La irrealidad como estado de ánimo

Francisco Pomares
La derrota siempre duele. Negarlo es un insulto a la inteligencia. La derrota estrepitosa del PSOE de Aragón supone no sólo un pésimo resultado para el PSOE maño y para el conjunto de la izquierda española. También representa la irrealidad de la reacción de Ferraz. O, más exactamente, la ausencia total y absoluta de cualquier reacción sensata. Lo que está haciendo la dirección nacional del PSOE tras el batacazo aragonés no se aproxima ni de lejos a un análisis político. Es más bien un un ejercicio de autoayuda.
La Ejecutiva socialista ha decidido felicitarse. Felicitarse por los resultados y felicitar especialmente a Pilar Alegría por “la gran campaña” realizada. Lo de menos parece ser la realidad: que esa “gran campaña” ha conducido al PSOE a su techo más bajo, y ha dejado a la izquierda aragonesa con la mitad de representantes de los que tuvo cuando el fallecido Lambán, fue destrozado por la explosión inesperada de Podemos y su populismo. El voto populista de izquierda ha sido sustituido ahora por un voto populista de derechas, que retira a Podemos del mapa político de la región, y suma los mismos resultados que entonces tuvo el invento de Pablo Iglesias. Si ese es el resultado de la gran campaña realizada, que Dios nos coja confesados a todos. Tamaña estupidez de análisis.
Y luego está lo de celebrar como un éxito la mayor dependencia del PP de Vox y reafirmarse en la idea de que aquí no ha pasado nada relevante. Todo va bien. O, al menos, todo va tan bien como puede ir cuando pierdes, retrocedes y confirmas una tendencia que ya nadie se atreve a negar… salvo tú mismo. La política real se basa en la formación de mayorías capaces de gobernar, convendría recordarlo. No funciona por estados de ánimo. Funciona por alianzas de partidos que se ponen de acuerdo para lograr la mayoría. Y en Aragón la realidad es tan obstinada como en cualquier otro lugar: cuando s la derecha, sumada, supera con holgura la mitad de los votos emitidos, y el PP (él solo), obtiene más apoyo que toda la izquierda junta, es que la campaña no puede haber sido tan buena. Eso es pura literatura defensiva. Lo cierto son los datos, a veces es posible incluso reducirlos a una formula: PP + Vox = +50%.
En esa tesitura, resulta ridículamente llamativo el argumento estrella del PSOE: que el PP “depende más de Vox”. Como si la dependencia se midiera por gramos o por decimales. Se depende o no se depende. Y se depende exactamente igual con 26 diputados que con 28, si no hay otra mayoría posible. La cuestión clave no es cuántos escaños de más tienen Vox. La cuestión es que sin Vox no hay gobierno posible. Todo lo demás es un juego semántico para consumo interno. En vez de sacar conclusiones de esa situación, Ferraz ha preferido convertir el hecho innegable de que está mucho más lejos de poder gobernar que antes de las elecciones, en una victoria moral. El PP —dicen Ferraz— ha fracasado porque Vox crece. Se multiplica como los Gremlins, porque Feijóo “les da de comer”. El PP es el pagafantas de la ultraderecha. Si el lenguaje resulta infantil, el razonamiento lo es aún más: según esa lógica, el PSOE gana perdiendo, siempre que el adversario no gobierne solo. Un argumento tan indemostrable que roza la caricatura. El chascarrillo de los Gremlins está bien, es divertido. Pero los chascarrillos se agotan al par de minutos de ser pronunciados, sin más consecuencia práctica que arrancarle alguna sonrisa a la gente con sentido del humor. Pero esa frase, más allá de su contexto como humorada, es la negación de la realidad electoral. En ningún momento, el PSOE reconoce que ha tocado suelo, que repite mínimos históricos, que ni la desaparición total de Podemos -que en otro tiempo se llevó por delante buena parte del electorado socialista- ha servido para recuperar espacio. Que el ‘voto útil’ ya no funciona. Que el desgaste y la corrupción del Gobierno de Sánchez pasan una factura brutal, por mucho que se niegue desde Madrid.
Ferraz prefiere presentar a Pilar Alegría como víctima de una campaña de “acoso y derribo personal”, como si los votantes aragoneses hubieran acudido a las urnas movidos por una conspiración mediática y no por una percepción política bastante más sencilla: que el sanchismo ya no convence, no ilusiona, no ofrece una alternativa clara.
La política es una carrera de fondo, pero para correrla es necesario saber hacia dónde vas. La oposición no construye proyectos por inercia. Los construye reconociendo errores, asumiendo derrotas y leyendo correctamente el momento político. Justo lo contrario de lo que hace el PSOE en estos momentos. Hay algo casi fascinante en esa estrategia de autoengaño. Mientras se acusa al PP de usar el poder territorial como “decorado” para la ambición personal de Feijóo, el PSOE convierte cada derrota autonómica en un relato épico de resistencia moral. No gobiernan, pero tienen razón. No suman, pero son los buenos. No ganan, pero los otros pierden más… aunque gobiernen. Ese es el relato de los fontaneros monclovitas. Pero la realidad no se deja intimidar por el relato. Y la aritmética electoral tampoco. Aragón no es un accidente. Extremadura no fue un mal día. Cuando un partido decide negar la enfermedad para combatir los síntomas, lo que logra es agravar el pronóstico.