La guagua de la izquierda a la izquierda

Francisco Pomares
Hay algo muy de izquierdas en eso de alquilar una guagua antes de tener claro quién va a subirse a ella. Se pelean por quien ponen al volante, se decide el destino, se discute el trayecto… y, cuando llega el momento de arrancar, resulta que la mitad de los pasajeros sigue esperando en la parada, dudando si merece la pena hacer el viaje. Así es como anda hoy la confluencia de la izquierda canaria a la izquierda del PSOE.
Sobre el papel, la necesidad es absolutamente evidente. Para que exista una mayoría progresista con capacidad de gobierno en Canarias -y también en el ámbito estatal- resulta imprescindible que ese espacio político recupere electores. Y en eso están. Lo que ocurrió en Extremadura, Aragón o Castilla y León ha sido elocuente: sin una izquierda a la izquierda del PSOE con peso y representación, no hay suma posible. Ese es uno de los motivos que empuja al acuerdo suscrito en Andalucía por el que Podemos se incorpore a las listas de Sumar e Izquierda Unida. Pero hay otro más obvio: si la izquierda a la izquierda del PSOE va dividida, sus afines eligen el voto útil y apoyan al PSOE. Eso explica que el PSOE, a pesar de la reiteración de los escándalos y conflictos, sólo retroceda en las encuestas un tres y poco por ciento. El PSOE detiene su hemorragia fagocitando a sus socios de izquierda, pero al mismo tiempo es consciente de que no tiene opción alguna de gobernar si los resultados de su izquierda no mejoran. Para que en Canarias pudiera reeditarse algo parecido al Pacto de las Flores, sería imprescindible que el conglomerado de fuerzas de izquierda, contando a Nueva Canarias, sumara al menos diez diputados. Una opción que hoy parece imposible. Y si eso es imposible, de lo que se trata no es de sumar con el PSOE –que se entregará a un acuerdo con Coalición-, sino resistir, seguir en el mapa.
Por eso Nueva Canarias y Podemos intentan pilotar una alianza amplia, conscientes ambos de que se juegan mucho más que un resultado electoral: se juegan su propia supervivencia política. Los primeros, tras una crisis interna que les ha dejado sin liderazgos claros -Román Rodríguez y Antonio Morales parecen de momento situados fuera del debate de las listas- y sin buena parte de su poder territorial; los segundos, tras haber quedado fuera del Parlamento de Canarias, reducida su marca a una presencia simbólica. La lógica empuja a entenderse. Y en Canarias esa lógica tiene mucho que ver también con el pasado político de Noemí Santana, que pasó de las juventudes romanís a la secretaría general de Podemos sin soltar el cordón umbilical con Román Rodríguez, que la metió en el Gobierno y se apoyó en ella. Nueva Canarias y Podemos son, de hecho, las dos organizaciones que más empujan en dirección a un acuerdo. Pero el proceso aún queda definido por una gran desconfianza…
Desconfía Sumar de Nueva Canarias, a la que mira más como un socio incómodo que como un aliado natural. Desconfía también de Podemos, que negocia en Canarias con autonomía respecto a su dirección nacional. Y desconfía, sobre todo y de todos, Alberto Rodríguez, que ha preferido quedarse fuera de la conversación, y diseña para Drago una operación independiente y de largo recorrido. Otra cosa es que le salga.
No es un matiz menor. Drago no solo se desmarca: cuestiona el propio sentido de la unión de las izquierdas. Su rechazo a subirse a la guagua de la confluencia -con esa mezcla de ironía y advertencia- revela una fractura profunda: la que separa a quienes buscan reconstruir un espacio político desde la suma… y quienes creen que esa suma es, en realidad, una forma de perpetuar lo mismo con distintos nombres.
Mientras tanto, Sumar se prepara para su asamblea constituyente en Canarias dejando un mensaje que no puede ser más dramático: en su definición del “espacio transformador” incluye a Podemos, Izquierda Unida y Sí Se Puede… pero sitúa a Nueva Canarias en una categoría diferente, la de la mera “cooperación”. Es decir, organización útil, pero prescindible; cercana, pero no de izquierdas: ajena a la familia. Así va a resultar difícil construir nada. Pero la alternativa es peor: concurrir por separado, fragmentar el voto y quedar, una vez más, fuera de juego. Y eso no es una hipótesis teórica. Es lo que ya ha ocurrido.
De ahí que las conversaciones sigan, que los contactos se multipliquen y que, pese a todo, se haya producido algún avance. Pero son lentos, frágiles y constantemente amenazados por las lógicas internas de cada organización. Porque la confluencia no es solo una cuestión aritmética -sumar votos para superar la barrera de la Ley D’Hont- , sino también política: compartir un proyecto, una narrativa, una cierta confianza mutua. Y de eso, hoy por hoy, hay más bien poco.
El precedente andaluz, tras semanas de tensiones e indecisiones, demuestra que, llegado el momento, la necesidad puede imponerse a las reticencias. Pero también que esos acuerdos suelen llegar tarde, mal y forzados por el miedo a la irrelevancia.
En Canarias, ese reloj ya está en marcha: Podemos no tiene aún mucha prisa. Sumar no termina de fiarse. Nueva Canarias necesita la alianza, pero genera recelos. Y Drago observa desde la barrera, convencido de que el problema no es la unión, sino su falta de credibilidad.