La fiesta y el fuego

Por Francisco Pomares
La pasada madrugada dejó en Santa Cruz un balance tan absurdo como desolador: catorce contenedores reducidos a cenizas, tres vehículos calcinados, otros tres seriamente dañados y varias palmeras destruidas por una cadena de incendios provocados que fue desplazándose por distintos barrios de la ciudad. No fue una protesta contra alguien o algo, ni hubo beneficio económico, ni un objetivo reconocible. Sólo destrozos. Y quizá sea precisamente esa ausencia de sentido lo más inquietante de todo.
No estamos ante un fenómeno nuevo. Cada generación reconoce a sus gamberros y vándalos. La inmensa mayoría de los jóvenes celebra las fiestas con normalidad y sería profundamente injusto convertir a todo un grupo social en responsable de los actos de una minoría. Pero también sería un error cerrar los ojos ante una realidad que empieza a repetirse con cierta frecuencia. En carnavales, fiestas patronales, celebraciones deportivas o simples noches de botellón, siempre aparece un pequeño grupo para el que la diversión parece exigir un peaje de cristales rotos, mobiliario urbano destrozado o contenedores ardiendo.
Ni se trata de delincuencia organizada, ni parece responder a nada en concreto. Es otra cosa: la banalización de la destrucción.
Lo que más llama la atención es que este tipo de vandalismo florezca precisamente en sociedades desarrolladas, donde el espacio público funciona razonablemente bien y donde casi todo aquello que se destruye ha sido construido con el esfuerzo de todos. No deja de ser una paradoja. Las sociedades más pobres suelen cuidar con mayor celo aquello que poseen porque saben lo difícil que resulta reemplazarlo. En cambio, las más prósperas corren el riesgo de acostumbrarse tanto a la abundancia que terminan olvidando el valor de la propiedad común.
Cuando alguien le pega fuego a un contenedor no está atacando al Ayuntamiento. Está perjudicando a los vecinos que durante días convivirán con basura acumulada. Cuando incendia un coche no castiga a ninguna poder. Está arruinando el patrimonio de una familia que todavía no ha terminado de pagarlo. Cuando se quema un árbol o se arranca una señal de tráfico, no se denuncian las ideas o actuaciones de algún político. Se deteriora el patrimonio común de toda la ciudad.
Esta redescubierta pasión por el fuego como fin de fiesta y su uso con pretensiones supuestamente purificadoras, es una clara señal de pérdida del sentido de pertenencia. Hemos construido una cultura que insiste en los derechos individuales, pero que habla cada vez menos de las obligaciones compartidas. Reivindicamos a todas horas lo que la sociedad debe garantizarnos, pero dedicamos menos tiempo a recordar lo que nosotros debemos a la sociedad. Y una comunidad sólo funciona cuando ambos principios avanzan juntos.
Existe además otro motivo para las actuaciones vandálicas que probablemente merezca al menos una reflexión. Durante décadas se ha ido debilitando una idea que parecía elemental: la de que el espacio público es -también- la prolongación de nuestro propio espacio privado. Una calle limpia, un parque cuidado, una parada de guaguas o una plaza bien conservada no son propiedades anónimas del Estado o el municipio. Son el resultado de miles de horas de trabajo y de millones de euros aportados por los propios ciudadanos para sostener la convivencia y el bienestar. Destruirlos no es un gesto de rebeldía, apenas una forma de desprecio nihilista hacia el esfuerzo colectivo.
Hay quien interpreta estos episodios como simples gamberradas juveniles. Seguramente habrá veces que sólo sean eso, pero incluso las gamberradas reflejan una determinada cultura. Cuando una parte de nuestra cultura acepta y normaliza la destrucción como forma de diversión, conviene preguntarse qué nos ha ocurrido como sociedad para llegar a este punto. Porque algo está fallando. Y la respuesta no puede consistir únicamente en pedir más policías o sanciones más duras, aunque ambas cosas son necesarias cuando se cometen delitos que tienden a quedar impunes. El problema es más profundo. Tiene que ver con la educación, con la familia, con la escuela y con la capacidad de transmitir una idea sencilla y aparentemente aceptada: la libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en comprender que nuestros actos tienen consecuencias sobre los demás.
Chesterton escribió que la civilización descansa sobre acuerdos silenciosos, acuerdos que casi nunca advertimos porque funcionan sin hacer ruido. Uno de ellos consiste en respetar lo que compartimos. Cuando ese pacto invisible empieza a resquebrajarse, no sólo arden unos cuantos contenedores. Lo que sucede es que se debilita el cemento moral que mantiene unida a la comunidad. La ciudad no se degrada porque un zote prenda la basura con una cerilla. Se degrada cuando deja de avergonzarnos que lo haga. Cuando permitimos que estas pequeñas destrucciones urbanas queden impunes.