La izquierda después de Yolanda

Francisco Pomares
Tras las elecciones extremeñas, la izquierda a la izquierda del PSOE no ha iniciado un proceso de recomposición y ajuste. Lo que ejecuta es una sucesión con reparto de la herencia, y para que haya una sucesión, se precisa un finado. Por eso, no hay congresos, ni primarias, ni grandes discursos fundacionales. Lo que hay son declaraciones en los medios, llamadas selectivas, tuits, silencios calculados y una evidencia que nadie pretende disimular: Yolanda Díaz es prescindible.
El movimiento de liquidación de Yolanda y el yolandismo lo ha iniciado Ione Belarra con la misma frialdad quirúrgica con la que es capaz de endosar a Adolfo Suárez la acusación de acosador sexual con la que jamás señaló a su jefe Pablo Iglesias. Mientras Belarra amaga con la petición de quitarle a Suárez honores y distinciones para llevarlo al basurero de la Historia, a cuenta de una denuncia sin prueba alguna, invita a Izquierda Unida y los Comunes para que reflexionen sobre su permanencia en Sumar. Que no se confunda nadie: no se trata de una apelación a la unidad, sino de una notificación de caducidad. No se trata de reconstruir espacios, sino de apropiárselos. Con Yolanda fuera. Es cierto que la vicepresidenta de Sánchez se ha ganado a pulso su expulsión de las grandes ligas. Acumula torpezas como si las coleccionara y va directamente camino de convertirse –sin duda con el apoyo entusiasta de Sánchez- en la segunda víctima de su Gobierno canibalizada por la izquierda, después de la extraordinaria autoinmolación de Iglesias.
La coalición entre Podemos e Izquierda Unida en Extremadura es el espejo en el que se refleja la ambición de Belarra: Unidas por Extremadura pasó de cuatro a siete escaños. Siguen siendo el cuarto grupo político de la región, y contaron de gratis con un porcentaje obvio del voto de Sumar y la suya no es una victoria arrolladora, Pero sí la demostración de que funciona lo que Sumar despreció desde su nacimiento: estructura territorial, cuadros reconocibles, implantación local y una marca histórica –la de Izquierda Unida, antes PCE- que, pese a todos sus entierros prematuros, sigue viva y presente.
Podemos ha leído bien los resultados: el modelo extremeño se plantea como patrón exportable. Proponen cabezas de lista para los morados, musculatura territorial para IU, y reparto pactado del poder. Un acuerdo sin épica, sin necesidad de dirigentes carismáticos y sin hiperliderazgos mediáticos. Justo lo contrario que se hizo en Sumar.
Pero esta operación no se explica solo desde Podemos. Desde hace meses, antes de que Extremadura dejara claro el mapa, Sánchez comenzó a tratar a Sumar como a un socio amortizado. Ninguneó a su propia vicepresidenta, redujo su margen político, la dejó sola en sus derrotas parlamentarias, acabó con los piquitos, y envió una señal inequívoca: el PSOE no quería una izquierda fuerte a su lado, sino una izquierda domesticada, adaptable, palmera. Yolanda aceptó jugar ese papel, y ahora su tinglado hace aguas: El cálculo era sencillo: si Sumar se derrumbaba, el PSOE recogería los restos.
Pero Extremadura ha puesto ese cálculo en duda. Cuando el espacio a la izquierda del PSOE se recompone con lógica territorial y sin dependencia de Moncloa, no desaparece: puede reordenarse al margen del presidente. Y eso altera la aritmética del poder. Sánchez permitió durante meses que sus acciones debilitaran a su socio principal, convencido de que la erosión ajena siempre refuerza al que gobierna. Pero ocurrió lo contrario: se abrió un espacio para que otros ocuparan lo que Sánchez daba por ganado.
En este contexto, Yolanda aparece atrapada en tierra de nadie. Demasiado cercana al PSOE para ser creíble como alternativa, demasiado débil para imponer un discurso de disciplina o unidad interna. En Podemos no le perdonan la ruptura original ni el seguidismo a Sánchez. En el PSOE no la consideran un activo electoral. Y en el conjunto del espacio de la izquierda, su figura ha pasado de ser una solución a la división del voto a convertirse en alguien que no suma: estorba. Izquierda Unida lo sabe, aunque actúe con prudencia. Los Comunes también lo saben, aunque duden. Compromís lo escenifica de forma desordenada, con su división en el Congreso: una parte fuera de Sumar, otra dentro, como reflejo de incertidumbres mayores. Incluso formaciones como la Chunta Aragonesista se mueven ya con una autonomía defensiva que dice mucho del clima interno de desahucio.
La pregunta que procede hacerse ahora ya no es si Sumar sobrevivirá, sino quién firmará el acta de defunción. Y si Sánchez descubrirá –tarde- que debilitar sistemáticamente a los socios no siempre fortalece su deseo de resistir. Al final su gestión personal de su marca blanca, simplemente ha acelerado la reorganización de un espacio a su izquierda que él creía definitivamente amortizado. Y va a ser que no.