pasa a amigos y conocidos.
No quiero acabar sin comentar que veo asiduamente “First Dates”, otro detritus televisivo para paladares viejunos como el mío. Qué horror, a qué abyecciones llega el ser humano para obtener quince minutos de fama, porque el pretendido objetivo (al amor, aunque manifiestamente sea el sexo) no se logra.
Un tal Paul Léauteaud, a quien seguramente Uds. desconocerán, entre otras cosas porque pocos lo conocieron en su tiempo pese a ser un escritor notable, decía que envejecer es una diversión total, te ocupa cada momento del día. Y encima, nos quejamos.