La muerte de un futbolista

Francisco Pomares
Jesús de Miguel tenía treinta años. El lunes disputaba un partido de fútbol en el Heliodoro. Ayer martes había muerto. Entre ambas cosas, una salida del portero del Andorra, Jesús Owono, que abandonó su área para disputar el balón y golpeó violentamente con la rodilla al delantero del Tenerife. Después llegaron las asistencias, la evacuación, el hospital y una espera angustiosa que terminó de la peor manera posible.
Un hombre salió a jugar al fútbol y nunca volverá a casa. Nada nos permite atribuir al guardameta la voluntad de provocar semejante desenlace. También él tendrá que vivir con lo ocurrido. Precisamente por eso conviene evitar que toda esta catarata de lamentos y genuflexiones termine con su señalamiento, como si nos bastara con encontrar un culpable individual para dejar de lado como hemos aceptado la violencia. La pregunta que debemos hacernos, nuevamente, es qué estamos dispuestos a aceptar en nombre de la competición. Hasta dónde puede llegar un deportista para impedir que otro marque gol. Cuánto riesgo para el cuerpo ajeno es razonable cuando hay en juego tres puntos. Y por qué nos cuesta reconocer la violencia cuando viste nuestros colores.
El lenguaje ayuda a disimular que el futbol es hoy un deporte contaminado por el salvajismo. Se reclama intensidad, contundencia, carácter. Se elogia al jugador que intimida, al que impone respeto, al que consigue que el contrario se lo piense antes de volver por su banda. Una entrada peligrosa es demostración de compromiso. Una provocación, inteligencia competitiva. Y una agresión encuentra enseguida quien explique que son cosas que ocurren cuando el pulso anda desbocado.
Por supuesto que el contacto intenso forma parte del fútbol. También forman parte de él reglas y límites precisos, destinados a establecer garantías para que el juego no sea una guerra sin prisioneros. Aceptar accidentes no obliga a considerar inevitable cualquier conducta que aumente la posibilidad de causarlos. Disputar un balón exige asumir riesgos; convertir el cuerpo del adversario en un obstáculo que hay que arrasar debería merecer una consideración diferente.
Esta violencia viene de lejos. En el Mundial de España de 1982, la salida de Harald Schumacher contra Patrick Battiston dejó al francés inconsciente y gravemente lesionado. El alemán siguió jugando. Recordarlo impide caer en la cómoda fantasía de un pasado donde todo era elegancia y caballerosidad: una cierta dosis de brutalidad siempre ha formado parte del espectáculo. Más cerca queda el pelotazo de Leandro Paredes contra el banquillo de Países Bajos en el Mundial de Qatar, después de una dura entrada sobre Aké. Aquello provocó otro enfrentamiento entre futbolistas. Es una escena concreta del repertorio de provocaciones y juego sucio que acompañó a Argentina, y que tantos aficionados están dispuestos a perdonar cuando el resultado acaba dando la razón a los suyos. Ganar proporciona una extraordinaria capacidad para embellecer lo que, en el adversario, nos habría parecido intolerable.
Los jugadores sufren más que nadie esa presión. La reciben del entrenador que exige mayor agresividad, del compañero que reprocha haber encogido la pierna, del público que confunde prudencia con cobardía. No hace falta que un club ordene lesionar a nadie. Basta con que el entorno premie sistemáticamente la intimidación y castigue cualquier gesto interpretado como falta de entrega. El futbolista aprende qué se espera de él, qué comportamientos le aseguran un aplauso y cuáles pueden costarle el puesto. Y después interviene el negocio del espectáculo, esa gracieta que ha convertido a los futbolistas en ‘gladiadores’. Las broncas se repiten, las provocaciones circulan, los gestos de desprecio se convierten en imágenes que consumimos una y otra vez. Hasta la discusión sobre una entrada termina con frecuencia reducida a si el árbitro perjudicó a nuestro equipo. El jugador que salió lesionado queda relegado por la contabilidad de las tarjetas.
Pero sería injusto responsabilizar de esta generalización complaciente de la violencia solo a los profesionales y a los que vivimos de retransmitir los partidos. Basta acercarse a un encuentro infantil y ver a los adultos insultando al árbitro, reclamando una patada, humillando a un niño o enfrentándose a otros padres. Personas que han llevado a sus hijos a practicar un deporte y terminan ofreciéndoles una lección práctica de desprecio por las reglas y por los demás. Esos niños aprenden. Aprenden que perder justifica el insulto y que el árbitro esta para ser amenazado. Aprenden, sobre todo, que lo que los mayores explican durante la semana deja de importar cuando empieza el partido.
El deporte que vemos por televisión participa de una sociedad donde la humillación y la agresividad encuentran demasiadas recompensas. También las devuelve amplificadas, convertidas en entretenimiento y en ejemplo. Por eso la responsabilidad nos alcanza como espectadores, como aficionados y como padres.
Hoy toca procesar el espanto y el dolor. Cuando pase la conmoción, seguirá pendiente examinar nuestra indulgencia con las violencias del ocio. Porque el freno a nuestro aplauso no puede ser que alguien muera.