Jueves, 29 Enero 2026
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Francisco Pomares

 

Durante los últimos dos años Vox ha sido en Canarias poco más que un accidente estadístico. Un partido presente, pero sin capacidad real de condicionar gobiernos ni alterar pactos. Cuatro diputados en un Parlamento de setenta son un ruido asumible, incluso útil para alterar conciencias con tendencia al asirocamiento: Vox estaba ahí, pero no pintaba mucho. En realidad no pintaba nada.

Ese tiempo se acaba. Todos los datos demoscópicos que HOY manejan los partidos- con independencia de que se publiquen o no- coinciden en una tendencia clara: Vox podría duplicar o incluso triplicar su representación en las próximas elecciones autonómicas. No hablamos de un vuelco ideológico del Archipiélago, ni de una conversión masiva al ultraconservadurismo, sino de algo más sutil, algo más peligroso para la estabilidad política en las islas: la normalización de Vox como actor relevante.

Normalización no significa aquí gobierno. Significa aceptación y costumbre. Significa que algo deja de ser excepcional y empieza a ser tenido en cuenta en los cálculos previos, en los vetos cruzados y en las sumas posibles. Y en un sistema como el canario, donde casi ningún gobierno se construye sin pactos complejos, ese matiz puede cambiarlo casi todo.   El problema, conviene subrayarlo, no es lo que ocurra con Vox en sí, ya dijimos que Vox no logrará en Canarias ser una fuerza que condicione directamente la formación de uno de los próximos Gobiernos. El problema es la aritmética que genera su crecimiento.

Hasta hoy, el equilibrio político en las islas se producía entre tres únicas fuerzas, de forma relativamente sencilla: nacionalistas, Partido Popular y gomeros sumaban lo suficiente para gobernar con comodidad. Un pacto pragmático, transversal, con más coincidencias en la gestión que en la ideología, pero funcional. Pero ese equilibrio depende de que Vox siga siendo absolutamente irrelevante. En el momento en que deja de serlo, el castillo de naipes sobre el que se sostiene el Gobierno regional empezará a tambalearse. Porque el crecimiento de Vox no se traduce automáticamente en debilidad de la izquierda. Probablemente el temor a Vox movilice a votar.

En Canarias, el PSOE no se hundió en las últimas autonómicas. Perdió el Gobierno, pero mantuvo una base sólida. No hubo debacle. Si ese escenario se repite -y no hay indicios claros de que ocurra lo contrario-, el auge de Vox no rompería al PSOE, Rompería las posibilidades de entendimiento entre quienes necesitan una derecha ordenada para gobernar. Y es justo ahí donde el tablero se complica.

Un Parlamento con Vox fuerte puede hacer inviable reeditar un Gobierno exclusivamente sustentado en la derecha y el nacionalismo, incluso aunque el PP mejore resultados. Y esa posibilidad obliga a Coalición a contemplar escenarios que forman parte de la cultura política del Archipiélago desde hace décadas.

Un pacto de los nacionalistas con un PSOE mantenido en el entorno de los 20 diputados no sería una anomalía histórica. Sería, más bien, una reiteración. Coalición ha demostrado una y otra vez su capacidad para gobernar Canarias con el partido que pierde en Madrid, mientras apoya en el Congreso al que gana. Es una estrategia clásica, casi doctrinal, basada en una premisa sencilla: asegurar el poder territorial sin cerrarse puertas en la política estatal. Eso es, por ejemplo, lo que Coalición hace ahora, lo que hizo en los dos mandatos de Paulino Rivero y lo que podría volver a ocurrir si los números dejan de cuadrar por la derecha.

Y es desde esa óptica, desde la que algunas decisiones recientes empiezan a cobrar sentido. O, al menos, dejan de parecer suicidas. La negativa a apoyar que Torres comparezca en el Parlamento para explicar sus contradicciones en la comisión de investigación es una de ellas. Una decisión difícil de justificar desde cualquier lógica que no sea la de los pactos futuros. Coalición ha sido la fuerza más insistente en reclamar explicaciones y responsabilidad a Torres. Precisamente por eso, su cambio de posición resulta tan llamativo. Nadie ha sabido explicarlo con convicción. Tal vez porque la explicación no está en el pasado, sino en el futuro: en el temor a un Parlamento más fragmentado, y con menos margen para construir mayorías estables.

La normalización de Vox introduce un elemento nuevo y perturbador: la imposibilidad de ignorarlo. No hace falta que gobierne. Basta con que condicione. Basta con que obligue a otros a moverse, a recalcular, a suavizar posiciones que antes parecían inamovibles.

En ese contexto, la derecha tradicional empieza a parecer un socio menos fiable, no por radical, sino por insuficiente. Y cuando eso ocurre, Coalición hará lo que siempre ha hecho: mantener abiertas todas las opciones. Vox, paradójicamente, puede acabar reforzando al PSOE.


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