Viernes, 26 Junio 2026
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Francisco Pomares

 

Las horas que siguen a una catástrofe suelen transcurrir entre la rabia, la confusión y la incredulidad. Los datos llegan fragmentados, las comunicaciones fallan y las cifras cambian casi minuto a minuto. Eso nos ocurre hoy con el sismo gemelo de Venezuela, donde dos terremotos consecutivos sacudieron la noche del miércoles al jueves el centro y el norte del país, provocando una devastación cuyo alcance real nadie es capaz de determinar todavía.

 

​Las autoridades ofrecen un balance provisional –el de los cuerpos rescatados sin vida bajo los escombros- que ya resulta espeluznante y dramático. Modelos elaborados por organismos especializados manejan escenarios aún mucho más siniestros. No es en absoluto descartable que el número de víctimas pueda multiplicarse según avancen las labores de rescate. Entre ambas cifras se abre un espacio de incertidumbre que resulta angustioso. Detrás de los datos pendientes de confirmar hay miles de familias esperando noticias.

 

​En Canarias esa espera se vive de una manera muy especial. No hace falta explicar por qué. Venezuela no es solo un país amigo, es una prolongación sentimental del Archipiélago. La mayoría de las familias canarias, más en las islas occidentales, conservan un apellido, un tío, una abuela, un primo y una historia compartida al otro lado del Atlántico. Durante décadas Venezuela fue tierra de asilo para quienes aquí apenas encontraban un futuro que les protegiera del hambre y la desesperación. Allí se levantaron negocios, se formaron familias y se construyó una parte inseparable de la memoria colectiva de esta región mestiza.

 

​Tengo la suerte de haber recorrido Venezuela en varias ocasiones y durante largas temporadas: he caminado por Chacao, por Sabana Grande, por La Guaira, he conocido la hospitalidad de su gente, la vitalidad de sus mercados, el bullicio de sus ciudades y la belleza indómita de un país que siempre me pareció tan generoso como contradictorio. Comparto esa experiencia con decenas miles de canarios y de canario-venezolanos. A todos nos resulta especialmente doloroso contemplar ahora las imágenes de edificios derrumbados y las calles convertidas en montañas de cascotes.

 

​Venezuela lleva demasiado tiempo sin tener un respiro: a finales del siglo pasado sufrió la tragedia de Vargas, cuando lluvias torrenciales sepultaron barrios enteros bajo toneladas de lodo y piedras, causando una de las mayores catástrofes naturales de la historia reciente de América Latina. Después llegaron los años del deterioro institucional, la corrupción, la polarización política, el empobrecimiento imparable de las clases medias y un éxodo masivo que vació el país de millones de ciudadanos. En los últimos años tampoco han faltado episodios de violencia y tensión política que alimentan la sensación permanente de inseguridad que desde hace tiempo corroe a todo el país. El bombardeo de las instalaciones militares de Caracas, durante la operación para secuestrar al dictador Maduro, a pesar de ser limitado, provocó un terror importante en una ciudad que jamás había sufrido una situación parecida en toda su historia. Y ya puestos, también está la desgracia de haber soportado un gobierno miserable y corrupto durante tres décadas. Ahora es la naturaleza la que vuelve a golpear con una brutalidad difícil de asumir.

 

​Algunos países parecen condenados a encadenar desastres, y Venezuela da a veces esa impresión. Es como si cada generación tuviera que afrontar más pruebas, antes incluso de acabar de recuperarse de la anterior. Y, sin embargo, basta conocer al pueblo de Venezuela para descubrir su capacidad para encajar golpes y reconstruirse una y otra vez. Por eso conviene hoy dejar a un lado la política, las simpatías ideológicas y las discusiones interminables sobre el daño ocasionado a la república y sus ciudadanos por el régimen bolivariano. Ya habrá tiempo para analizar responsabilidades, evaluar la respuesta institucional o debatir sobre las consecuencias económicas de esta nueva catástrofe. Pero hoy lo urgente son las personas atrapadas bajo los escombros, las familias que buscan a los suyos y quienes han perdido, en apenas unos segundos, la casa donde habían construido toda su vida.

 

​Cuando Venezuela sufre las malas horas, Canarias nunca contempla el desastre como una tragedia lejana. Lo hacemos con la certeza de quien siente que una parte de su propia historia también tiembla. Durante generaciones fue Venezuela quien abrió la puerta a miles de canarios que llegaban con poco más que una maleta cargada de esperanza. La gratitud entre pueblos no prescribe. Tampoco lo hace la memoria. Y ambas explican mejor que cualquier discurso por qué hoy somos tantos los que miramos hacia el otro lado del mar con el corazón encogido.


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