Viernes, 10 Abril 2026
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Francisco Pomares

 

Después de más de cuarenta días de bombardeos, miles de muertos repartidos por la región, desplazamientos masivos de población y daños significativos en infraestructuras críticas, el resultado es una tregua precaria que devuelve a todos los actores al mismo escenario previo: una negociación incierta, frágil y sin garantía alguna de éxito.

 

No hay victoria. No hay cambio estratégico relevante. No hay aprendizaje que pueda servir de experiencia para el futuro. Solo matanza y desgaste. La intervención en Irán impulsada por Trump ha vuelve a poner de manifiesto una forma de entender la política internacional basada en la improvisación, el gesto y el exceso.

 

Iniciar una absurda y criminal escalada militar durante una negociación en curso no responde a una lógica de presión calculada, sino a una decisión errática cuyos efectos eran previsibles, y cuyo resultado está a la vista: una pérdida de credibilidad acelerada y la constatación de que la fuerza, utilizada desde el desparpajo y la bravuconería sin un objetivo claro, no produce resultados dignos de mención.

 

Irán no ha sido contenido. Al contrario: Trump ha reforzado su radicalización interna, afianzado el liderazgo de los sectores más doctrinarios y salvajes del régimen iraní e intensificado la represión. Irán mantiene intacta su principal herramienta de presión, que es la capacidad de alterar el tránsito energético global a través del estrecho de Ormuz. Nada de eso ha sido modificado por la guerra, todo lo contrario: ha sido reforzado.

 

Tampoco ha cambiado la dinámica de Netanyahu, cuya estrategia consiste en ampliar el conflicto más allá de cualquier marco de contención razonable. La extensión de las operaciones en Líbano, al margen del acuerdo y mientras Trump se lo permita, confirma que el objetivo no era estabilizar la región, sino redefinir equilibrios mediante el uso sostenido de la fuerza. Con el coste en víctimas humanas que eso implica.

 

En cuanto a la Unión Europea, lo cierto es que ha optado, una vez más, por una posición de baja intensidad política: declaraciones, llamamientos a la contención y una recurrente ausencia de iniciativa. No ha influido en el desarrollo del conflicto ni ha condicionado su desenlace. Ha observado la barbarie, ha reaccionado tarde, y ha evitado cuestionar una guerra que, desde su inicio, carecía de cualquier justificación estratégica o moral. Europa ha dicho que esta no es su guerra. Y punto. Por extensión, la OTAN, tampoco ha ofrecido una respuesta coherente. Más allá del respaldo implícito a su principal aliado, no ha habido una reflexión crítica sobre el sentido de la intervención ni sobre sus consecuencias. El rol lacayuno con Trump del secretario general de la Alianza ha sido una vergüenza. El resultado de estas contradicciones es un bloque occidental más fragmentado que nunca, menos fiable y con ninguna capacidad de influir en nada.

 

Y el resto del mundo ha tomado nota. Desde luego.

 

Rusia y China no han tenido que mover ni un dedo para beneficiarse de esta situación. Les ha bastado con observar el deterioro de la cohesión occidental y la erosión de la confianza en Estados Unidos como actor previsible. La guerra no ha fortalecido ni el orden internacional, ni el papel de occidente en el concierto de las naciones. Sin duda lo ha debilitado.

 

En la región, la situación permanece esencialmente igual, aunque más deteriorada: Gaza devastada, Siria rota, Líbano sometida a una vil destrucción sin sentido ni misericordia, y los países del Golfo asumiendo el fin de su sueño de lujo y abundancia en un entorno de creciente incertidumbre y peligro. La guerra no ha resuelto ni uno de los problemas existentes. Sólo lo ha agravado todo.

 

El efecto inmediato inmediato de la tregua en los mercados -caída del precio del petróleo, recuperación de las bolsas- es técnico y no estructural. Las condiciones que generó la crisis siguen presentes. El estrecho de Ormuz continúa siendo el talón de Aquiles del mundo, un punto de vulnerabilidad crítica. La capacidad de escalada permanece intacta. Y en ese contexto, la pregunta que hay que hacerse no es retórica:

 

¿Para qué ha servido esta guerra?

 

No ha modificado el comportamiento de Irán, ni ha estabilizado la región, ni ha reforzado la posición de Estados Unidos, ni ha permitido a Europa desempeñar papel alguno. El único resultado tangible son centenares de muertos y un incremento del odio.

 

La conclusión es difícil de evitar: la guerra era innecesaria antes de comenzar y sigue siéndolo tras el alto al fuego. Su desarrollo no ha respondido a ninguna estrategia clara, sino a una concatenación de decisiones políticas mal calibradas, sostenidas después por inercias difíciles de revertir. Lo preocupante no es solo lo ocurrido, sino lo que anticipa. Porque la tregua no es un punto de llegada. Apenas una pausa.Y lo más probable es que cuando se rompa -lo hará, ya está ocurriendo-, volveremos a la escalada de destrucción… con más muertos. Y con la certeza de que nadie sabe realmente para que sirve todo esto.


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